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La España eterna e insufrible I

Diciembre 12, 2009

Una característica central de los nacionalismos románticos es la creencia en una esencia nacional ahistórica que pervive en el tiempo, la percepción de la nación como un ente, un espíritu hegeliano, que, fuera de la historia, actúa sobre esta. En años recientes, años de “guerra cultural”, diversos sectores de la derecha española han tratado de articular un discurso nacional que incorpora no pocos elementos de tradición romántica y del discurso oficial franquista. Con ello, han renunciado a un republicanismo ilustrado -que no necesariamente había de pasar por el blando “patriotismo constitucional” habermasiano- en favor de versiones míticas y sentimentales. En la inmejorable formulación de Pascual, proponen “un nacionalismo español basado en la melancolía y el tradicionalismo culturales, antes que en una idea de España como comunidad política formada por ciudadanos diversos y articulada mediante instituciones pragmáticas, leyes eficaces y un imaginario ilustrado”.

En esta entrada, que para no aburrir más de la cuenta he dividido en partes, pretendo esbozar una crítica a dicho discurso desde el punto de vista de la teoría política y la historia. Consideración más detenida merecería su idoneidad estratégica: baste decir por ahora que la versión romántica, dejando a un lado modalidades folclóricas, apela a un target cada vez más reducido y envejecido, y que difícilmente se le podría vender a las nuevas generaciones, aun cuando se pusieran medios de que ahora se carece, cuando todos los vientos en España y en Europa soplan en contra -máxime si tenemos en cuenta el muy relativo éxito de la educación franquista en este sentido.

En primer lugar, soy consciente de que la distinción entre nacionalismo civil y romántico, o político y étnico, no está exenta de problemas. O, por expresarlo con la ironía de Anthony Marx, los nacionalismos políticos son los que ya cometieron su genocidio hace siglos. La construcción nacional presupone un cierto grado de homogeneidad, que puede haberse iniciado previamente de manera cruenta (conquista, guerras de religión, expulsiones y exclusiones) y se complementa o alcanza mediante medios más propios del Estado nación moderno: la educación universal, el discurso patriótico, los servicios públicos, el servicio militar, etc.

Es precisamente este proceso de construcción nacional, tanto en la fase cruenta como en la civil, lo que ha resultado problemático en España [1]: un país mal integrado geográfica, económica y políticamente. Por lo que hace al medio, y pese a la larga tradición de laudes hispaniae, el territorio español es en general accidentado, árido y poco productivo -hasta un 44% menos de media que el francés [2]. Grandes cordilleras dificultan la comunicación entre el interior y el litoral, y éste carece en gran medida de los refugios naturales que facilitan el desarrollo de la navegación. Tampoco se cuenta con vías fluviales de importancia. En buena parte por estas condiciones, pero también debido a la peculiar historia de la península y la influencia de instituciones como la Mesta, la integración económica de las regiones ha sido deficiente. Finalmente, el proceso de integración política resultó errático: comenzó pronto, hasta el punto de que la Monarquía de los Reyes Católicos se puede considerar el Ur-estado moderno, pero no se completó entonces, quizás por su misma precocidad y por el agotamiento de las energías en el impulso imperial. La identificación con la empresa colonial contribuyó incluso a la confusión, al amortizarse ésta precisamente en el momento de auge del nacionalismo y el imperialismo europeos. Además, nunca se ha librado del todo de las distorsiones particularistas, ni hasta fecha muy tardía del influjo de las tendencias absolutistas y de la Iglesia católica -si es que lo ha hecho completamente.

