Martin Heidegger, Blut und Boden

Publicado en julio 31, 2007

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Heidegger

Guste o no, la figura de Martin Heidegger se alza en mitad del siglo XX y es clave para entender el pensamiento -o lo que ha pasado por tal- europeo de la segunda posguerra para acá. Por más que sus vínculos con el nazismo hayan sido más que tangenciales -quizás, incluso por ello mismo-; y por más que maliciemos, parafraseando la vieja censura borgeana, que su obra pertenece más a la historia de la filosofía que a la filosofía propiamente dicha.

En cuanto a lo primero, es cierto que no se puede despachar automáticamente la obra de Heidegger por la mera adscripción de este al nazismo. Salvo, claro está, que no existe tal cosa como una mera adscripción al nazismo, y menos para el primer filósofo de Alemania. Es decir, que ésta no resultó de una elección vital arbitraria y ajena por completo a su pensamiento; muy al contrario, la coincidencia en las fuentes (Maestro Eckhart, irracionalismo romántico, antisemitismo articulado, banalidades völkisch y orientalizantes, Hölderlin, Benn, Schopenhauer, Nietzsche…) y en los temas casi determinaba, como en el caso de otros intelectuales germanos del momento (Spengler, Jünger, Schmitt, Frobenius, Jung…), que la relación con el nacionalsocialismo iba a darse en algún grado [1]. Esta relación ha marcado fatalmente la apreciación de Heidegger ya desde la inmediata posguerra en Francia, y ha sobrevolado -ya fuera explícitamente o por su estrepitosa omisión- cuantos debates en torno al filósofo se han producido. Un argumento frecuente de “la defensa”, cuando no se empeña directamente en negar lo innegable, es la irrelevancia del dato biográfico, incluso de uno tan rotundo, para la solidez y coherencia del edificio filosófico [2]. Pero como señala Sebreli (El olvido de la razón, pp. 125-6),

Es verdad que muchos grandes artistas se adhirieron al nazismo -músicos como Richard Strauss, Wilhelm Furtwangler, Walter Giesekind o Elizabeth Schwarzkopf-, y aunque el hecho suscite el más reprobable juicio ético, en estos casos la ideología no dejó su impronta sobre el arte y éste conservó intacto su valor. La ejecución de los preludios de Debussy no desmejoró porque el pianista Giesekind fuera nazi.

Un filósofo, en cambio, no tenía la posibilidad de escindir su compromiso político de su pensamiento, sobre todo tratándose de Heidegger, cuyos temas fundamentales eran la relación entre el hombre y el mundo, la normativa sobre el comportamiento humano y la calificación del mismo en “auténtico” e “inauténtico”.

Hacia los años cincuenta Heidegger reconocía, en una carta a Jaspers, que “soñó” políticamente y que por eso se equivocó. El error estaba, sin embargo, como ha señalado Safranski, en “soñar filosóficamente” o , mejor aún, en hacer una política imaginaria, pensada desde una óptica exclusivamente filosófica que ignoraba los hechos reales y desconocía la especificidad de lo político.

No está en absoluto claro que podamos trazar una divisoria nítida entre el compromiso político y la obra de un filósofo, más aún cuando hablamos de un filósofo de la existencia y de una doctrina con una vocación de totalidad tan clara como el nacionalsocialismo. ¿Algún compromiso político es independiente de la concepción del mundo de quien lo sostiene? ¿Cabría justificar el nazismo de Heidegger si hubiera sido -que no lo fue- un mero subterfugio para salvar la cátedra? ¿No será más bien que aquel hunde sus raíces en el mismo esoterismo antiliberal y antiilustrado de su pensamiento?

