h1

Otra de poetas persas

Febrero 18, 2010

h1

Cármatas

Febrero 2, 2010

Cenando hace algunas semanas en amigable contubernio siracuso-neoprogre-ipsumiano, la conversación revoloteó un rato sobre Omar Jayyam, supongo que por el ambiente persa del local. Kantor y yo referimos la hermosa historia, seguramente apócrifa, de la amistad entre Jayyam, Abdul Jassem (Nizam-al-Mulk) y Hassán Sabbah. Los tres niños se conocen en la madrasa de Nishapur y forjan un pacto de lealtad eterna. Andando el tiempo, Nizam será visir de los sultanes silyuquíes Alp Arslan y Malik Shah, mientras Sabbah abraza la fe ismailí y funda la secta de los Hashishin, que toma la fortaleza de Alamut, en las montañas del Daylam, en 1090. En 1092, en camino de Isfahán a Bagdad, Nizam cae bajo la daga de un asesino enviado por su antiguo amigo.

Lo cierto es que la historia, como digo, debe de ser falsa; y no sólo por que es demasiado bonita, sino porque las fechas y las edades de los personajes no acaban de encajar. Es posible que Nizam muriese por orden del propio sultán Malik, o ambos por otra mano; y, en cualquier caso, el telón de fondo de todos estos acontecimientos lo forman los varios conflictos entre sunníes y shiíes, duodecimanos e ismailíes, iranios, turcos y árabes, etc. La leyenda de Sabbah, el “Viejo de la Montaña”, se incorporó a las fantasías orientalistas europeas a través de los relatos de los cruzados, que irrumpen en la región en este preciso momento; y de viajeros como Benjamín de Tudela, que escribió de él “le llaman el Sheik al-Hashishim. Es su maestro, y a sus órdenes todos los hombre de la montaña salen o entran. Son creyentes en la palabra de su maestro, y todos en todas partes los temen, pues matan incluso a reyes”.

Al margen de esto, Jayyam es una figura de una modernidad seductora. No en vano Marguerite Yourcenar consideró seriamente la idea de novelar su vida antes de decantarse por Adriano. Desde que Fitzgerald lo tradujera y popularizase, las Rubaiyyat y el propio autor forman parte del canon culto de Occidente. No es difícil entender por qué el lector contemporáneo se identifica de esta manera con el remoto poeta persa. Tomemos, por ejemplo, la rubai 39 [1]:

Este mundo no ha ganado nada con mi llegada.

Su gloria nada perderá tampoco con mi salida.

Mis dos orejas no le han oído explicar nunca a nadie

por qué me han hecho llegar y por qué me obligarán a partir.

O la 52:

Soy rebelde: ¿Dónde está Tu autoridad?

Tengo la noche en el alma: ¿Dónde está Tu luz?

Recibo un salario si me llevas al Cielo

porque te obedezco: ¿Dónde está Tu bondad?

O la 93:

Dicen que existe un Cielo lleno de huríes,

con vino limpio, miel y azúcar.

Llena mi copa y ponla en mi mano,

que un placer a tu lado vale mil en las nubes.

Pero Jayyam no es sólo una individualidad deslumbrante, sino un fruto de la refinadísima civilización irania, que ya contaba milenios cuando fue subsumida en la marea islámica, y de la que Occidente tomó préstamos tan insospechados como el arco y la bóveda, la mística, la religión salvífica o el ideal caballeresco. Y en la que tanto el descreimiento como el “progresismo” y las doctrinas revolucionarias tienen hondas raíces. La charla con Kantor me hizo recordar unos pasajes de la introducción de Carlos Areán a las Rubaiyyat referidos a los cármatas y los daylamitas.

El origen de los cármatas está en las sucesivas escisiones del tronco islámico. La Shía, nacida de la Primera Fitna tres décadas después de la muerte del Profeta, se parte a finales del siglo VIII en dos ramas: los duodecimanos, la corriente general, y los ismailíes, radicales y revolucionarios. Si los primeros no se situaban en la práctica demasiado lejos del sunnismo, los ismailíes incorporaron doctrinas místicas y neoplatónicas [2], además de abrirse a las clases bajas del imperio islámico. Éstas reconocieron pronto el potencial revolucionario del credo: desde finales del siglo IX, grupos cismáticos ismailíes con influencias mazdeístas, que empiezan a ser conocidos como cármatas, saquean Siria, Palestina y el norte de Mesopotamia. En 899, cármatas acaudillados por Al Yannabi fundan un estado utópico basada en la razón y la igualdad en Al Hasa (Bahrain), en la costa árabe del Golfo Pérsico. Las fuentes son escasas, y las que quedan pintan un cuadro de sospechosa felicidad: una república laica y próspera, donde no hay mezquitas y el rezo público está prohibido, y donde el estado, dirigido por un consejo de sabios, ejerce de benévolo prestamista y provisor de bienes.

Sea como fuere, los cármatas se convirtieron pronto en una formidable amenaza para el califato abbasí de Bagdad. En 906 atacaron una caravana de peregrinos y mataron a 20.000 de ellos -la cifra parece exagerada. En 930, liderados por Abu Tahir, llegaron a saquear Medina y La Meca; desecraron el pozo de Zamzam arrojando cadáveres dentro y se llevaron la Piedra Negra de la Kaaba, que devolvieron rota unos años después a cambio de un tributo. Mientras, en el Daylam, al norte de la meseta irania, se había levantado un zoroastriano llamado Mardaviz, que tomó Isfahán y se proclamó rey de Irán en 931, fundando la dinastía ziyarí con un programa de restauración del imperio persa. Bajo su protección surgió en Rey un gobierno inspirado en principios cármatas, mazdeístas y panteístas, que prontó derivó en un intento de reforma violenta del islam. Allí se desarrolló una escuela de pensamiento racionalista y materialista que necesariamente había de abocar al ateísmo como horizonte último. Allí florecieron los grandes científicos del período: Rhazes, alquimista, químico y el más importante médico de su tiempo; Avicenna, médico, filósofo y “padre de la geología”; y el jorasaní Al Biruni, que anticipó la deriva continental y la teoría de la evolución estudiando los fósiles del Indostán. Y allí estudió y se convirtió al ismailismo Hassán Sabbah.

Este es el telón contra el que se proyectan las vidas de Omar Jayyam y sus supuestos condiscípulos. Mientras Jayyam escoge la vida del intelectual, siempre indeciso entre el misticismo y el cinismo, Nizam asciende a la sombra del naciente poder silyuquí -que sustituye a los gaznavíes en 1039- y asume la tarea de unificar y gobernar el imperio. Hassan, a su vez, adopta una fe -¿una ideología?- radicalmente enfrentada tanto al sunnismo como al shíismo moderado y conservador. Con un pequeño artificio, podemos quizás ejemplificar en cada uno de ellos tres grandes tendencias de su tiempo: el racionalismo escéptico, el realismo político y la escatología revolucionaria. Mimbres bastantes para una novela.