Frente a esta realidad, y al hecho de que los nacionalismos periféricos han nacido y se han manifestado precisamente en el momento de la confirmación del estado-nación liberal burgués, yuxtaponiéndose o sustituyendo al en todo caso débil discurso nacional español,  los sectores más conservadores proponen, como decía, una interpretación edulcorada y metafísica de la historia de España. Una versión que elude en todo momento considerar los matices, la problematicidad y el mismo carácter histórico de la construcción nacional, y que a menudo parece ser un mero eco de la fallida Formación del Espíritu Nacional. Poco importa que este discurso nazca como reacción contra los mitos y las falsificaciones de los nacionalistas periféricos, así como contra los excesos en la deconstrucción de la idea de España llevada a cabo por determinadas corrientes académicas. Lo cierto es que en ocasiones reproduce de manera especular dichos mitos, apelando por encima de todo a una sentimentalidad crasa y torpe que en nada se distingue de la de sus oponentes; y, más allá de juicios morales maniqueos, apenas ofrece herramientas para comprender y participar en el debate sobre el modelo de estado. Por expresarlo de otra forma: no se prefiere la nación española por su carácter civil e inclusivo frente a la etnicidad y el culturalismo de otros nacionalismos más agresivos sino que, en un alarde quizás inconsciente de relativismo, se enfrenta un discurso identitario con otro por la mera razón de sentirlo como propio. Dicho discurso resulta, además, enormemente fácil de desactivar en el debate político, tanto por el carácter anecdótico o legendario de muchos de sus relatos, como por la existencia de toda una tradición de crítica al nacional-catolicismo franquista de cuyos repertorios pueden echar mano, y la echan, la izquierda y los nacionalistas.

En definitiva, la metafísica nacional es contraproducente en otro sentido más difuso pero que no carece de importancia ideológica: al poner el énfasis en la idea de la pervivencia de la nación como espíritu hegeliano, se obvia que las naciones no existen tanto como se construyen. La nación es un proceso histórico, un work in progress que, por usar la expresión del general Primo de Rivera, se cae cuando se detiene. La veneración de una España esencial, ahistórica, exclusivamente mítica, distrae o choca en muchos casos con la construcción de una España real y posible, inclusiva y republicana en el más pleno sentido de la palabra. Y esto se hace más evidente cuando los mismos abogados de la España eterna no tienen reparo en desautorizar al Estado frente a la Iglesia católica o arrojar sospechas sobre sus instituciones y la legitimidad de gobiernos electos. Sin duda la contradicción forma parte de un problema más amplio: la casi total ausencia en España de una derecha secular y de un conservadurismo -no hablemos ya de liberalismo- que merezca tal nombre y se pueda equiparar a modelos europeos.

El relato de los orígenes es piedra angular de todo nacionalismo. En la siguiente entrada echaremos un vistazo a la cuestión del origen de España, y expondré con más detalle por qué entiendo que la versión romántica desenfoca el debate.

NOTAS

[1] – Mientras escribo esta entrada, me comenta Irene el trabajo de una serie de historiadores, con el propio José Álvarez Junco a la cabeza, que están revisando la tesis de la “construcción nacional débil”. A falta de conocer sus argumentos en profundidad, tengo que ser escéptico al menos con el alcance de sus conclusiones. Si existieron programas de “nacionalización de las masas”, parece obvio que no alcanzaron los objetivos propuestos, y que la escuela, el ejército y la burocracia no cumplieron el papel que en otras naciones europeas. Para la perspectiva “revisionista”: Construir España: el fin de la melancolía.

[2] – Ramón Tamames, Estructura económica de España, citado en Franco Aliaga, Tomás; Las actividades agrarias en España, Madrid, 1998.

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Desajustes

Diciembre 1, 2009

Al parecer, era necesario pixelarle el rostro a un pirata extranjero capturado en alta mar con las armas en la mano. En cambio, este ciudadano español no tenía derecho al píxel ni, por lo que se ve, a la presunción de inocencia. Queda la sospecha de que la etiqueta del momento permite linchar a un posible criminal de género, pero no a un seguro pirata.

Otra reflexión atañe al papel de los medios. Se diría que su función consiste cada vez más en decirle al pueblo lo que tiene que sentir. Ya sea editorializando la dignidad, o reclamando un insultillo espontáneo a la consabida señora para ambientar la información.

