La razón totalitaria II. El ejemplo Speer

Posted on mayo 29, 2007

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La razón totalitaria I. La patria de la electricidad

Acabábamos la entrada previa con una referencia a Albert Speer, el famoso arquitecto y ministro de armamento del Reich. Ninguna figura simboliza mejor que la suya lo que podríamos llamar el “complejo de Friné” intelectual: la negativa a reconocer que un hombre de inteligencia y talento haya podido cometer crímenes horribles o ser cómplice de ellos. Pensemos en los casos de Heidegger, Furtwängler o Jünger -aunque, como veremos, las culpas o los silencios en que incurrieron estos hombres son apenas la sombra de una sombra frente a la responsabilidad de Speer. Además, Speer fue un gran propagandista de sí mismo y supo vender, durante la guerra, la imagen de un hombre eficiente hasta el punto de obrar prodigios -el “milagro de los armamentos”-; y después, en Núremberg y en sus exitosas memorias, la de un tecnócrata brillante pero despegado tanto de la ideología como de los pormenores criminales del funcionamiento del régimen. El reciente y monumental trabajo de Adam Tooze sobre la economía nazi, del que nos ocuparemos con mayor detenimiento próximamente, dedica una porción no pequeña de sus páginas a Speer y su desempeño al frente del ministerio de armamento. Aunque Pío Moa no parece afectado por el “complejo de Friné” y sí, como señalábamos, por una desconfianza hacia la “razón insomne” que une a postmodernos y chestertonianos frente a la ilustración, el análisis que Tooze hace de Speer y del mismo esfuerzo de guerra alemán puede servirnos para despejar algunos de los mitos en torno a la racionalidad científica de los totalitarismos y, en concreto, de la experiencia nacionalsocialista.

A principios de 1942, Speer se hizo cargo del ministerio alemán de armamento tras la muerte en accidente aéreo de Fritz Todt. Previamente, se había labrado una reputación como hombre eficaz, representante de esa vertiente “científica”, de esa “simetría con apariencia de orden” que fascinó a muchos entonces y, a lo que se ve, sigue hipnotizando ahora. No es baladí que algunos de los logros más espectaculares de Speer antes del nombramiento tuvieran que ver con la escenografía y la propaganda, como los festivales de la cosecha y la puesta en escena en Núremberg de las celebraciones multitudinarias del partido -apenas el primero de sus montajes en dicha ciudad, si se nos permite la ironía. Era además, y nunca se repetirá lo bastante, un hombre de partido, con más de diez años de militancia en el NSDAP, amigo personal de Hitler “si Hitler hubiera tenido amigos”, en sus propias palabras.

Hitler y Speer

Alemania se encontraba para entonces en una situación difícil, es decir, en la única en que podía encontrarse cuando se toman las condiciones de partida: un país que comienza apenas a salir de una crisis económica terrible, que hace una apuesta estratégica sin matices por el rearme y la militarización, fuerza varias crisis internacionales y va finalmente a la guerra contra el mayor ejército continental y contra el imperio más extenso del globo, apoyados ambos de manera más o menos decidida por la nación con el mayor potencial industrial del mundo. Un país rodeado por las potencias rivales, con un déficit dramático de reservas de divisa, de mano de obra, petróleo y diversas materias primas fundamentales para el esfuerzo de guerra; carencias que le llevan a aliarse primero con la más gigantesca de dichas potencias, y a invadirla después. Como indica Tooze, ninguna de las decisiones estratégicas del Reich carecía de motivos racionales una vez embarcado en su proyecto ultranacionalista, racista y demagógico. Así, las crisis de 1938 y 39 sobrevienen cuando se acerca el punto crítico en que el rearme alemán puede empezar a ser alcanzado y sobrepasado por Gran Bretaña y Francia, no digamos por unos EEUU cada vez más beligerantes, a través del presidente Roosevelt, con el tratamiento nazi de la cuestión judía. El pacto con la URSS permite asegurar tanto la frontera este como suministros vitales, pero llega un punto en que sólo una ocupación y explotación despiadada del Grossraum europeo ofrece alguna esperanza de enfrentarse con éxito a las potencias anglosajonas. Con la brillante victoria relámpago sobre Francia aún presente, Hitler da el visto bueno a la Operación Barbarroja y el Ostheer se lanza, con la crónica falta de medios y suministros, hacia Bielorrusia, Ucrania, Leningrado y Moscú. El mínimo retraso sobre las previsiones más optimistas de avance supondrá el fracaso de la ofensiva, hasta tal punto han de estirarse las líneas de suministro y las reservas de combustible. Pese al éxito inicial, Barbarroja se detiene a las afueras de Moscú, de donde ya no pasará.