Pero, ¿se trata de mera literatura? Es posible que aún en nuestros días se escuchen ecos del “progresismo” iranio y de las viejas fuerzas en conflicto. Al fin y al cabo, persa era Alí Shariati, que elaboró la síntesis entre la doctrina tradicional shií de la justicia social y las corrientes tercermundistas a lo Fanon o Sartre. Esta Shía Roja fue una de las fuentes ideológicas de la Revolución Iraní, antes de que el movimiento fuera capturado por la Shía Negra, los grandes clérigos terratenientes [3] aliados con la “burguesía del bazar”. Y hoy como en tiempos de Omar Jayyam, Nizam-al-Mulk y Hassán Sabbah, nacionalismo persa, modernidad, islam y revolución se entretejen en el drama del Oriente Medio.

NOTAS

[1] – Traducción de Carlos Areán: Omar Jayyam. Rubaiyyat, Visor, Madrid, 1996.

[2] – Según refiere Bernard Lewis (The Arabs in History, Oxford University Press, 1993, p. 116), los ismailíes desarrollaron en origen una estructura de jerarquías secretas similar a la masonería, lo que les permitió evadir la persecución abbasí. Entre sus doctrinas estaba la doble lectura del Corán: cada sura permitía una interpretación exotérica, literal, y otra esotérica que sólo estaba al alcance de los iniciados. Quién sabe si esta es la razón remota del interés con que ciertos clérigos iraníes leen hoy a Leo Strauss, según me comentaba Gregorio Luri hace tiempo.

[3] Pistachos Rafsanyani. ¿Recuerdas, Kantor?

h1

La raza catalana

Enero 22, 2010

Francisco Caja, La raza catalana. Encuentro, Madrid, 2009.

En el origen de toda nación hay un pecado. Si, como viene a decir Anthony Marx, los nacionalismos políticos -por contraposición a los étnicos- son los que ya cometieron sus crímenes hace siglos, no hay nación que no tenga su cuota de esqueletos en el armario, acumulados en el curso del inevitable proceso de uniformación política, social y cultural. La expansión del dominio real y la supresión de los patois en Francia. La persecución de los católicos en Inglaterra. La expulsión de judíos y moriscos, más la persecución de sus vestigios -o sombras- por la Inquisición, en España. La desposesión de los amerindios en EEUU. La Nakba en Israel. Etc. Pero, ¿pueden pecar también los nacionalismos sin Estado? Francisco Caja, profesor titular de Estética en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona y presidente de Convivencia Cívica Catalana, se ha propuesto en La raza catalana rastrear el cuerpo del delito intelectual del catalanismo a través de la doctrina racialista de algunas sus más señeras figuras, de Almirall a Rovira i Virgili. Un pecado que quizás no se limite al pensamiento, a las ideas y los discursos, sino que subyazca bajo los programas nacionalistas como una suerte de subconsciente, por jugar con la metáfora orgánica de la nación tan cara a los nacionalistas metapolíticos.

La literatura sobre nacionalismos en España es extensa y, en los últimos años, a medida que el debate sobre el modelo de Estado ocupaba una porción mayor del espacio público, se han multiplicado los trabajos; muchos de los cuales pretenden plantear, no -o no sólo- un enfoque descriptivo, sino una crítica desmitificadora que desvele la geneaología ideológica de los particularismos. Así el exitoso El bucle melancólico (1997) de Jon Juaristi, que avanzaba por la senda de la melancolía, de las “voces ancestrales”, trazada por Conor Cruise O’Brien; o un estudio modélico como Un pueblo escogido (2001) de Antonio Elorza, que retrata el nacionalismo sabiniano a partir de sus fuentes en el mito fuerista, la literatura popular y la historia romántica a lo Walter Scott. En esta línea crítica, pero atendiendo menos a los aspectos sociológicos y políticos que a los propios discursos de los padres fundadores del catalanismo, se sitúa el recién aparecido libro de Francisco Caja.

El “rostro jánico” del nacionalismo

El nacionalismo, ese fenómeno bifronte, según la fórmula de Anthony D. Smith, mira al pasado para proyectarse hacia el futuro. Tiene un doble carácter recursivo e histórico: participa a la vez del tiempo circular del mito y la conmemoración, del eterno retorno a la manera de Eliade, y del tiempo lineal que precisa el relato moralizado de caída y salvación. Y este carácter escindido se manifiesta más claramente en los nacionalismos sin Estado, que deben actualizar constantemente los agravios, las traiciones y la caída primordiales y ofrecer explicaciones para la decadencia presente sin dejar de  proponer un relato salvífico proyectado hacia un porvenir indeterminado pero inminente, que se verificará tras el paso por el “valle de Josafat de las naciones” (Rovira i Virgili).

Por ello, y porque el nacionalismo bebe en fuentes tan diversas como la Ilustración, la autonomía moral kantiana (Elie Kedourie) y las revoluciones burguesas, por un lado, pero también de las reacciones particularistas contra la modernidad y el cosmopolitismo ilustrado, imperial o clerical, de las pulsiones comunitarias o tribales de la natio en el sentido clásico, en su seno hay siempre una tensión no resuelta entre progresismo y reacción; entre la historia y los ciclos míticos; entre la utopía y la “voz de los muertos”. Ahí, en esa indefinición, como señala John Dewey, reside precisamente la eficacia del nacionalismo: se alza contra el Antiguo Régimen y contra la teocracia, pero conserva algunos de sus rasgos más destacados, y no necesariamente los más amables. Bien es cierto que, aunque estos elementos se hallen siempre presentes, no todas las naciones -con estado o sin él- solucionan su paradoja fundamental de la misma forma. Por equívoca que resulte en última instancia la distinción entre nacionalismo político y étnico, el programa nacional que da origen a la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano no es exactamente el mismo que asoma en los Discursos a la nación alemana.

En este sentido, cabe dudar desde el principio del pedigrí progresista del catalanismo, si por progresista entendemos un impulso igualitario, la concepción de un demos que toma conciencia de sí y avanza colectivamente en la historia. La raza catalana analiza precisamente el énfasis en la diferencia y en la desigualdad de los catalanistas de primera hora, en el tránsito del regionalismo federalista al nacionalismo de pleno derecho. Los nacionalismos románticos habían cubierto la brecha entre su yo reaccionario y su yo progresista, entre pasado y presente, merced a la apelación a la libertad: bien entendido que se trataba de una libertad orgánica, de la libertad de conformarse al propio destino y a la naturaleza de cada organismo, ya se tratase del pueblo o del individuo en su seno, para no vivir una existencia escindida, inauténtica.

