
Conservadurismo
Julio 15, 2007
En un país progresista el cambio es constante; y la cuestión no es si se debe resistir un cambio que es inevitable, sino si ese cambio debe llevarse a cabo con respeto de las formas, las costumbres, las leyes y las tradiciones del pueblo, o si debe llevarse a cabo con respeto de principios abstractos, y de doctrinas generales y arbitrarias.
Benjamin Disraeli
Muy cierto, y sin embargo, problemático. Porque no siempre hay consenso sobre qué dicen exactamente las “costumbres” o qué significan “las tradiciones del pueblo” -incluso en el Islam, religión aparentemente ultratradicionalista e integrista, pero con una tradición hermenéutica (hadith) que está lejos de (poder) ser inflexible -como ha mostrado Ibn Warraq muchas veces.
Un ejemplo es el del rechazo aparentemente “tradicionalista” y conservador de la investigación celular, cuando resulta que sus fundamentos son más helenos (dualismo órfico-oriental) que propiamente cristianos (monismo judeocristiano).
Creo que la clave en esto, como en muchos asuntos de los que debatimos últimamente, es hacer una interpretación prudencial y no generalizadora o abstracta. Tengo claro que lo que vale para la Inglaterra del XIX no vale necesariamente para Afganistán, Iraq o incluso Rusia; y habrá incluso lugares en que sean preferibles diez o veinte años de jacobinismo antes que seguir igual. Yo interpreto la cita como la recomendación de sospechar del constructivismo social se vista del color que se vista, un buen punto de partida para definir el “conservadurismo” como opuesto tanto al “progresismo” como al “tradicionalismo” -que a menudo es mera construcción melancólica-; y por eso la he traído. Si tomamos el trasfondo del siglo de Disraeli, se puede ver como la primera visión corresponde con la “revolución” americana y la segunda, con la revolución francesa -o, añadiríamos nosotros, la rusa. Todo esto de manera muy general, claro, porque los elementos constructivistas no están completamente ausentes en la primera, ni las tradiciones nacionales en las otras. Así que, lo dicho, más phrónesis y menos fórmulas mágicas.
Sobre la disyuntiva novedad-tradición en el islam, es un asunto interesante y complejo. Desde luego, en el yihadismo hay no pocos elementos modernos y postmodernos, y buena parte de ellos venidos de occidente. Aunque esto no haya que interpretarlo en el sentido de quienes quieren absolver al islam de cualquier culpa en su génesis. Hay un libro bastante aprovechable de Buruma, Occidentalism.
En cuanto al “problema” de las células-madre, no creo que se trate siquiera de una cuestión de tradición, sino precisamente de su ausencia, en la medida en que no ha habido tiempo de formarse una en torno a un asunto “nuevo”; y lo que hay son reacciones instintivas o incluso “de grupo”, de “cierre de filas”, ante la falta de referencias sólidas. Por cierto que esto no es patrimonio de la derecha tradicionalista, ni siquiera de la Iglesia, y véase si no el nivel de “animismo celular” al que llega la izquierda postmoderna con el asunto de los transgénicos.
En el caso de las células madres, yo si creo que se trata de un problema específico con la tradición, o con interpretaciones de la tradición.
Como le respondía a Snipfer, no se me ocurre ninguna justificación sólida para el “enfoque geneticista” (es decir, la teoría de la persona basada en la “individualidad genética”) salvo como secularización de la teoría del alma (el fantasma).
La reacción es instintiva y grupal hasta cierto punto, y sirve para amplificar la división entre “progresistas” y “conservadores”; pero existe una indudable coherencia “tradicional” entre defender que el alma penetra en el cuerpo en el momento de la concepción y la idea de que el cigoto es una recapitulación de la esencia personal, aunque sea a la manera de “potencia” (de hecho, el mismo lenguaje biológico está impregnado de metafísica aristotélica: se habla de “células totipotenciales”). Por lo menos, si la bioética religiosa toma partido por el dualismo animista (“evolución material” vs “evolución anínica”, para decirlo con el anterior Papa), que acaso no es la única opción disponible.
De todos modos, estoy de acuerdo con el principio de Disraeli, y es un buen antítodo contra el “eticismo” progresista (en el que caen de lleno los ancap, pese a, o quizás a causa de su iusnaturalismo). El problema es que siempre cabe esperar que semejante “respeto de las formas, las costumbres, las leyes y las tradiciones del pueblo” se presta a interpretaciones diferentes. Precisamente por la “variabilidad memética” de tradiciones. ¿Qué tradiciones habrá, finalmente, que respetar?
“…no se me ocurre ninguna justificación sólida para el “enfoque geneticista” (es decir, la teoría de la persona basada en la “individualidad genética”) salvo como secularización de la teoría del alma (el fantasma)”.
Vamos, como si un tío con mi ADN y criado en una cámara de privación sensorial y yo fuésemos la misma persona. Ahora que lo mencionas, me choca que sean precisamente quienes hablan -lo sepan o no, que ésa es otra- de esta “esencia personal genética” los que luego se aprestan a darse golpes en el pecho a cuenta del libre albedrío y la libertad y dignidad esenciales del hombre. Estaba pensando en el artículo de LD de la semana pasada sobre Hobbes y ZP.
Con lo de que no hay tradición en torno a las células me refería a que no ha habido tiempo de una decantación, de un acomodo entre principios abstractos y realidad, como en el caso de la depuración del pobrismo y el pacifismo fundamentalista de la Iglesia primitiva. Da la sensación de que, precisamente por eso, están tirando, como dices, de teorías formadas para casos distintos.
“¿Qué tradiciones habrá, finalmente, que respetar?” Ya sé que es como no decir nada, pero las que la prudencia y la experiencia histórica dicten. El sentido de la recomendación, tal como yo lo veo, es que la política no actúe sobre el vacío o ni sobre materiales “sintéticos”, sino sobre los que proporciona la historia (evolutiva) de las sociedades.