El nombramiento de Albert Speer llega en ese preciso momento. En pocos meses empieza a fraguarse el “milagro de los armamentos” que es en sí mismo un fenómeno propagandístico no menos que industrial o económico. En las salas de cine alemanas son cada vez más frecuentes los reportajes triunfalistas sobre la producción de guerra: los noticiarios muestran imágenes de fábricas gigantescas y largas cadenas de producción que simbolizan la ingenua y ambigua admiración del Reich por el fordismo, por el modelo americano de producción. Speer machaca a los cuadros del régimen y al público en general con estadísticas y gráficas cuidadosamente seleccionadas para comparar los peores momentos de la producción armamentística (1941) con el nuevo auge. Se suceden ceremonias y entregas de premios a la productividad; el ministerio de Speer y el de Goebbels están conectados por una línea directa.

Pero, ¿qué había de cierto en el “milagro”? Sigamos a Tooze (pp. 556-7):

Insistir en la función ideológica del “milagro de los armamentos” de Speer no implica en modo alguno, por supuesto, que fuera mera ilusión. Al menos hasta el verano de 1944 la retórica estadística no fue fraudulenta. La producción de armamentos creció efectivamente. De hecho, la peculiar importancia de la historia de Speer para la maquinaria propagandística reside precisamente en el hecho de que era un aspecto de las noticias que el régimen aún podía controlar. Mientras Goebbels empezaba a darse cuenta dolorosamente de la dificultad de gestionar malas noticias del frente, el esfuerzo armamentístico alemán se desarrolló en buena medida sin interferencia de los Aliados hasta al menos la primavera de 1943. (…) Se podía seguir rompiendo récords y se podían presentar nuevas armas con presteza para el cumpleaños del Führer. Cada tanque, cada avión que salía de las fábricas reiteraba el mismo argumento solipsista: mientras Alemania pudiera seguir produciendo armas de tal calidad a un ritmo cada vez mayor, su destino no estaría sellado.

El aumento en la producción de armamentos fue lo bastante real. Pero, dada la función notablemente política del “milagro de los armamentos”, el registro histórico del ministerio de Speer debe tomarse con mucha cautela. Demasiados historiadores han sido demasiado acríticos en su aceptación de la retórica de la racionalización, la eficiencia y la productividad de Speer. Un examen frío de las estadísticas indica que los aumentos logrados después de febrero de 1942 fueron mucho menos excepcionales de lo que se suele creer. El crecimiento repentino de la producción alemana de armamentos estuvo lejos de ser milagroso. Se debió a causas perfectamente naturales: esfuerzos de racionalización y reorganización que habían comenzado mucho antes de la llegada de Speer al poder; la movilización despiadada de los factores de producción; el retorno de las inversiones efectuadas al principio de la guerra; y un sacrificio deliberado de la calidad en favor de un incremento inmediato de la cantidad. Y esta no es una crítica meramente puntillosa. Va directa al corazón de la visión ideológica que Speer tenía de la economía de guerra como un flujo sin límites de producción liberada por un liderazgo enérgico y el genio tecnológico. (…) El milagro de Speer no estaba libre de restricciones. La economía de guerra alemana después de 1942 estaba limitada por los mismos compromisos fundamentales que la habían restringido desde los primeros años de la guerra. Y hacia el verano de 1943, estas restricciones, combinadas con los primeros ataques sistemáticos contra la industria alemana por los bombarderos aliados, detuvieron completamente el “milagro” de Speer. (…) No sólo se estancó la producción de armamentos, sino que la presunción fundamental de Speer se reveló como una ilusión. Con todos sus esfuerzos, Speer y sus colaboradores no podían alterar el aprieto estratégico de Alemania.