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Aborto y excomunión

Noviembre 27, 2009

La escalada retórica en torno al aborto parece no tener límite. Las comparaciones con el Holocausto y otras de parecido jaez son ya moneda corriente (¡ay, esa Ley de Godwin!). La Conferencia Episcopal ha echado mano incluso de repertorio clásico: el pasado 11 de noviembre, Martínez Camino anunció, apuntando a los diputados católicos, que la Ley del Aborto era contraria a la fe católica, o sea, herética; y que, por tanto, quienes la promoviesen estaban excomulgados ipso facto. Aunque hoy ha reculado parcialmente, entre consideraciones sobre la “culpabilidad subjetiva” de los fieles -no olvidemos que es jesuita-, mantiene que los que apoyen la ley quedarán excluidos de los sacramentos, aunque no excomulgados; lo que sugiere otra figura de sabor añejo: el interdicto o entredicho.

Pasemos por alto las ya habituales muestras de doblepensar (“El Estado no puede imponer una mayoría moral a todos, ni aunque fuese la católica. El Estado no es el educador de la sociedad, ni puede imponer principios morales.”). La cuestión del interdicto plantea algunas dudas: el local -que, lástima, ya no se practica- acarrea la suspensión de los sacramentos en un territorio durante el tiempo de vigencia; el personal, en cambio, se aplica a un individuo o grupo y es, básicamente, una excomunión de menor gravedad: el afectado no puede recibir los sacramentos, pero permanece en la comunidad de los fieles y puede incluso mantener los cargos eclesiásticos que tuviera. Se trata de un castigo para ofensas de grado menor que la herejía, como la simonía, el amancebamiento y el desacato, pensado muy especialmente para mantener la disciplina en el seno de la propia Iglesia.

Bien, si el aborto en los plazos que marca la ley es un crimen tan horrendo como dice, se entienden mal los remilgos de la Iglesia a la hora de usar la excomunión. Viene a ser, por usar un símil futbolístico, como castigar una agresión flagrante con una tarjeta amarilla. Lo cierto es que existen precedentes en ambos casos: excomunión e interdicto, con el matiz de que la primera iba dirigida a quienes lo practicaron y el segundo, como en el caso español, a un político. De cualquier modo, tampoco sería la primera vez que la Iglesia excomulga en masse por motivos políticos. Parece, sin embargo, y por seguir con el símil, que la Conferencia Episcopal no quiere cargarse el partido. Este desajuste entre las retóricas y los medios, entre lo que se amaga y lo que se está dispuesto a hacer, sugiere que nos hallamos ante una representación en la que la Iglesia y sus satélites ejercitan su bargaining power. Y algo más: permite sospechar que, a pesar del tono desmedido de los discursos y del elemento iconocrático, el aborto no es en el fondo ni para sus detractores más gritones algo comparable al asesinato, sino más bien una cuestión de “buenas costumbres”, un caso de pánico moral.

Miquel Barceló. "Hipócritas", de La Divina Comedia

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Estado y corrupción

Noviembre 13, 2009

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Después del espejismo de los primeros años de la blogosfera, el debate político en la red se ha instalado en los vicios habituales de los viejos medios. No ha sido quizás ajena a ello la ocupación del espacio por falsos blogs alojados en medios tradicionales; columnas disfrazadas, sin enlaces ni comentarios, que de bitácora tienen poco más que el nombre.  Eso y, claro, las banderías y la trinchera, que acaban siempre con los matices y con la necesidad de argumentar y justificar las propias posiciones.

El caso es que abundan las arengas y las declaraciones campanudas sin más apoyatura que la profunda e inexplicable convicción del que las escribe. Casi nadie parece sentirse obligado a rendir cuentas del proceso por el que las ideas que tan orgullosamente nos presenta han llegado a formarse, ni a sostenerlas con otra cosa que el verbo. Caso ejemplar es el del Instituto Juan de Mariana, cuya propaganda anarco-conservadora suele adquirir la forma de aburridos, confusos y doctrinarios sermones, sin la menor referencia bibliográfica y carentes de esa elemental cortesía blogosférica que es el enlace. Hoy, por ejemplo, tocaba hablar de cómo en el origen de la corrupción se halla… ¿lo adivinan? El Estado.

