La razón totalitaria I.La patria de la electricidad

Posted on Mayo 13, 2007 porJ


En semanas pasadas hemos asistido a un interesante y desigual debate (1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8; cada uno incluye los enlaces al contrincante) entre Pío Moa y Eduardo Robredo sobre lo que el controvertido revisionista llama el “ciencismo” y su supuesta incapacidad para llegar a dictámenes sobre cuestiones morales y políticas. Digo desigual porque, a mi juicio, el bilbaíno ha derrotado al vigués por KO técnico, tal ha sido el contraste entre el despliegue de razones y erudición de uno y los pobres argumentos circulares del otro. Y de éstos, ninguno más repetido que el endosarle al “culto a lo científico” -frente a una espiritualidad religiosa o humanista- la responsabilidad de los totalitarismos del S. XX. Se intuye que Moa sigue aquí, como en otros momentos, a Paul Johnson. Pero, quizás por querer ser más papista que el ya católico Johnson, se aventura Moa más allá que el inglés y patina. Lo más sorprendente, o quizás no tanto a estas alturas, es ver a la derecha chestertoniana compartir argumentos con el relativismo postmoderno, como la denuncia de la “razón insomne” por Derrida.

Borges define en algún lugar las utopías totalitarias como “simetrías con apariencia de orden”. Es decir, se trata de “falsos órdenes”, por seguir los términos de Hayek y Escohotado. En este post y el siguiente pretendo desarrollar de alguna manera esta idea, introduciendo en el debate general sobre el “ciencismo” uno si se quiere accesorio sobre la racionalidad y el carácter científico de los totalitarismos, o sobre el abismo que se abría entre sus razones instrumentales y finales.

Productos de su época, los totalitarismos nazi y comunista participaron efectivamente de una exaltación de la ciencia o, mejor, la técnica -pensemos en el prestigio del “ingeniero” como categoría social en la URSS, en aquella “patria de la electricidad” que da nombre a un relato de Andrei Platónov-, que estaba en el espíritu de los tiempos. Pero hemos de considerar si dicha exaltación fue el motor ideológico o por el contrario, una característica accesoria, una manifestación epocal. Cuando Lenin define el comunismo como “socialismo más electricidad”, ¿no está en el fondo señalando que aquel es la modalidad presente de una corriente ideológica cuyos antecedentes podemos rastrear, como Antonio Escohotado, hasta los albores mismos de la civilización? Una corriente basada, además, en rasgos de la naturaleza humana que evolucionaron en condiciones bien distintas y que suponen hoy una rémora para la comprensión de los problemas económicos.

Desde la “globalización victoriana” hasta los años treinta, el culto positivista a lo científico se extendió por todo el mundo. Por poner un ejemplo de supuesta inspiración darviniana, hallamos proyectos eugénicos no sólo en la Alemania nazi, sino antes -y hasta los años 70- en Canadá, en Australia, EEUU o Suecia, y la cuestión racial aplicada a la criminología y la política está presente en la tesis que, en el muy significativo año de 1933, presenta un joven médico chileno, Salvador Allende. Sin embargo, no todas las sociedades que recogen de una manera u otra esta moda devienen totalitarias. Luego, aunque admitamos que los totalitarismos -el nazi y el soviético, principalmente- albergan en algún grado la tendencia a magnificar la capacidad de la ciencia (cosa muy distinta, en todo caso, del fomento de su práctica independiente, o del cultivo del libre pensamiento que es su conditio sine qua non), habremos de buscar su característica distintiva en otro lado. Y nos acercaremos mucho más a encontrarla si buscamos en los elementos más hostiles a la ilustración, al libre examen, a la ciencia.

Tomemos la URSS. Sin necesidad de llegar a los extremos grotescos de un Lysenko ni a la ciencia sombría denunciada por Valentin A. Bazhanov, el proyecto bolchevique había renunciado ya de origen a la ciencia que, en principio, más debía interesarle: la económica. Si el marxismo como doctrina económica había nacido herido ya de muerte por las aportaciones de Böhm-Bawerk; si el propio Marx había virado al final hacia un irracionalismo o nihilismo disfrazado de polilogismo, ante la imposibilidad de refutar una economía política mucho más sólida de lo que en principio pensase, ¿con qué motivo tomamos at face value la pretensión comunista de representar un socialismo científico? Máxime si tenemos en cuenta otros de los elementos concurrentes en el nacimiento tanto del bolchevismo como del Estado soviético: la más que discutible, pero exitosa, teoría del imperialismo de Hobson, las tradiciones colectivistas rusas… Y quizás, por encima de todo, el carácter oportunista del liderazgo bolchevique, capaz de asumir casi cualquier factor que le mantuviese en el poder.

Tomemos, si se quiere, el milagro soviético durante la Segunda Guerra Mundial. Dicho milagro, no menos impresionante que el del Reich al que doblegó, no se produjo por artes mágicas ni en virtud de la invencible racionalidad científica del sistema, sino, y especialmente hasta la llegada del grueso de la ayuda aliada a partir del 43, detrayendo recursos (mano de obra, capital, materias primas) de sectores ajenos a la producción de guerra. Un desvío que se tradujo en hambre y privaciones sin cuento para una población ya muy castigada y cuya capacidad de sacrificio fue sin duda estimulada por la naturaleza criminal del régimen de Stalin. En cierto sentido, venció el totalitarismo que menos pudor tuvo a la hora de sacrificar a su propia población; aunque las posibilidades de Alemania estuvieron siempre muy lejos de las de la gigantesca Unión Soviética, y el Reich no tuvo tampoco mayor inconveniente en matar de agotamiento, de hambre o por medios directos, si no a los alemanes raciales, sí a los judíos y los habitantes del Grossraum ocupado en el este.

En síntesis, la pretensión de representar el despliegue de la modernidad, una fase nueva de la razón histórica alumbrada por la técnica, fue un elemento clave de la propaganda soviética y estuvo también presente en el nacimiento del fascismo, que tanto debía al socialismo. En este sentido, pocos textos ilustran mejor la tensión entre la pretendida racionalidad científica y el irracionalismo subyacente que el Manifiesto Futurista de Marinetti. Como veremos, el Tercer Reich también se apropió con cierta asiduidad de la imagen de modernidad que proporcionaba ese “culto a la técnica”. Cosa distinta es que, bajo la máscara, y más allá de la razón instrumental, el régimen nazi tuviese algo que ver con la ciencia y con el fermento intelectual donde ésta crece. La figura de Albert Speer nos ofrece un ejemplo singular de la distancia que media entre propaganda y realidad.

La razón totalitaria II. El ejemplo Speer

El Lissitzky. Cuña roja