El catalanismo, sin embargo, hallará la cuadratura de su círculo -estamos en el último cuarto del siglo XIX, y los romanticismos se han pasado de fecha- en el positivismo biologicista y el historicismo: la doctrina racial francesa difundida por la Société, l’École y el Laboratorie d’Anthropologie de París. La libertad-destino romántica se transmuta en una tendencia biológica: cada raza tiene unos caracteres físicos y morales, un grado de desarrollo y un papel en el drama histórico. Como apunta Juaristi en el prólogo a La raza catalana, el positivismo tenía la ventaja de ser la ideología oficial del republicanismo español y, además, resultar aceptable para los tradicionalistas, que acomodaban el determinismo biológico con sus propios criterios de jerarquía social -de manera no muy distinta a como cierta derecha trata hoy día de arrimar el ascua de la psicología evolucionista a su sardina. Al fin y al cabo, el propio Renan recogía en ¿Qué es una nación? el tópico del origen diferencial de los estamentos en los reinos europeos -el pueblo celta/latino/pre-romano, la nobleza germánica-, y la nobleza castellana, por ejemplo, mantuvo siempre la pretensión de su origen godo.

La raza como metáfora

Aquí es donde el encaje con la apologética progresista del nacionalismo catalán se torna problemático. Pues el discurso de la raza (etnos, natio) no puede ser al cabo sino reaccionario: atávico, aristocrático, anti-igualitario. De hecho, el rechazo del “igualitarismo jacobino” -el “mal francés” del que el estado español está aquejado- es más una precondición que una consecuencia del discurso racialista. Pueblo tiene, al menos en los idiomas latinos, un eco del demos clásico, de igualitarismo y de voluntariedad, del “plebiscito cotidiano” de Renan -en la interpretación usual, que Caja desautoriza-, de proyección hacia el futuro, que se halla ausente en la dura formulación determinista de la raza. La raza es “un ser permanente, por encima del tiempo” (Le Bon), la voz ancestral de los muertos que ejercen su “formidable dominio sobre el alma de los vivos”. Un “río de sangre” que conecta el pasado con el presente, o más propiamente liga a éste de manera ineluctable con el pasado, con el mundo de los muertos. No hay novedad en el círculo de la historia que no sea un error, una corrupción, una caída en desgracia: “Las generaciones extinguidas no sólo nos imponen su constitución física: nos imponen asímismo sus ideas. Los muertos son los dueños indiscutibles de los vivos. Sufrimos la expiación de sus faltas y recibimos las recompensas de sus virtudes” (p. 169). La raza se une a la vez a la tierra con vínculos que van más allá de la habitación o la mera propiedad civil (transitoria, contingente, alienable); ambas forman una unión, un todo indivisible, el precio de cuya ruptura es la inautenticidad en sentido heideggeriano: Blut und Boden. Como veremos, cuando la raza se sublime en lengua, ésta conservará la vinculación metafísica con el territorio sagrado.

No se trata, claro, de que esta raza -la raza “histórica”- sea un fenómeno objetivo, una realidad biológica. Nos hallamos más bien ante un Volksgeist con vaga coartada antropológica e histórica, tanto más vaga cuanto más se radicaliza el discurso racial. No en vano escribía el mismo Hitler -perfectamente consciente de que su teoría racial no era en ningún sentido científica, ni tenía por qué serlo-: “Hablamos de raza judía por comodidad del lenguaje, puesto que no existe, propiamente hablando, y desde el punto de vista de la genética, una raza judía. Sin embargo, existe una realidad de hecho a la que, sin la menor duda, se puede otorgar esta calificación, que es admitida por los propios judíos” (p. 33). La raza es un arquetipo, una esencia, que no resulta aprehensible directamente pero se manifiesta en señales observables: determinados rasgos físicos, una “forma de ser”, un tipo sanguíneo, etc; pero que a ninguno de ellos se puede reducir. En suma, como señala Caja, “una métafora, una ficción”.

Y que nos hallamos en el terreno de las metáforas y de las narrativas, de lo discursivo más que de lo propiamente factual, lo prueba también el “darwinismo” sui generis que exhiben los Gener, Robert, etc. Un “darwinismo” preñado de teleología, que debe más a críticos como Hertwig que al propio Darwin. Hertwig, discípulo de Ernst Haeckel, negaba el papel del azar en el proceso evolutivo tal como se lo había adjudicado el padre de la selección natural. No en vano el azar casa mal con las necesidades históricas y la férrea jerarquización evolutiva típicos de los discursos racialistas. Tampoco está de más recordar que Haeckel se había apartado asimismo de Darwin al abrazar el poligenismo, es decir, la tesis del distinto origen biológico de las razas humanas. Pero, por encima de todo, el biologismo de estos catalanistas de la primera hora representa una forma egregia de la falacia naturalista: no sólo es que se tome como “natural” la existencia de la raza como ente orgánico, como “río de sangre” que vincula a los vivos con los muertos, sino que se deducen todo tipo de juicios de valor a partir de ello. Es decir, no sólo es que la raza sea, sino que debe ser, y debe serlo por siempre, y aun “resucitar” encarnada de nuevo en Nación, si el pueblo que la sustenta no ha muerto ni ha perdido enteramente su “alma” (p. 301).

Tampoco es, como decíamos, que el aspecto histórico-antropológico del racialismo catalanista se distinga por el rigor y la coherencia, ni siquiera cuando es un prehistoriador como Bosch Gimpera quien interviene. La raza catalana tan pronto es indoaria (Gener) como ibérica (Bosch) o celta (Cases-Carbó). Lo importante no es tanto, claro está, lo que sean realmente los catalanes, cuanto que no son lo mismo que los castellanos o españoles. Ya sabemos que la raza no es más que una metáfora, que se hará aún más líquida en el siguiente paso.

Sangre, lengua, tierra

La raza, como la nación, pertenece a ese singular género de cosas que son a la vez eternas y supremamente vulnerables; inmarcesibles, pero a un paso de la desaparición si no media una toma de conciencia o un acto de voluntad. La raza catalana no puede ser menos, y el “río de sangre” que atraviesa los siglos amenaza con secarse ya a comienzos del siglo XIX por la caída de la natalidad. De ahí la nacional-sicalipsis de Hermenegild Puig i Sais, que achaca la decadencia de Cataluña a la mala praxis sexual de los catalanes. Al fin y al cabo, si la nación es un todo orgánico, un cuerpo, es susceptible de enfermar, y hasta de sufrir sequedad uterina debido al coitus interruptus. El estiaje de la sangre catalana sólo puede determinar la invasión de la tierra por otras razas más vitales y húmedas.