Por decirlo de una manera algo chusca, poco “ciencismo” vemos en una postura que intenta superar las leyes de la termodinámica en virtud de un voluntarismo que bebe tanto de Nietzsche y Jünger como de la mística del Volkgeist germano. Tooze de nuevo (p. 554):

[Speer] detuvo la cadena de razonamientos que llevaba de una estimación racional de la capacidad de Alemania, por medio de una comparación con el potencial militar de sus enemigos, a sugerencias “políticas” sobre la necesidad de poner fin a la guerra. Al elevar la producción de armamentos y al asegurar que la historia se contase como la de un renacimiento milagroso, Speer permitió al régimen nazi continuar la guerra, no sólo en términos prácticos, al proporcionar más equipamiento a la Wehrmacht, sino también en términos políticos, al exponer un relato propagandístico sobre la posibilidad sin límites. El milagro de los armamentos fue un ejemplo más del Triunfo de la Voluntad. El genio del liderazgo nazi combinado con la determinación férrea del pueblo alemán se sobrepondrían a cualquier adversidad.

Como veíamos en el post anterior el esfuerzo de guerra nazi, como el soviético, se explica en buena medida por una aritmética relativamente sencilla, y terrible: la falta de escrúpulos con la que cada Estado exprimió los recursos y la mano de obra a su alcance, en perjuicio siempre de la población civil del propio país, o bien de los países ocupados y las minorías. Hay que hacer notar, por otro lado, que Tooze no niega, antes al contrario, la racionalidad elemental del Reich -lo que aquí venimos llamando su “razón instrumental”- ni su capacidad para la eficiencia tecnocrática. Ahora bien, admitir que no todos los hombres del régimen eran necesariamente holgazanes con delirios de grandeza o psicópatas a la busca de griales varios no implica, sensu contrario, que el NSDAP representase el apogeo del pensamiento científico. No se trata tampoco de negarle a Alemania un capital humano indudable, cuando llevaba un siglo a la cabeza de la educación en el mundo; y sí de señalar que dicho capital y las condiciones que lo habían hecho posible no empezaron a fraguarse sino a destruirse en 1933 -como se comprueba fácilmente si se recuerda que una parte no pequeña del mismo era de origen judío. De igual manera, el potencial industrial alemán era previo y no posterior a la llegada al poder de Hitler, y su régimen estuvo marcado por un intervencionismo en el sector privado que llevó a un sistema mixto con la convivencia no siempre cómoda de los hombres del partido y los industriales -algunos, forzoso es decirlo, fervientes nacionalsocialistas- en la dirección de las empresas.

Como se ve, el ejemplo de Albert Speer demuestra hasta qué punto hay que tomar cum grano salis las retóricas de exaltación técnica y científica de los totalitarismos, incluso cuando vienen de sus hombres más brillantes. Mención aparte merecerían las teorías raciales, no digamos las tesis históricas à la Rosenberg, que obligarían a triplicar la longitud de esta ya larga entrada.

Arbeit mach frei

Y un pequeño excurso para cerrar este par de posts. Algunos, no sé si muchos, pensamos que mudarse de la izquierda y sus cercanías a la derecha liberal o conservadora no tiene por qué implicar quedarse con todo el lote del tradicionalismo, y que el necesario -y eminentemente práctico- respeto al acervo de creencias e instituciones de la sociedad no debe ser un impedimento para el ejercicio de la crítica ilustrada. Hay muchos puntos intermedios entre la actitud del jacobino y la del inquisidor. Y si, como repite Larry Arnhart desde EEUU, necesitamos un conservadurismo darviniano, la necesidad no es menos acusada en nuestro país, donde la comprensible reacción contra la ideología socialdemócrata y el izquierdismo ambiental llevan demasiado a menudo a simpatizar con los sofismas de la derecha religiosa o chestertoniana.