Heidegger y el Boden

Pocos temas le son más caros a Heidegger que el de la tierra. El suelo (Boden) representa la raíz frente a lo móvil, lo particular frente a lo universal, lo esencial y eterno frente a lo accesorio y transitorio, el tiempo cíclico frente al progreso o la evolución; la religión telúrica de la tribu o la natio frente al credo universalista o la simple increencia; y como veremos más adelante, la autarquía frente al comercio, Behemoth frente a Leviatán. También la renuncia a la polis: Heidegger, como buen romántico, prefirió siempre, siquiera como elección estética, la montaña y el bosque. Es bien sabido que su cabaña de la Selva Negra albergaba los encuentros con Hannah Arendt, si bien conservó su casa burguesa de Friburgo, donde aguardaba su esposa. Y, en un gesto grotesco, acudía a la universidad en traje tirolés, afectando una llaneza de campesino que, en su piel, se convertía en puro narcisismo. Por lo demás, el motivo es recurrente en la filosofía alemana de la época y desde el romanticismo: cuando, tras la guerra, Jünger -distinto, en cualquier caso, del rector en bombachos- formule su teoría de la resistencia, recurrirá a una antigua figura germánica y convertirá al Anarca en el Waldganger, esto es, el que marcha al bosque tras entrar en conflicto con la sociedad.

Heidegger

En El olvido de la razón, Sebreli anota no menos de nueve instancias en las que Heidegger se refiere a la tierra en términos coordenables con el nazismo y sus ideologías nutricias; buena parte de ellas con la precisa formulación Blut und Boden (“Sangre y tierra”) que veremos asociada al nacionalsocialismo agrario (énfasis mío):

…el mundo espiritual de un pueblo no es la superestructura de una cultura ni tampoco un arsenal de conocimientos y valores utilizables, sino que es el poder de conservación más profundo de sus fuerzas de tierra y de sangre, en tanto que poder de emoción más íntimo y poder de estremecimiento más vasto de su existencia (p. 106, “La autoafirmación de la universidad alemana”).

Cada pueblo encuentra la garantía primera de su autenticidad y su grandeza en la sangre, el suelo y el crecimiento corporal (pp. 107-8, discurso en el Instituto de Anatomía Patológica).

…el fin de la filosofía… un pensamiento privado de suelo y de potencia (p. 109, “La universidad en el Estado nacionalsocialista”).

…se alejó de la visión del hombre en su enraizamiento histórico y tradición popular de su origen de la sangre y el suelo (p. 109, petición de expulsión del profesor de filosofía Richard Hönigwald).

Tal servicio procura la experiencia de base de la dureza, de la proximidad del suelo y de los útiles, del rigor y de la severidad del trabajo físico más simple y de esa manera lo más esencial en el seno del grupo (p. 110, “El llamado al servicio de trabajo”).

Desde mayo de 1934 hasta 1936, formó parte de una comisión de filosofía del derecho que encontraría los fundamentos del nuevo derecho alemán en entidades como “raza, caudillo, sangre, autoridad, fe , suelo, defensa, idealismo” (p. 114).

Estamos ante la alternativa de, o bien dar a nuestra vida espiritual alemana fuerzas y educadores verdaderamente enraizados en nuestro suelo, o dejarla abandonada a la creciente judaización en el sentido amplio y en el sentido estricto del término (p. 121, carta a Victor Schwoerer del 2 de octubre de 1929).

Heidegger estaba contra cierto tipo de biologismo darwinista, al que llamaba “biologismo liberal” o “liberalismo biológico”, de origen anglosajón, y al que contraponía una “nueva biología” aria, la de Jacob von Uexküll, basada en el enraizamiento con la tierra (p. 124).

En una conferencia de 1927, “El combate presente por una visión del mundo histórico”, sustituía el pensamiento de Descartes -centrado en el yo- por otro que encontraba fundamento en el suelo (Boden) y permitía pensar al individuo, no ya como una conciencia, sino como una parte de la comunidad nacional (p. 126).

En definitiva, la tierra, el suelo, eran para Heidegger sede y repositorio de esa “autenticidad” que es clave de su pensamiento. Una autenticidad amenazada tanto por la “globalización” liberal angloprotestante como por la comunista soviética. Signo del carácter escindido, esquizoide, de las obsesiones por salvaguardar lo que podríamos llamar “núcleos de autenticidad” -ya se trate del binomio Volk/Boden en la Alemania de principios del siglo XX o de las culturas primitivas en nuestros días-, es que dichos núcleos, pese gozar de la consideración de esenciales, de necesarios, están permanentemente amenazados, siempre a las puertas de la desaparición. Cabría preguntarse de dónde se deduce el carácter necesario de lo que, para perpetuarse, precisa a la vez de algo tan volátil como el empeño humano y de algo tan imposible como detener el tiempo.

