En busca de Spengler

Posted on abril 11, 2007

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Desde que comenzó a publicar sus artículos en Asia Times Online a la vuelta del milenio, el misterioso Spengler ha creado en torno suyo un verdadero culto que él alimenta con sus apariciones en los foros, su secretismo y las medidas -y acaso tramposas- dosis autobiográficas que deja caer en sus textos. Sabemos de él que escribe en inglés, aunque quizás no sea su lengua materna -así lo creo yo; y, como han señalado algunos, su estilo florido y jocoso, con un gusto desesperante por los juegos de palabras, recuerda al de un Nabokov atragantado con Clausewitz. Asimismo, que domina el alemán, aunque no se trate tampoco de su primer idioma; y que lee asimismo el español -en ocasiones ha citado artículos de ABC y El País. Spengler tiene conocimientos de música y de teología: la referencia más citada en sus artículos es el teólogo judío Franz Rosenzweig. También habla con soltura de mercados financieros, si bien no da la sensación de ser economista, y sí de tener abundantes contactos en el ambiente bursátil. La suficiencia con la que escribe sobre el fin de la Guerra Fría -y la edad que alguna vez se ha atribuido- parecen sugerir un contacto directo con la política americana durante el período de Reagan, de quien ha escrito en los términos más elogiosos. A la vez, se muestra displicente cuando se refiere a los “realistas” como Kissinger, Scowcroft y Baker (“durante años, la política americana respecto a la Unión Soviética se basó en la ‘contención’, o sea, en nada en particular”); y no menos al hablar de los neoconservadores, entre los que sólo concede algún crédito a Irving Kristol, a quien, según ha dejado caer, conoce personalmente.

De hecho, Spengler es particularmente duro con Leo Strauss y con el “innombrable” Heidegger. No es difícil intuir que en ellos aprecia dos modalidades de filosofar en un mundo sin Dios quizás tanto más odiosas, aunque lo niegue expresamente, cuanto más potentes aparecen -pues no suele gastar munición del mismo calibre contra los aguachirles parisinos y frankfurtianos. En el fondo está el desprecio por la cultura de la postmodernidad alumbrada al final del proceso de destrucción de Europa que, a juicio de Spengler, comienza cuando la idea de la nación se impone sobre la del imperio universal cristiano. Tomando ideas de Rosenzweig, Spengler atribuye la conversión de los pueblos bárbaros hacia el fin del Imperio Romano a un deseo de inmortalidad ante la inminente extinción de las culturas tribales. No obstante, el pacto no llega a subsumir completamente el corazón pagano de Europa, que aflora nuevamente con el auge del Estado-nación y encuentra finalmente su Götterdämmerung en las dos guerras mundiales. Es Thor aplastando con su martillo las catedrales góticas, en la famosa imagen de Heine que parece presagiar Coventry o Braunschweig. Después de este clímax, a los pueblos de Europa sólo les queda languidecer en el resentimiento hacia Israel, el verdadero pueblo eterno, y los Estados Unidos, el nuevo universalismo cristiano. ¿Es judío Spengler? Se diría que no, aunque mantiene la admirada familiaridad hacia el judaísmo común a muchos protestantes; como también ha expresado simpatía hacia Benedicto XVI.

¿Quién es, pues, Spengler? Un paseo por Google arroja un puñado de nombres, buena parte de ellos descartables de antemano, como los de Kissinger y Naipaul. ¿Mis candidatos? En algún momento pensé en David Pryce-Jones y Edward Luttwak. El primero lo deseché en seguida. A Luttwak, que tampoco acaba de convencerme, lo ha citado Spengler en más de una ocasión, lo que constituiría un juego de heterónimos o doppelgänger muy sugerente. Coinciden además en su “defensa del genocidio”. En todo caso, mi perfil sería el de un británico o europeo del Este -¿quizás, por qué no, un francés?- emigrado a Asia o Australia, en el umbral de la vejez o ya entrado en ella. Pero el experimento crece en interés cuando analizamos los nombres más verosímiles e interesantes, hasta el punto de que el viaje hacia Spengler se convierte, como el viaje hacia Kurtz, en una excusa para bucear en las profundidades de los nuevos medios y del análisis político contemporáneo. Véamoslos.

Nick Land es un profesor de filosofía “exilado” en China del ambiente cultural occidental. Junto con un amigo, el intelectual iraní Reza Negarestani, edita el blog Hyperstition, en el que se abordan algunos de los temas frecuentes de Spengler. Por lo tanto, se ha especulado con que el misterioso columnista de ATO pudiera ser Land, Negarestani, o un nom de plume de ambos. Después de echar un vistazo a Hyperstition, la hipótesis Land-Negarestami se me antoja sumamente improbable, aunque enlazo esta rareza en Bloglines. Tampoco parecen llegar muy lejos las propuestas de Dmitry Shlapentokh, Benjamin C. Sax y Peter Berger.

Un candidato que, sin embargo, suena insistentemente es David P. Goldman, profesor de música e inversor que escribe una columna sobre finanzas en Forbes. Goldman comparte el interés de Spengler por Rosenzweig, y opiniones muy similares en torno a varios asuntos. Tirando además de este hilo, encuentro una posible relación entre ambos más que interesante: hace tres décadas, Goldman se movía en el círculo de Lyndon LaRouche; y, no mucho después, algunos asociados a LaRouche trataron de atraerse a Allan Bloom, el conocido discípulo de Strauss, amigo de Saul Bellow y autor de The closing of the American mind. ¿Una pista sobre las tortuosas relaciones de Spengler con el neoconservadurismo? Además, LaRouche, que tiene abundantes contactos en los servicios de inteligencia mundiales, no sólo apoyó la Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI) reaganiana, sino que se atribuye el haberla ideado. No sería extraño que algún colaborador cercano estuviera al tanto de los entresijos militares y políticos del gobierno de Reagan, y que recordase la época con la nostalgia y el orgullo de un verdadero cold warrior. (Otra posibilidad inédita sería, por supuesto, que Spengler fuese… Lyndon LaRouche.)

Dejemos aquí las especulaciones, con un último apunte. Googleando, llego a un artículo sumamente crítico con Spengler: The thinking man’s Mark Steyn. Su autor resulta ser Lawrence Auster, un blogger conservador y primo del novelista Paul. Según la Wikipedia, Auster ha criticado la política neoconservadora hacia el Islam en términos parecidos a los de Spengler. ¿Podría tratarse de otro doppelgänger más enrevesado aún? Releo el post. Hace apenas quince años, este texto hubiera sido una ficción borgesiana, un game with shifting mirrors. Hoy es la realidad cotidiana de la red.

ATÓNITA ACTUALIZACIÓN: De todas las cosas raras

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