La solución, claro, consiste en procrear. Pero, por si la libido nacional no se recuperase, conviene ir desplazando el centro de gravedad de la nación por encima de la entrepierna; a la noosfera si es preciso. Además, las doctrinas raciales van a ir perdiendo prestigio hasta ingresar en el purgatorio tras la Segunda Guerra Mundial y la Descolonización. La lengua irá ocupando el papel de la raza como alma de la nación. No obstante, al igual que la raza histórica no es una realidad biológica, la lengua de los nacionalistas no es necesariamente la de los lingüistas. Caja (p. 261):

La lengua es, antes que todo, un organismo vivo. Como la raza. De tal manera que la distinción entre nacionalismo étnico y nacionalismo cultural es una falsa distinción. (…) Ya en La nacionalidad catalana (1906), Prat [de la Riba] hacía de la lengua el fundamento mismo del pueblo catalán (…) …en ese mismo texto la lengua, la lengua catalana, era descrita en términos que indican que su lengua no era de este mundo: la pureza de la lengua catalana habría permanecido desde tiempos inmemoriales atravesando la dominación romana sin mancharse ni empañarse.

Si Bosch remitía a los “capsianos”, “pueblo de la cultura de las cuevas” (p. 125), Prat de la Riba hablará de “la vieja etnos ibérica” que hizo “resonar los acentos de la lengua catalana desde Murcia a la Provenza, desde el Mediterráneo al mar de Aquitania”, pues “algunos observadores han descubierto ya en las leyendas las pruebas de una variedad fonética, de una fonética especial que, en las especialidades que se conocen, coincide -hecho admirable, pero lógico- con la fonética de la lengua catalana” (p. 262).

Por supuesto, esta lengua no es un accidente histórico, sino la expresión de un pueblo y de su entera visión del mundo, según una versión extrema, avant la lettre, de la tesis Sapir-Whorf. Théophile Simar lo expresa así: “Cuando se dice que raza y lengua se corresponden necesariamente, se sostiene que un pueblo habla necesariamente una lengua determinada y no puede absolutamente servirse de otra lengua” (. O sea, la lengua no es sino otro rasgo -como un determinado índice cefalométrico o la mentalidad pragmática- de ese algo inasible que es la raza.

El triunfo de la voluntad

Pero queda aún una última transformación del Volksgeist, la que Francisco Caja ejemplifica en la figura de Rovira i Virgili. Es la que permitirá conciliar al fin el mensaje nacionalista con la sensibilidad de izquierdas -o intentarlo, al menos. Cedamos la palabra al mismo Rovira: “Sin negar el valor de los elementos raciales en la formación de los pueblos, hemos tenido que constatar la fuerte influencia de otros muchos factores, los cuales a menudo contradicen el factor étnico. Hemos hecho más aún: hemos colocado por encima de todos los factores naturales el gran factor decisivo de la voluntad humana” (p. 306). El hecho diferencial se cifra ya en el terreno de las mentalidades y de la voluntad -si bien ambas siguen siendo meros rasgos de la cosa en sí. No obstante, advierte Caja, erraríamos si interpretásemos esta voluntad con un criterio meramente político, republicano: seguimos en el territorio de un férreo culturalismo, de un nacionalismo espiritualista procedente por vía directa de Alexandru Dimitrie Xenopol, el historiador rumano que inspiró los principios de la Guardia de Hierro.

No, el acto de voluntad al que se refiere Rovira -admirador también de Charles Maurras- no es otro que asimilarse a los catalanes “de lengua y sangre” (p. 311):

En palabras del propio Rovira: “Ellos [los no-catalanes] adquieren una catalanidad de corazón y de alma que les otorga pleno derecho a participar en las prerrogativas morales y sociales de los catalanes de lengua y sangre” (ib.). Aparece aquí la primigenia fórmula que hará fortuna con el pujolismo: “Todos los catalanistas -y señaladamente los de izquierda- estamos dispuestos a tratar y considerar como catalanes a todos los hijos de otras tierras que tengan políticamente la ciudadanía catalana, con una sola condición, y es que ellos mismos se consideren catalanes” (Carod-Rovira, 1994: 162). El decisionismo (voluntarismo) de Rovira muestra aquí su verdadera estofa: los que no se consideren catalanes, los que no esté dispuestos a mantener “las prerrogativas morales y sociales de los catalanes de lengua y sangre” quedarán fuera; esto es, “sólo quedarán fuera los que no quieran entrar”. Una particular lógica que puede sintetizarse del siguiente modo: quedan afuera los que he decidido que estén afuera.

En todo caso, detrás de este “decisionismo” no reside un acto de libertad individual. Nuevamente nos encontramos con la sombra de la inautenticidad, de la “desnacionalización”, de la degeneración. La nación y la naturaleza deciden por uno. “Porque la voluntad nacional es ‘indefugible’, de la que no se puede huir” (p. 326). La sola forma de vivir de acuerdo con uno mismo es hacerlo a través de la nación propia, de la lengua propia, de la raza propia. Y, como dice Rovira por boca de un personaje ficticio: “…te diré que el que no es catalanista, no es plenamente, verdaderamente catalán. Será catalán antropológicamente, fisiológicamente; pero no catalán por el espíritu, que es donde radica la esencia de la catalanidad” (p. 321). En suma (p. 327):

“Desnacionalizarse voluntariamente es un signo de degeneración e impotencia… [...] Esta deserción tiene todas las características de un crimen contra natura, es una inversión espiritual”. El hombre desnacionalizado, “en todo caso, sólo puede reclamar nueve palmos de cuerda y un árbol seco en el que colgarse. Y, aún más, que se pudra colgando al aire, sin que su cuerpo espurio contamine la madre tierra de la que se ha avergonzado”.