Bien, a poco que alguien esté mínimamente al tanto de historia y current affairs, la idea es bastante sospechosa. Tampoco es que el caso se presente, todo sea dicho, con una convicción arrolladora; ni, por supuesto, hay un sólo dato, cifra o nota bibliográfica que lo justifique. Pero es que, además, bastaba perder 20 segundos en entrar en la página de Transparency International y observar el mapa que incluyo arriba para comprobar que, si acaso, parece haber una fuerte correlación entre la debilidad del Estado y el grado de corrupción. Más aún: como la realidad es aficionada a estas pequeñas ironías, resulta que en 2008 los países menos corruptos fueron Dinamarca, Nueva Zelanda y Suecia, y el más corrupto… efectivamente, Somalia. Pero, claro, por qué permitir que lo factual nos arruine una buena homilía.

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La libertad de la mentira

Noviembre 12, 2009

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Fernando Zóbel, "Béjar II"

Comenta hoy Alejandro Gándara en su blog un libro reciente de Nicholas Fraser, Las nuevas voces del odio. Encuentros con la derecha en la Europa de hoy, y se pregunta, siguiendo al autor inglés “¿Podría ser que la libertad de expresión sólo empiece a tener sentido cuando también protege las ideas más detestables?”. El debate es antiguo. Tan antiguo al menos como la famosa fórmula de Saint-Just: “Ninguna libertad para los enemigos de la libertad”. De fondo, la vieja controversia sobre la naturaleza de la democracia y el Estado de Derecho: si se trata de un régimen, de una construcción, que requiere de un discurso legitimador positivo y de unos límites más o menos precisos; o más bien una suerte de conjunto vacío que se define sólo por su capacidad de asumir dialécticamente cualquier discurso. Weimar una vez más; hemos hablado de ello con frecuencia.

No obstante, hay otra dimensión del debate que Gándara, proveniente de la ficción y de un medio ambiente intelectual donde la verdad no deja de ser un concepto sospechoso, pasa por alto. Cuando, por ejemplo, Faurisson o Irving niegan la realidad del Holocausto, no sólo -o no tanto- expresan ideas repugnantes, sino que mienten sobre uno de los hechos mejor documentados de la historia. Es incierto si la libertad de expresión debe amparar opiniones criminales; pero es más dudoso aún que tenga que dar cobijo a la mentira. Al fin y al cabo, si perseguimos el fraude en (casi) cualquier ámbito práctico de la vida en sociedad, ¿por qué deberíamos protegerlo en el terreno de la ideas?

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¿No tenéis vergüenza?

Septiembre 30, 2009

Hace menos de un mes, El Mundo publicaba una entrevista con el historiador negacionista del Holocausto David Irving. Da la sensación de que en el diario de Pedro J. no tienen muy clara la distancia que media entre informar y ofrecer un altavoz, a veces incluso remunerado, a gente de dudosa catadura moral. Tampoco es la primera vez, ni la segunda. Hoy, casualmente, encuentro que en los blogs de Marca, medio perteneciente al mismo grupo editorial que El Mundo, se permiten comentarios negacionistas y antisemitas. Por ejemplo, página 16 de comentarios del post enlazado:

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Esto, que podría parecer una mera anécdota, forma parte de un cuadro más amplio, claro. Por un lado, un antisemitismo en crecimiento, que ha reventado hace tiempo las costuras del “antisionismo” que lo vestía y se desparrama por doquier. Y del que Antonio Gala, columnista por cierto de El Mundo, es ejemplo egregio. Por otro, los dudosos estándares periodísticos y éticos de la prensa española y, en particular, de Unidad Editorial. No se olvide que el mismo diario enarboló el estandarte truther en España tras el 11-M y ha sido, junto a Libertad Digital, su socia en es.Radio, el principal surtidor -o sumidero, según se mire- de relatos conspiracionistas. Sea como sea, cabe hacerles a los responsables la pregunta retórica formulada hace unos días por Benjamín Netanyahu ante la Asamblea General de las Naciones Unidas: ¿Acaso no tenéis vergüenza?

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Sutilezas

Agosto 27, 2009

Como todo no van a ser artículos de Antonio Gala y viñetas dignas de Der Stürmer, de vez en cuando, la prensa española se descuelga con alguna sutileza cuando toca hablar de Israel. Tomemos por ejemplo esta captura de la portada de la edición digital de El País, de esta misma tarde.