En este sentido, la obsesión de Heidegger con la tierra, con el Boden representa algo más, o algo menos, que una intuición metafísica o una metáfora de indudable potencia: es, como veremos, la formulación ideológica del hambre de tierra de la Alemania campesina, de esa supuesta Alemania esencial de la que, como él mismo siempre alardeó, provenía el escritor; y la constatación de su renuncia al cosmopolitismo, a la movilidad, al comercio, entendidos -no del todo injustificadamente- como vectores de la disolución cultural y nacional. Por supuesto, está por ver qué valor pueda tener esto desde el punto de vista de una filosofía que merezca tal nombre, es decir, de un pensamiento ilustrado, universalista, comunicable.

Blut und Boden, el nazismo agrario

Una de las facetas del régimen nazi menos conocidas del público, quizás porque una cierta tradición historiográfica y cultural de filiación izquierdista ha preferido acentuar sus vínculos con la industria y el gran capital, es su vertiente agraria. Y, sin embargo, tal vez sea una de las ventanas por las que mejor se atisba la verdadera magnitud del experimento nacionalsocialista. Si el horror de Auschwitz está ligado para siempre a la apropiación de la gran industria alemana por el esfuerzo de guerra nazi, el agrarismo del régimen tiene un vínculo directo con el monstruoso -y abortado, o más bien ahogado en sangre- proyecto de colonización del Lebensraum euroasiático (Generalplan Ost), que preveía la aniquilación física de alrededor de 50 millones de personas (fundamentalmente eslavos orientales y judíos) y el desplazamiento y la servidumbre de incontables más. El agrarismo nazi tenía al menos dos pilares: por un lado, una tradición ideológica que desde el romanticismo y las guerras de liberación contra Bonaparte había establecido la vinculación mística entre el Volk alemán y la tierra, y que, pasando por la exaltación de la naturaleza y el terruño de los Wandervogel y el movimiento völkisch, desembocaba en la formulación hitleriana del Lebensraum. Por otro, el muy real dilema de acomodar a la población campesina alemana, cuya ratio respecto a la tierra disponible era singularmente peor que, por ejemplo, la de otro país aún masivamente agrícola como Francia, no digamos de los Estados Unidos o el Imperio Británico en su conjunto; y, desde el punto de vista del partido, satisfacer los intereses y las demandas de un sector vital en el ascenso del NSDAP. Además, como señala Adam Tooze, la población alemana guardaba un vivo recuerdo de las privaciones ocasionadas por el bloqueo anglo-francés durante la Gran Guerra, lo que hizo de la provisión de alimentos y materias primas una obsesión personal de Hitler. Tooze (The wages of destruction):

El agrarismo nazi, con su florida y racista retórica de la sangre y el suelo y sus ideas grandilocuentes sobre el futuro del campesino alemán , no era una pátina de atavismo en un régimen industrial moderno. El nazismo, tanto como ideología cuanto como movimiento de masas, era el producto de una sociedad aún en transición. (p. 168)

En Alemania en los años 30, la vida campesina glorificada por los agraristas nazis no era una fantasía arcaica. Los ideólogos agrarios apelaban a una realidad social masiva. Aunque es común considerar a la economía alemana de principios del siglo XX como un competidor global moderno, dinámico, de vanguardia, hasta los años 50 una minoría sustancial de la población alemana seguía ganándose la vida a duras penas de la tierra, en muchos casos en condiciones de extraordinario atraso. El censo de 1933 contabilizaba no menos de 9.342.000 personas que trabajaban en la agricultura, casi un 29% del total de la mano de obra. (p. 167)

Las figuras de Walther Darré y Herbert Backe son claves para entender la dimensión y el desarrollo de la vertiente agraria del nazismo; y quizás no sea baladí, desde el punto de vista de la obsesión por la tierra, que ambos -como Rosenberg o el propio Hitler, por otra parte- hubieran nacido fuera de los límites de Alemania, tan lejos como Argentina y -un nombre premonitorio- Georgia. Darré, agrónomo ya popular como ideólogo de la derecha ultranacionalista -en una línea no muy lejana a las fantasías de Rosenberg-, se afilió al NSDAP en 1930, tras conocer a Hitler, y fue el responsable de la infiltración en el movimiento campesino, hasta entonces dominado por los intereses Junker. Las distritos agrícolas del norte y el este de Alemania serían de los pocos en conceder mayoría absoluta a los nazis en 1933.