Caja dedica aún un último capítulo al nacionalismo violento y sacrificial, inspirado en los sinnfeiners, de Cardona i Civit. Pero lo sustancial del relato está ya expuesto, apuntando hacia la proyección en el presente del racialismo catalanista a través de la figura citada de Jordi Pujol. La exposición del trayecto nacionalista en el siglo XX se reserva para el siguiente volumen, aún por editarse.

h1

La España eterna e insufrible I

Diciembre 12, 2009

Una característica central de los nacionalismos románticos es la creencia en una esencia nacional ahistórica que pervive en el tiempo, la percepción de la nación como un ente, un espíritu hegeliano, que, fuera de la historia, actúa sobre esta. En años recientes, años de “guerra cultural”, diversos sectores de la derecha española han tratado de articular un discurso nacional que incorpora no pocos elementos de tradición romántica y del discurso oficial franquista. Con ello, han renunciado a un republicanismo ilustrado -que no necesariamente había de pasar por el blando “patriotismo constitucional” habermasiano- en favor de versiones míticas y sentimentales. En la inmejorable formulación de Pascual, proponen “un nacionalismo español basado en la melancolía y el tradicionalismo culturales, antes que en una idea de España como comunidad política formada por ciudadanos diversos y articulada mediante instituciones pragmáticas, leyes eficaces y un imaginario ilustrado”.

En esta entrada, que para no aburrir más de la cuenta he dividido en partes, pretendo esbozar una crítica a dicho discurso desde el punto de vista de la teoría política y la historia. Consideración más detenida merecería su idoneidad estratégica: baste decir por ahora que la versión romántica, dejando a un lado modalidades folclóricas, apela a un target cada vez más reducido y envejecido, y que difícilmente se le podría vender a las nuevas generaciones, aun cuando se pusieran medios de que ahora se carece, cuando todos los vientos en España y en Europa soplan en contra -máxime si tenemos en cuenta el muy relativo éxito de la educación franquista en este sentido.

En primer lugar, soy consciente de que la distinción entre nacionalismo civil y romántico, o político y étnico, no está exenta de problemas. O, por expresarlo con la ironía de Anthony Marx, los nacionalismos políticos son los que ya cometieron su genocidio hace siglos. La construcción nacional presupone un cierto grado de homogeneidad, que puede haberse iniciado previamente de manera cruenta (conquista, guerras de religión, expulsiones y exclusiones) y se complementa o alcanza mediante medios más propios del Estado nación moderno: la educación universal, el discurso patriótico, los servicios públicos, el servicio militar, etc.

Es precisamente este proceso de construcción nacional, tanto en la fase cruenta como en la civil, lo que ha resultado problemático en España [1]: un país mal integrado geográfica, económica y políticamente. Por lo que hace al medio, y pese a la larga tradición de laudes hispaniae, el territorio español es en general accidentado, árido y poco productivo -hasta un 44% menos de media que el francés [2]. Grandes cordilleras dificultan la comunicación entre el interior y el litoral, y éste carece en gran medida de los refugios naturales que facilitan el desarrollo de la navegación. Tampoco se cuenta con vías fluviales de importancia. En buena parte por estas condiciones, pero también debido a la peculiar historia de la península y la influencia de instituciones como la Mesta, la integración económica de las regiones ha sido deficiente. Finalmente, el proceso de integración política resultó errático: comenzó pronto, hasta el punto de que la Monarquía de los Reyes Católicos se puede considerar el Ur-estado moderno, pero no se completó entonces, quizás por su misma precocidad y por el agotamiento de las energías en el impulso imperial. La identificación con la empresa colonial contribuyó incluso a la confusión, al amortizarse ésta precisamente en el momento de auge del nacionalismo y el imperialismo europeos. Además, nunca se ha librado del todo de las distorsiones particularistas, ni hasta fecha muy tardía del influjo de las tendencias absolutistas y de la Iglesia católica -si es que lo ha hecho completamente.

Frente a esta realidad, y al hecho de que los nacionalismos periféricos han nacido y se han manifestado precisamente en el momento de la confirmación del estado-nación liberal burgués, yuxtaponiéndose o sustituyendo al en todo caso débil discurso nacional español,  los sectores más conservadores proponen, como decía, una interpretación edulcorada y metafísica de la historia de España. Una versión que elude en todo momento considerar los matices, la problematicidad y el mismo carácter histórico de la construcción nacional, y que a menudo parece ser un mero eco de la fallida Formación del Espíritu Nacional. Poco importa que este discurso nazca como reacción contra los mitos y las falsificaciones de los nacionalistas periféricos, así como contra los excesos en la deconstrucción de la idea de España llevada a cabo por determinadas corrientes académicas. Lo cierto es que en ocasiones reproduce de manera especular dichos mitos, apelando por encima de todo a una sentimentalidad crasa y torpe que en nada se distingue de la de sus oponentes; y, más allá de juicios morales maniqueos, apenas ofrece herramientas para comprender y participar en el debate sobre el modelo de estado. Por expresarlo de otra forma: no se prefiere la nación española por su carácter civil e inclusivo frente a la etnicidad y el culturalismo de otros nacionalismos más agresivos sino que, en un alarde quizás inconsciente de relativismo, se enfrenta un discurso identitario con otro por la mera razón de sentirlo como propio. Dicho discurso resulta, además, enormemente fácil de desactivar en el debate político, tanto por el carácter anecdótico o legendario de muchos de sus relatos, como por la existencia de toda una tradición de crítica al nacional-catolicismo franquista de cuyos repertorios pueden echar mano, y la echan, la izquierda y los nacionalistas.

En definitiva, la metafísica nacional es contraproducente en otro sentido más difuso pero que no carece de importancia ideológica: al poner el énfasis en la idea de la pervivencia de la nación como espíritu hegeliano, se obvia que las naciones no existen tanto como se construyen. La nación es un proceso histórico, un work in progress que, por usar la expresión del general Primo de Rivera, se cae cuando se detiene. La veneración de una España esencial, ahistórica, exclusivamente mítica, distrae o choca en muchos casos con la construcción de una España real y posible, inclusiva y republicana en el más pleno sentido de la palabra. Y esto se hace más evidente cuando los mismos abogados de la España eterna no tienen reparo en desautorizar al Estado frente a la Iglesia católica o arrojar sospechas sobre sus instituciones y la legitimidad de gobiernos electos. Sin duda la contradicción forma parte de un problema más amplio: la casi total ausencia en España de una derecha secular y de un conservadurismo -no hablemos ya de liberalismo- que merezca tal nombre y se pueda equiparar a modelos europeos.

El relato de los orígenes es piedra angular de todo nacionalismo. En la siguiente entrada echaremos un vistazo a la cuestión del origen de España, y expondré con más detalle por qué entiendo que la versión romántica desenfoca el debate.