Captura 2009-08-27 21-55-25Dos judíos ortodoxos -también podrían ser ZZ Top, aunque es más improbable- contemplan un mapa sobre un titular que habla de “asentamientos”. Inevitablemente, el lector asocia la imagen con esas “colonias” mencionadas en la entradilla. Y, sin embargo, lo que los dos barbudos están mirando es un plano de Auschwitz, que se corresponde, no con el titular grande, sino con otro mucho más pequeño que hay debajo. Dejando a un lado que la imagen característica de Israel en la prensa española siempre incluya a esos tíos tan antipáticos con barba y trencitas -y no, digamos, a Bar Refaeli o Dana International-, la composición tiene tantos niveles de lectura que uno sólo puede admirarse.

*     *     *

A diferencia de la mayor parte de lo que publican los medios españoles sobre el particular, este artículo de Spengler no debería pasar desapercibido. (Cortesía de Pascual)

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Esencias patrias

Agosto 27, 2009

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Con la llegada de la democracia, la configuración del estado de las autonomías y la incorporación a la postmodernidad, la reivindicación de las esencias patrias -de las españolas, al menos- parecía haber pasado de moda para siempre. Se hubiera dicho que los particularismos autonómicos agotaban el discurso de la identidad y los valores propios: la exaltación de la idiosincrasia de nuestra particular unidad de destino en lo universal quedaba para los militares, alguna que otra tribu urbana y, por supuesto, el chalet de Aznar. No obstante, hay un reducto donde aún impera la defensa a ultranza de lo propio. Me refiero, claro es, al deporte.

En consonancia con los tiempos, quien ha formulado de manera definitiva la versión postmoderna del right or wrong my country no ha sido algún torvo maestro de escuela, sino un estudio de creativos publicitarios: Ser español ya no es una excusa: es una responsabilidad. Nótese que se introduce en el eslogan una cierta idea de progreso: antes, los españoles no éramos responsables; pero aquella era la época de las medallas en vela y el Mundial 82. Hoy día no sólo hemos entrado en el euro, sino que las naciones se nos rinden sobre el césped, el parquet, el asfalto o la tierra batida. Triunfamos en todos los deportes, en los tradicionales y en los que antes se nos negaban; e incluso en alguna que otra disciplina circense.

Y esta pujanza española, que a todo el mundo admira como una verdadera Segunda Transición, qué digo, Segunda Armada Invencible, no se debe al dinero invertido, claro, ni a ninguna “ayuda externa” -eso es cosa de “los otros”-, ni a la permisividad de nuestras autoridades deportivas, sino a algo más sencillo y mucho más elevado: el espíritu nacional. Con un par.

Por eso, cuando algún deportista español, en alguna parte del mundo, fracasa, no debemos caer en la tristeza ni en la decepción, ni mucho menos en la autocrítica. ¿Acaso no sabemos que siempre hay algún competidor extranjero dispuesto a hacer trampas? ¿Algún juez extranjero que nos odia? ¿Algún periodista extranjero que nos calumnia? De hecho, hemos alcanzado un nirvana deportivo en que tanto da ganar o perder: el español, al margen de cronómetros o reglamentos, es siempre el vencedor. Se trata de la metapolítica aplicada al deporte. Porque esta nueva celebración de las esencias nacionales es políticamente transversal: los brindis patrióticos se alternan democráticamente a derecha e izquierda. Se acabaron las dos Españas; ya sólo existe la que gana, según toque, la Eurocopa, la Copa Davis o los Mundiales de Petanca.

Y, en esta dimensión alternativa en que nos encontramos, las evidencias no son tales, las leyes físicas no existen y los prosaicos análisis nunca pueden valer más que la palabra de un hombre, ¡de un español -aun si él no supiera que lo es-! Y los casos sospechosamente trágicos no se tratarán como tales, no se investigarán hasta las últimas consecuencias para evitar su repetición; no, lo importante entonces es “acelerar los trámites” y envolverlo todo en el pringoso sentimentalismo de la tribu.