Blut und Boden

Dennis Rudolph, Blut und Boden

El lema fundamental del nazismo agrario, Blut und Boden, venía a reflejar la esencia de dicha ideología: el vínculo místico entre el Volk y la tierra, no sólo la que ocupaba en la época guillermina o en el Sacro Imperio, sino la vasta llanura euroasiática hasta los Urales que se consideraba el Lebensraum natural del pueblo alemán y del que, según Darré, había sido expulsado por hordas de nómadas -en contraposición a los germanos cultivadores de la tierra- asiáticos. En este sentido, el Generalplan Ost no sería sino la culminación del Drang nach Osten que durante siglos había llevado a los alemanes a colonizar el Este tanto hacia el Báltico como siguiendo el curso del Danubio [3]. El diseño del plan, inspirado por Himmler, se encargó a la oficina de Reinhardt Heydrich -que se ocupaba a la vez del trazado de la Solución Final- y, posteriormente, al profesor Konrad Meyer, que le dio su formulación definitiva. Consistía básicamente en la colonización de las tierras entre el Oder y los Urales por alemanes racialmente puros, que habría de culminarse en dos fases: Kleine Planung (“Plan pequeño”), durante la guerra, y Grosse Planung (“Gran plan”), en la posguerra y hasta 30 años. Las poblaciones eslavas y judías serían exterminadas o desplazadas a su vez hacia el este -lo que, dadas las condiciones, equivaldría en muchos casos al exterminio-, salvo un remanente de individuos asimilables a la raza alemana, así como contingentes de trabajadores que serían empleados como mano de obra servil. Estos Untermensch vivirían en núcleos segregados de los colonos alemanes. A su culminación, el Generalplan Ost habría establecido a unos seis millones de alemanes como propietarios de tierra en el Lebensraum.

Un enemigo del comercio: sangre, tierra y antisemitismo

Algo más para cerrar un círculo. La ideología del Boden, ya fuera la pedestre de Darré o la esotérica de Heidegger, no era sólo la expresión de los prejuicios, las aspiraciones y las angustias de una porción significativa de alemanes en un momento histórico dado. Puede interpretarse también como modalidad de una tradición ideológica más amplia y transversal que identifica la posesión y el cultivo de la tierra con los valores más nobles y auténticos; y que desconfía, condena o desprecia -ese desprecio teñido de envidia que es una de las pulsiones humanas más mezquinas- las profesiones o comunidades asociadas a la riqueza mueble, al comercio, a las técnicas financieras, etc. En una declaración en la que -él, que tanto le debía a sus traductores- negaba absolutamente la posibilidad de la traducción, Heidegger mostró explícitamente este desprecio cuando afirmó que “sólo las cartas comerciales pueden traducirse”. A contrario, estas palabras representan una buena apreciación de cuál es el verdadero valor de la filosofía heideggeriana desde un punto de vista universalista.

Dado que los judíos han sido tradicionalmente la comunidad a la que con mayor frecuencia se ha achacado esta carencia de raíz, el antisemitismo es una función del complejo ideológico al que nos referimos -sin perjuicio de que la caracterización del judío como usurero o errante sea un reduccionismo extremo; lo que aquí cuenta son las percepciones antes que los hechos. Por ello, es interesante constatar el antisemitismo de Heidegger en cuanto confirma que su adscripción al nacionalsocialismo se produjo más por confluencia que por conveniencia o coacción. Ya hemos visto en qué términos se refería a la “judaización” de Alemania en 1929. No se trató de una explosión aislada, y se puede apuntar algún ejemplo más significativo aún, como el abandono de su maestro y antiguo amigo Husserl; una demostración de que, si Heidegger no compartía hasta sus últimas consecuencias el tratamiento nacionalsocialista de la “cuestión judía”, le opuso poca o ninguna resistencia y tendió, en todo caso, a entenderlo.