NOTAS

[1] – Mientras escribo esta entrada, me comenta Irene el trabajo de una serie de historiadores, con el propio José Álvarez Junco a la cabeza, que están revisando la tesis de la “construcción nacional débil”. A falta de conocer sus argumentos en profundidad, tengo que ser escéptico al menos con el alcance de sus conclusiones. Si existieron programas de “nacionalización de las masas”, parece obvio que no alcanzaron los objetivos propuestos, y que la escuela, el ejército y la burocracia no cumplieron el papel que en otras naciones europeas. Para la perspectiva “revisionista”: Construir España: el fin de la melancolía.

[2] – Ramón Tamames, Estructura económica de España, citado en Franco Aliaga, Tomás; Las actividades agrarias en España, Madrid, 1998.

h1

Desajustes

Diciembre 1, 2009

Al parecer, era necesario pixelarle el rostro a un pirata extranjero capturado en alta mar con las armas en la mano. En cambio, este ciudadano español no tenía derecho al píxel ni, por lo que se ve, a la presunción de inocencia. Queda la sospecha de que la etiqueta del momento permite linchar a un posible criminal de género, pero no a un seguro pirata.

Otra reflexión atañe al papel de los medios. Se diría que su función consiste cada vez más en decirle al pueblo lo que tiene que sentir. Ya sea editorializando la dignidad, o reclamando un insultillo espontáneo a la consabida señora para ambientar la información.

h1

Aborto y excomunión

Noviembre 27, 2009

La escalada retórica en torno al aborto parece no tener límite. Las comparaciones con el Holocausto y otras de parecido jaez son ya moneda corriente (¡ay, esa Ley de Godwin!). La Conferencia Episcopal ha echado mano incluso de repertorio clásico: el pasado 11 de noviembre, Martínez Camino anunció, apuntando a los diputados católicos, que la Ley del Aborto era contraria a la fe católica, o sea, herética; y que, por tanto, quienes la promoviesen estaban excomulgados ipso facto. Aunque hoy ha reculado parcialmente, entre consideraciones sobre la “culpabilidad subjetiva” de los fieles -no olvidemos que es jesuita-, mantiene que los que apoyen la ley quedarán excluidos de los sacramentos, aunque no excomulgados; lo que sugiere otra figura de sabor añejo: el interdicto o entredicho.

Pasemos por alto las ya habituales muestras de doblepensar (“El Estado no puede imponer una mayoría moral a todos, ni aunque fuese la católica. El Estado no es el educador de la sociedad, ni puede imponer principios morales.”). La cuestión del interdicto plantea algunas dudas: el local -que, lástima, ya no se practica- acarrea la suspensión de los sacramentos en un territorio durante el tiempo de vigencia; el personal, en cambio, se aplica a un individuo o grupo y es, básicamente, una excomunión de menor gravedad: el afectado no puede recibir los sacramentos, pero permanece en la comunidad de los fieles y puede incluso mantener los cargos eclesiásticos que tuviera. Se trata de un castigo para ofensas de grado menor que la herejía, como la simonía, el amancebamiento y el desacato, pensado muy especialmente para mantener la disciplina en el seno de la propia Iglesia.

Bien, si el aborto en los plazos que marca la ley es un crimen tan horrendo como dice, se entienden mal los remilgos de la Iglesia a la hora de usar la excomunión. Viene a ser, por usar un símil futbolístico, como castigar una agresión flagrante con una tarjeta amarilla. Lo cierto es que existen precedentes en ambos casos: excomunión e interdicto, con el matiz de que la primera iba dirigida a quienes lo practicaron y el segundo, como en el caso español, a un político. De cualquier modo, tampoco sería la primera vez que la Iglesia excomulga en masse por motivos políticos. Parece, sin embargo, y por seguir con el símil, que la Conferencia Episcopal no quiere cargarse el partido. Este desajuste entre las retóricas y los medios, entre lo que se amaga y lo que se está dispuesto a hacer, sugiere que nos hallamos ante una representación en la que la Iglesia y sus satélites ejercitan su bargaining power. Y algo más: permite sospechar que, a pesar del tono desmedido de los discursos y del elemento iconocrático, el aborto no es en el fondo ni para sus detractores más gritones algo comparable al asesinato, sino más bien una cuestión de “buenas costumbres”, un caso de pánico moral.

Miquel Barceló. "Hipócritas", de La Divina Comedia

h1

Estado y corrupción

Noviembre 13, 2009

cpi_2008_420

Después del espejismo de los primeros años de la blogosfera, el debate político en la red se ha instalado en los vicios habituales de los viejos medios. No ha sido quizás ajena a ello la ocupación del espacio por falsos blogs alojados en medios tradicionales; columnas disfrazadas, sin enlaces ni comentarios, que de bitácora tienen poco más que el nombre.  Eso y, claro, las banderías y la trinchera, que acaban siempre con los matices y con la necesidad de argumentar y justificar las propias posiciones.

El caso es que abundan las arengas y las declaraciones campanudas sin más apoyatura que la profunda e inexplicable convicción del que las escribe. Casi nadie parece sentirse obligado a rendir cuentas del proceso por el que las ideas que tan orgullosamente nos presenta han llegado a formarse, ni a sostenerlas con otra cosa que el verbo. Caso ejemplar es el del Instituto Juan de Mariana, cuya propaganda anarco-conservadora suele adquirir la forma de aburridos, confusos y doctrinarios sermones, sin la menor referencia bibliográfica y carentes de esa elemental cortesía blogosférica que es el enlace. Hoy, por ejemplo, tocaba hablar de cómo en el origen de la corrupción se halla… ¿lo adivinan? El Estado.

Bien, a poco que alguien esté mínimamente al tanto de historia y current affairs, la idea es bastante sospechosa. Tampoco es que el caso se presente, todo sea dicho, con una convicción arrolladora; ni, por supuesto, hay un sólo dato, cifra o nota bibliográfica que lo justifique. Pero es que, además, bastaba perder 20 segundos en entrar en la página de Transparency International y observar el mapa que incluyo arriba para comprobar que, si acaso, parece haber una fuerte correlación entre la debilidad del Estado y el grado de corrupción. Más aún: como la realidad es aficionada a estas pequeñas ironías, resulta que en 2008 los países menos corruptos fueron Dinamarca, Nueva Zelanda y Suecia, y el más corrupto… efectivamente, Somalia. Pero, claro, por qué permitir que lo factual nos arruine una buena homilía.

h1

La libertad de la mentira

Noviembre 12, 2009

P1_56G

Fernando Zóbel, "Béjar II"

Comenta hoy Alejandro Gándara en su blog un libro reciente de Nicholas Fraser, Las nuevas voces del odio. Encuentros con la derecha en la Europa de hoy, y se pregunta, siguiendo al autor inglés “¿Podría ser que la libertad de expresión sólo empiece a tener sentido cuando también protege las ideas más detestables?”. El debate es antiguo. Tan antiguo al menos como la famosa fórmula de Saint-Just: “Ninguna libertad para los enemigos de la libertad”. De fondo, la vieja controversia sobre la naturaleza de la democracia y el Estado de Derecho: si se trata de un régimen, de una construcción, que requiere de un discurso legitimador positivo y de unos límites más o menos precisos; o más bien una suerte de conjunto vacío que se define sólo por su capacidad de asumir dialécticamente cualquier discurso. Weimar una vez más; hemos hablado de ello con frecuencia.