En fin, en apenas unos años pasamos, sin solución de continuidad, del destino imperial de la raza ibérica a un fláccido patriotismo constitucional habermasiano que nunca movilizó a nadie más allá de la calle Génova. Pero ahora, por fin, hemos hallado nuestra verdadera vocación nacional: la hematopoyesis. ¡Viva España!

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El sustrato social de la “Eclosión”

Agosto 19, 2009
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Gutiérrez Solana. "La visita del obispo"

Una de las características más fascinantes de los nuevos medios es la posibilidad de sondear en tiempo real la base sociológica sobre la que se apoyan. No se trata, claro, de que unos cuantos comentarios en un hilo o foro permitan trazar un cuadro completo u obtener conclusiones demasiado sólidas; pero sí aportan pinceladas bastante sabrosas sobre lo que queda por debajo de la línea de flotación editorial. Así, los comentarios en las noticias permiten aventurar que, aunque el diario Público no apoye al régimen clerical de Irán, una porción quizás no despreciable de sus lectores siente mayor simpatía por éste que por las democracias occidentales; o que la línea anti-chavista de El País no es compartida por parte de su público. En raras ocasiones, son los propios periodistas quienes exponen el subconsciente del medio, como sucedió con la peculiar reacción, al estilo del más rancio asamblearismo, de la plantilla de ese mismo diario cuando un editorial se atrevió a esbozar una crítica de Ernesto Guevara. Pero pocas veces un periodista se ha identificado de manera más clara con el mínimo común sociológico del medio que le paga que Fernando Díaz Villanueva en este post. El empleado de Libertad Digital e “historiador” compendia en apenas tres renglones el sustrato ideológico de la “eclosión liberal”, el residuo seco que deja el supuesto movimiento cívico liberal después de cinco años de anti-izquierdismo visceral, anti-intelectualismo de la más baja estofa y buenas dosis de reacción de la de toda la vida. Se diría que no hay precedentes; salvo que sí los hay: Fernando Díaz Villanueva.

(Y, por supuesto, y antes de que alguien se desoriente, no, no estoy defendiendo la “dignidad” de los tres detenidos: carecen de ella.)

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Semen verum

Agosto 9, 2009

Pero es preciso fijarse en la particularidad de que la religión doméstica sólo se propagaba de varón en varón, y sin duda provenía esto de la idea que los hombres tenían formada acerca de la generación. La creencia de las edades primitivas, tal y como se expone en los Vedas y en los vestigios que nos han quedado en todo el derecho griego y romano, fue que el poder reproductor residía exclusivamente en el padre, y que sólo este poseía el principio misterioso del ser y transmitía la chispa de la vida. De tan antigua opinión resultó la regla de que el culto doméstico pasase de varón en varón: que las mujeres no participasen de él sino por conducto de su padre o su marido, y, en fin, que aun después de la muerte no tuviese la mujer la misma participación que el hombre en el culto y ceremonias de la comida fúnebre. Resultaron además otras consecuencias muy graves para el derecho privado y constitución de la familia, como veremos más adelante.

Fustel de Coulanges, La ciudad antigua

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David P. Goldman, aka Spengler

Junio 9, 2009

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Aún no hace dos meses, Spengler reveló su verdadera identidad. Aunque esté feo colgarse medallas, este bloguero ya había señalado en la dirección correcta justo dos años antes.

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La Völkerwanderung no ha tenido lugar

Mayo 24, 2009

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One of the most important -and much discussed in this book- but least thought about phenomena of the fifht-century narrative is that all of the major successor states to the west Roman Empire were created around the military power of new barbarian supergroups, generated on the march. The Visigoths who settled Aquitaine in the 410s were not an ancient subdivision of the Gothic world, but a new creation. Before the arrival of the Huns on the fringes of Europe, Visigoths -and don’t let any old-style maps of the invasions convince you otherwise- did not exist. They were created by the unification of the Tervingi and the Greuthungi, who had arrived at the Danube in 376, with the survivors of Radagaisus’ force who attacked Italy in 405-6. Alaric’s ambition brought the survivors of all three groups together, and created a new and much larger grouping than any previously seen in the Gothic world. The Vandals who conquered Carthage in 439, likewise, were a new political entity. In this case, the new unit was generated out of just one pulse of migration, the invaders who crossed the Rhine at the end of 406. These originally comprised a loose alliance of two separate groups of Vandals -Hasdings and Silings-, an unknown number of Alanic groups (the largest force), and Suevi, who were probably the product of a renewed alliance among some of the Germani of the Middle Danube. Under Romano-Gothic military assault in the mid-410s, a new entity emerged; the Siling Vandals, and various Alans attached themselves to the Hasding Vandal ruling line.