Cabe también recordar el desprecio de Heidegger por el modelo liberal-burgués anglosajón, con su tecnificación y despersonalización de la vida, y su alejamiento del suelo. No es difícil escuchar el eco de aquel England Krämer-Nation (“Inglaterra, nación de tenderos”) que era ya un lema corriente en Alemania en vísperas de la Gran Guerra -y que, paradójicamente, parece proceder de Adam Smith a través de Napoleón. Pues bien, tampoco dejó de compartir con los nazis el confuso lugar común de enjaretarle a los judíos la culpa última tanto del liberalismo como del bolchevismo. El fragmento citado por Sebreli no puede ser más sintomático de la total falta de claridad de su pensamiento:

…el bolchevismo es originariamente una posibilidad occidental europea: el ascenso de las masas, la industria, la técnica, la extinción del cristianismo pero en tanto el dominio racional como equiparación de todos es sólo la consecuencia del cristianismo y éste es en el fondo de origen judío (cf. el pensamiento de Nietzsche acerca de la sublevación esclava de la moral) el bolchevismo es de hecho judío ¡pero entonces también el cristianismo es en el fondo bolchevique! ¿Y qué decisiones se hacen necesarias a partir de aquí? (p. 123)

Una vocación de verdad más resuelta no hubiera sido un mal comienzo.

Heidegger

Notas

[1] En este sentido, Juan José Sebreli (El olvido de la razón, p. 125) cita el testimonio de dos discípulos, Pöggeler y Marcuse:

¿No fue una determinada orientación de su pensamiento lo que hizo que Heidegger -y no por casualidad- viniera a dar en las proximidades del nacionalsocialismo y que después nunca lograra en realidad escapar de esa proximidad? (P.)

El filósofo de 1933-1934 no puede ser por completo diferente al que era antes de 1933, y mucho menos porque expresabas y basabas tu justificación entusiasta del Estado nazi en términos filosóficos (M. en carta a Heidegger de 1947).

En relación con el reproche de Marcuse, el lenguaje de Heidegger en sus actos oficiales como rector o ideólogo del nacionalsocialismo estaba trufado de las mismas oscuras fórmulas (Ser, ente, esencia, auténtico/inauténtico…) que sus obras filosóficas.

[2] Hará 20 años, en TVE, un Antonio Escohotado con ganas de épater sostenía que la relación que el nazismo de Heidegger guardaba con su filosofía era pareja a la de la fimosis estrangulada de Newton con la Gravitación Universal. Fernando Savater le reconvino muy pertinentemente. En honor a la verdad, la apreciación de Escohotado ha variado desde aquellos días y los de El espíritu de la comedia -en el que defendía al pensador alemán, bien es cierto que contra Sartre y contra el mismo Savater-, y en Sesenta semanas en el trópico expresa ya los juicios más acerbos sobre el arbitrario y frívolo esoterismo heideggeriano:

Tiene gracia que un académico relamido como Heidegger fuese a la vez un rústico de aspecto y gustos, afiliado precozmente al partido nazi y -andando el tiempo- gran pope del fundamentalismo ecologista. Combinaba no haberse quitado el pelo de la dehesa con el más cortesano intelectualismo, y declaraba sistemáticamente que sus escritos sólo podían entenderse asistiendo de modo asiduo a sus seminarios. Los demás filósofos han tenido la gentileza de no declararse ininterpretables sin catequesis personalizada, y Heidegger debió aclarar por qué su filosofía requería cosa distinta de un análisis textual. Partiendo de arbitrariedades semejantes no es de extrañar que su combinado de arcaísmo e intelectualismo desembocara en el binomio auténtico/inauténtico, cuyo valor epistemológico no mejora la ruda distinción entre verdadero y falso (pp. 274-5).

[3] Lejos de alcanzar esta realización, la guerra en el Este supuso, tras Potsdam, el fin de las poblaciones alemanas que se habían ido constituyendo con el desarrollo secular del Drang nach Osten.