No obstante, hay otra dimensión del debate que Gándara, proveniente de la ficción y de un medio ambiente intelectual donde la verdad no deja de ser un concepto sospechoso, pasa por alto. Cuando, por ejemplo, Faurisson o Irving niegan la realidad del Holocausto, no sólo -o no tanto- expresan ideas repugnantes, sino que mienten sobre uno de los hechos mejor documentados de la historia. Es incierto si la libertad de expresión debe amparar opiniones criminales; pero es más dudoso aún que tenga que dar cobijo a la mentira. Al fin y al cabo, si perseguimos el fraude en (casi) cualquier ámbito práctico de la vida en sociedad, ¿por qué deberíamos protegerlo en el terreno de la ideas?

h1

¿No tenéis vergüenza?

Septiembre 30, 2009

Hace menos de un mes, El Mundo publicaba una entrevista con el historiador negacionista del Holocausto David Irving. Da la sensación de que en el diario de Pedro J. no tienen muy clara la distancia que media entre informar y ofrecer un altavoz, a veces incluso remunerado, a gente de dudosa catadura moral. Tampoco es la primera vez, ni la segunda. Hoy, casualmente, encuentro que en los blogs de Marca, medio perteneciente al mismo grupo editorial que El Mundo, se permiten comentarios negacionistas y antisemitas. Por ejemplo, página 16 de comentarios del post enlazado:

Captura 2009-09-30 02-45-57

Esto, que podría parecer una mera anécdota, forma parte de un cuadro más amplio, claro. Por un lado, un antisemitismo en crecimiento, que ha reventado hace tiempo las costuras del “antisionismo” que lo vestía y se desparrama por doquier. Y del que Antonio Gala, columnista por cierto de El Mundo, es ejemplo egregio. Por otro, los dudosos estándares periodísticos y éticos de la prensa española y, en particular, de Unidad Editorial. No se olvide que el mismo diario enarboló el estandarte truther en España tras el 11-M y ha sido, junto a Libertad Digital, su socia en es.Radio, el principal surtidor -o sumidero, según se mire- de relatos conspiracionistas. Sea como sea, cabe hacerles a los responsables la pregunta retórica formulada hace unos días por Benjamín Netanyahu ante la Asamblea General de las Naciones Unidas: ¿Acaso no tenéis vergüenza?

h1

Sutilezas

Agosto 27, 2009

Como todo no van a ser artículos de Antonio Gala y viñetas dignas de Der Stürmer, de vez en cuando, la prensa española se descuelga con alguna sutileza cuando toca hablar de Israel. Tomemos por ejemplo esta captura de la portada de la edición digital de El País, de esta misma tarde.

Captura 2009-08-27 21-55-25Dos judíos ortodoxos -también podrían ser ZZ Top, aunque es más improbable- contemplan un mapa sobre un titular que habla de “asentamientos”. Inevitablemente, el lector asocia la imagen con esas “colonias” mencionadas en la entradilla. Y, sin embargo, lo que los dos barbudos están mirando es un plano de Auschwitz, que se corresponde, no con el titular grande, sino con otro mucho más pequeño que hay debajo. Dejando a un lado que la imagen característica de Israel en la prensa española siempre incluya a esos tíos tan antipáticos con barba y trencitas -y no, digamos, a Bar Refaeli o Dana International-, la composición tiene tantos niveles de lectura que uno sólo puede admirarse.

*     *     *

A diferencia de la mayor parte de lo que publican los medios españoles sobre el particular, este artículo de Spengler no debería pasar desapercibido. (Cortesía de Pascual)

h1

Esencias patrias

Agosto 27, 2009

italia_fascista_1938

Con la llegada de la democracia, la configuración del estado de las autonomías y la incorporación a la postmodernidad, la reivindicación de las esencias patrias -de las españolas, al menos- parecía haber pasado de moda para siempre. Se hubiera dicho que los particularismos autonómicos agotaban el discurso de la identidad y los valores propios: la exaltación de la idiosincrasia de nuestra particular unidad de destino en lo universal quedaba para los militares, alguna que otra tribu urbana y, por supuesto, el chalet de Aznar. No obstante, hay un reducto donde aún impera la defensa a ultranza de lo propio. Me refiero, claro es, al deporte.

En consonancia con los tiempos, quien ha formulado de manera definitiva la versión postmoderna del right or wrong my country no ha sido algún torvo maestro de escuela, sino un estudio de creativos publicitarios: Ser español ya no es una excusa: es una responsabilidad. Nótese que se introduce en el eslogan una cierta idea de progreso: antes, los españoles no éramos responsables; pero aquella era la época de las medallas en vela y el Mundial 82. Hoy día no sólo hemos entrado en el euro, sino que las naciones se nos rinden sobre el césped, el parquet, el asfalto o la tierra batida. Triunfamos en todos los deportes, en los tradicionales y en los que antes se nos negaban; e incluso en alguna que otra disciplina circense.

Y esta pujanza española, que a todo el mundo admira como una verdadera Segunda Transición, qué digo, Segunda Armada Invencible, no se debe al dinero invertido, claro, ni a ninguna “ayuda externa” -eso es cosa de “los otros”-, ni a la permisividad de nuestras autoridades deportivas, sino a algo más sencillo y mucho más elevado: el espíritu nacional. Con un par.

Por eso, cuando algún deportista español, en alguna parte del mundo, fracasa, no debemos caer en la tristeza ni en la decepción, ni mucho menos en la autocrítica. ¿Acaso no sabemos que siempre hay algún competidor extranjero dispuesto a hacer trampas? ¿Algún juez extranjero que nos odia? ¿Algún periodista extranjero que nos calumnia? De hecho, hemos alcanzado un nirvana deportivo en que tanto da ganar o perder: el español, al margen de cronómetros o reglamentos, es siempre el vencedor. Se trata de la metapolítica aplicada al deporte. Porque esta nueva celebración de las esencias nacionales es políticamente transversal: los brindis patrióticos se alternan democráticamente a derecha e izquierda. Se acabaron las dos Españas; ya sólo existe la que gana, según toque, la Eurocopa, la Copa Davis o los Mundiales de Petanca.