At a later date, the emergence of a Frankish Gallic kingdom was made possible only by a similar realignment among the Franks.

Peter Heather, The Fall of Rome, pp. 451-2

Cosa no muy distinta puede decirse, por ejemplo, de los vascones, definidos a partir de elementos diversos -hablantes de dialectos preindoeuropeos, iberos, celtíberos- por la acción imperialista y colonizadora de Roma:

Con estas fuertes diferencias etno-culturales, es poco probable que gentes de culturas tan diversas dieran forma en época prerromana a una etnia global. Fueron los romanos los que dieron el impulso decisivo en la configuración de la etnia vascona, uniendo comunidades culturalmente diversas y creando una etnia, significada con el etnónimo de vascones, a la que se le fueron adscribiendo comunidades y territorios.

José Manuel Roldán Hervás, Historia Antigua de España I

Ante la recurrente retórica de los pueblos, conviene recordar que, aun en los casos en que sea admisible hablar de ellos, no se trata de unidades ahistóricas esenciales, sino de accidentes históricos. A menudo determinados o creados por fuerzas políticas y culturales con las que mantienen una relación dialéctica, y a las que el relato moralizado de los neoprimitivos pretende oponer de forma maniquea.

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Control

Abril 19, 2009

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Lo menos que se puede decir de la película de Anton Corbijn es que cumple escrupulosamente el precepto de Chéjov: al principio de la película se ve un tendedero, y al final el protagonista se cuelga de él.

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I’m Alan Partridge

Abril 10, 2009

“¿Siempre sólo un mundo para políticos, arribistas, camareros y vividores, y sin aire para las personas?”, se preguntaba Hermann Hesse en El lobo estepario por boca de su alter ego Harry Haller. A la nómina habría que sumar hoy, sin duda, a los presentadores de televisión. Unos personajes de enigmática trivialidad que se introducen en nuestra vida cotidiana con cercanía casi violenta, a quemarropa. Que parecen atrapados entre la banalidad y cursilería inherentes a su profesión y la brutalidad selvática del medio y, en ocasiones, los mismos espectadores.

Alan Partridge es minuciosamente insustancial, ignorante y pedantesco; algo así como el presentador de televisión platónico. Amante del MOR -”Wings, the band the Beatles could have been”-, su idea de un Día de San Valentín memorable es visitar una reserva para búhos o estrechar la mano de Jackie Stewart en el circuito de Silverstone. Un ser tan abrumadoramente vacío y, a la vez, persuadido de su importancia, que roza la psicopatía. Pero que nos hace reír -y nos asusta- porque no está demasiado lejos de los modelos reales.

Alan Partridge apareció por primera vez en el programa On the Hour, en 1991. Al año siguiente ya contaba con su propio magazine en BBC Radio, que pasó a la televisión en 1994. Dejando a un lado la genialidad de Steve Coogan, Knowing Me, Knowing You… with Alan Partridge no ha envejecido del todo bien, pero sirvió para empezar a explorar las posibilidades del personaje. Después de la primera serie, varios especiales televisivos presentaron al público las vicisitudes de la carrera de Alan, que, tras matar accidentalmente a un invitado en directo, arruina sus oportunidades de seguir en la BBC con el fracaso estrepitoso de su programa navideño Knowing Me Knowing Yule.

En este punto arranca I’m Alan Partridge, el behind-the-scenes de la carrera del presentador de Norwich. Se desarrolló en dos temporadas, en 1997 y 2002, y escapaba del formato magazine-parodia para convertirse en una comedia de situación con elementos innovadores. De hecho, y dado el estilo pseudo-documental con el que se retrataba en toda su mezquindad la vida cotidiana de Partridge, es imposible no ver en la serie una precursora directa de Curb your enthusiasm. Una deuda que quizás Larry David haya querido pagar ofreciéndole a Coogan un jugoso papel en la séptima temporada de la serie. Con todo, hay que reconocerle al humorista judío haber dado otra vuelta de tuerca a la idea de hacer una comedia sobre el comediante: en lugar de crear un personaje, David interpreta una versión exagerada -no sabemos en qué medida- de sí mismo, que además es un triunfador con una vida aparentemente envidiable en lugar de un desecho de tienta como Partridge. (Aprovecho para recomendar a los potenciales espectadores que eviten con todo escrúpulo ver la versión doblada de la serie de HBO que emite actualmente La Sexta. Teniendo en cuenta los horarios, no debe de ser difícil.)

Para terminar, un vídeo de Alan Partridge en todo su esplendor, entrevistando al portavoz del Sindicato de Granjeros de Norfolk:

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Réquiem por el liberal-conservadurismo español

Marzo 29, 2009
Ensor. "La entrada de Cristo en Bruselas"

Ensor. "La entrada de Cristo en Bruselas"

No es que no se viniera anunciando hace años, pero la fecha de hoy bien podría tomarse, a título simbólico, como la de la defunción del liberal-conservadurismo español y de esa entelequia que dio en llamarse la “eclosión liberal”. Hasta el acuñador de la expresión ha acabado catando los irrespirables vapores que emanan de la “alianza” entre rebotados de la izquierda, teócratas, arribistas y desorientados en que ha parado el asunto.

Hoy, como han señalado otros, la reacción ha salido a la calle, bajo la mirada aprobadora de quienes, por huir del extremismo opuesto, por medro personal o por un irresponsable esteticismo, se han convertido ya en sus cómplices habituales.

Primero fue la excusa de un “rearme“, de una vuelta a las esencias europeas para evitar el vaciamiento y la ocupación por credos menos tolerantes. Ya sabemos que era un camelo. Ahora queda la nebulosa valoración de los beneficios sociales y personales de la creencia, de una Noble Mentira vagamente straussiana que a veces adquiere más bien la forma de una manía persecutoria y otras, simplemente, la del torpor tras un larga siesta.

No, no es que no se viniera anunciando. Una derecha paranoica y maoísta, partidaria siempre del “cuanto peor, mejor” y de la tierra quemada. Una ideología doctrinaria, alicorta e incivil, patrocinada como saber último y panacea universal por quienes, al parecer, no saben vivir sin el techado de un sistema de certidumbres. Un odio de clase perfectamente especular con el que, pretendidamente, se denunciaba. La lucha por el poder y las prebendas, disfrazada de eterna contienda entre el bien y el mal. Y un espacio público inundado de retóricas gramscianas, donde no importan nunca los argumentos sino la apropiación de las metáforas y la violación de las palabras (¿se referiría a eso el Rector Magnífico?).

Poco importará entonces que se trate de situar el debate y de aclarar los conceptos, de señalar que no es lo mismo potencia que acto; vida humana, como son al fin los espermatozoides o las células epiteliales, que persona. Que el último intento de identificar la persona con el genotipo es un burdo ersatz de la doctrina del alma inmortal, que ya ni a sus propios convencidos pueden vender. Que la pretensión de los partidarios de la neotenia de refugiarse bajo no sé qué paraguas científico sólo provoca carcajadas. Que comparar el cumplimiento de una ley de plazos clara con el genocidio es pura y desvergonzada pornografía política. Lo importante es la bandería: salir a la calle y exhibir la sangre. Sangre especular.

Mientras, hay otros debates y otras batallas que los liberales deberían estar librando; pero en ésas no veremos a los anarquistas de sacristía -o de plantación-, ni a los que creen que lo que determina el carácter liberal de un estado es sólo la cantidad de impuestos que se paga, ni a todos esos que, de la noche a la mañana, han descubierto que en el camino de Damasco no se vive tan mal. Hace frío ahí fuera.

Nunca más que ahora hemos necesitado un conservadurismo secular y un liberalismo que lo sea en algo más que en el nombre o una url.