Y, en esta dimensión alternativa en que nos encontramos, las evidencias no son tales, las leyes físicas no existen y los prosaicos análisis nunca pueden valer más que la palabra de un hombre, ¡de un español -aun si él no supiera que lo es-! Y los casos sospechosamente trágicos no se tratarán como tales, no se investigarán hasta las últimas consecuencias para evitar su repetición; no, lo importante entonces es “acelerar los trámites” y envolverlo todo en el pringoso sentimentalismo de la tribu.

En fin, en apenas unos años pasamos, sin solución de continuidad, del destino imperial de la raza ibérica a un fláccido patriotismo constitucional habermasiano que nunca movilizó a nadie más allá de la calle Génova. Pero ahora, por fin, hemos hallado nuestra verdadera vocación nacional: la hematopoyesis. ¡Viva España!

h1

El sustrato social de la “Eclosión”

Agosto 19, 2009
solana2

Gutiérrez Solana. "La visita del obispo"

Una de las características más fascinantes de los nuevos medios es la posibilidad de sondear en tiempo real la base sociológica sobre la que se apoyan. No se trata, claro, de que unos cuantos comentarios en un hilo o foro permitan trazar un cuadro completo u obtener conclusiones demasiado sólidas; pero sí aportan pinceladas bastante sabrosas sobre lo que queda por debajo de la línea de flotación editorial. Así, los comentarios en las noticias permiten aventurar que, aunque el diario Público no apoye al régimen clerical de Irán, una porción quizás no despreciable de sus lectores siente mayor simpatía por éste que por las democracias occidentales; o que la línea anti-chavista de El País no es compartida por parte de su público. En raras ocasiones, son los propios periodistas quienes exponen el subconsciente del medio, como sucedió con la peculiar reacción, al estilo del más rancio asamblearismo, de la plantilla de ese mismo diario cuando un editorial se atrevió a esbozar una crítica de Ernesto Guevara. Pero pocas veces un periodista se ha identificado de manera más clara con el mínimo común sociológico del medio que le paga que Fernando Díaz Villanueva en este post. El empleado de Libertad Digital e “historiador” compendia en apenas tres renglones el sustrato ideológico de la “eclosión liberal”, el residuo seco que deja el supuesto movimiento cívico liberal después de cinco años de anti-izquierdismo visceral, anti-intelectualismo de la más baja estofa y buenas dosis de reacción de la de toda la vida. Se diría que no hay precedentes; salvo que sí los hay: Fernando Díaz Villanueva.

(Y, por supuesto, y antes de que alguien se desoriente, no, no estoy defendiendo la “dignidad” de los tres detenidos: carecen de ella.)

h1

Semen verum

Agosto 9, 2009

Pero es preciso fijarse en la particularidad de que la religión doméstica sólo se propagaba de varón en varón, y sin duda provenía esto de la idea que los hombres tenían formada acerca de la generación. La creencia de las edades primitivas, tal y como se expone en los Vedas y en los vestigios que nos han quedado en todo el derecho griego y romano, fue que el poder reproductor residía exclusivamente en el padre, y que sólo este poseía el principio misterioso del ser y transmitía la chispa de la vida. De tan antigua opinión resultó la regla de que el culto doméstico pasase de varón en varón: que las mujeres no participasen de él sino por conducto de su padre o su marido, y, en fin, que aun después de la muerte no tuviese la mujer la misma participación que el hombre en el culto y ceremonias de la comida fúnebre. Resultaron además otras consecuencias muy graves para el derecho privado y constitución de la familia, como veremos más adelante.

Fustel de Coulanges, La ciudad antigua

roman_priapus_fresco-villa_vettii_pompeii.c50

h1

David P. Goldman, aka Spengler

Junio 9, 2009

magritte_decalcomania

Aún no hace dos meses, Spengler reveló su verdadera identidad. Aunque esté feo colgarse medallas, este bloguero ya había señalado en la dirección correcta justo dos años antes.

h1

La Völkerwanderung no ha tenido lugar

Mayo 24, 2009

LudovisiSarcophagus1

One of the most important -and much discussed in this book- but least thought about phenomena of the fifht-century narrative is that all of the major successor states to the west Roman Empire were created around the military power of new barbarian supergroups, generated on the march. The Visigoths who settled Aquitaine in the 410s were not an ancient subdivision of the Gothic world, but a new creation. Before the arrival of the Huns on the fringes of Europe, Visigoths -and don’t let any old-style maps of the invasions convince you otherwise- did not exist. They were created by the unification of the Tervingi and the Greuthungi, who had arrived at the Danube in 376, with the survivors of Radagaisus’ force who attacked Italy in 405-6. Alaric’s ambition brought the survivors of all three groups together, and created a new and much larger grouping than any previously seen in the Gothic world. The Vandals who conquered Carthage in 439, likewise, were a new political entity. In this case, the new unit was generated out of just one pulse of migration, the invaders who crossed the Rhine at the end of 406. These originally comprised a loose alliance of two separate groups of Vandals -Hasdings and Silings-, an unknown number of Alanic groups (the largest force), and Suevi, who were probably the product of a renewed alliance among some of the Germani of the Middle Danube. Under Romano-Gothic military assault in the mid-410s, a new entity emerged; the Siling Vandals, and various Alans attached themselves to the Hasding Vandal ruling line.

At a later date, the emergence of a Frankish Gallic kingdom was made possible only by a similar realignment among the Franks.

Peter Heather, The Fall of Rome, pp. 451-2

Cosa no muy distinta puede decirse, por ejemplo, de los vascones, definidos a partir de elementos diversos -hablantes de dialectos preindoeuropeos, iberos, celtíberos- por la acción imperialista y colonizadora de Roma:

Con estas fuertes diferencias etno-culturales, es poco probable que gentes de culturas tan diversas dieran forma en época prerromana a una etnia global. Fueron los romanos los que dieron el impulso decisivo en la configuración de la etnia vascona, uniendo comunidades culturalmente diversas y creando una etnia, significada con el etnónimo de vascones, a la que se le fueron adscribiendo comunidades y territorios.

José Manuel Roldán Hervás, Historia Antigua de España I

Ante la recurrente retórica de los pueblos, conviene recordar que, aun en los casos en que sea admisible hablar de ellos, no se trata de unidades ahistóricas esenciales, sino de accidentes históricos. A menudo determinados o creados por fuerzas políticas y culturales con las que mantienen una relación dialéctica, y a las que el relato moralizado de los neoprimitivos pretende oponer de forma maniquea.