
Majorana tenía lo que ningún otro tiene en el mundo; por desgracia, le faltaba lo que, en cambio, se encuentra habitualmente en el resto de los hombres: el simple sentido común.
E. Fermi
El 27 de marzo de 1938, el físico italiano Ettore Majorana desapareció durante la travesía de Palermo a Nápoles, y nunca más se supo de él. Coetáneo más que discípulo de Enrico Fermi, Majorana había estudiado también en Leipzig con Werner Heisenberg y era, a decir de quienes conocieron su trabajo y su personalidad, uno de los científicos más prometedores del mundo.
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En 1975, otro siciliano, Leonardo Sciascia, publicó La scomparsa di Majorana. El libro es un relato pormenorizado de las circunstancias que rodearon la desaparición del físico, un recorrido por las hipótesis en torno a la misma y un retrato oblicuo de la Italia fascista, en la que la empresa científica se entendía naturalmente subordinada a la nacional. Para Sciascia, la idea del suicidio es débil frente a las hipótesis que sugieren una desaparición voluntaria y motivada, bien por el carácter huraño -scontroso- de Majorana y su rechazo de la labor docente, bien por su negativa a convertirse en peón del juego atómico en una potencia fascista.
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Respecto a esto último, La scomparsa di Majorana recoge un diálogo de una comedia de Brancati muy significativo del verdadero papel de la ciencia, o de una idea peculiar de la ciencia, en los totalitarismos:
-¡En Etiopía se ha muerto una vaca!
-¿Una vaca? ¿En Etiopía? ¿Y qué tiene de extraño?
-¡Es que hay que ver por qué se ha muerto y de qué se ha muerto!
-¿Y por qué se ha muerto?
-Porque Marconi ha experimentado en Etiopía con un rayo de la muerte que mata sin compasión todos los animales y los hombres que se encuentra en su camino.
-Ah, ¿sí? ¡Pues ahora sí que vamos bien!
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La scomparsa di Majorana desliza también la idea de que el programa nuclear era inicuo per se, independientemente de que lo culminasen los alemanes o, como fue el caso, los americanos. La idea se inserta en ese sentimiento antinuclear de la guerra fría que se corresponde tanto con un vago pacifismo humanista -ese pacifismo circular que no quiere pensar más allá de su propia formulación- como con una insuficiente apreciación de los riesgos del totalitarismo soviético. Se diría que Sciascia ha proyectado la equidistancia EEUU-URSS sobre el conflicto anterior; pero si la primera estaba ya errada, la segunda cabría calificarla casi de criminal a la vista de la ejecutoria nacionalsocialista y de la abundancia de datos sobre la misma en el momento de publicarse la novela. Escribir, como escribe el siciliano, que las instalaciones de Los Álamos eran la imagen especular -siempre la tentación de las simetrías- de los läger nazis es banalizar los campos muerte y volver a sacrificar a sus víctimas en el altar de un humanismo inconsecuente y frívolo.
De hecho, el propio Sciascia reconoce que quienes más sabían del asunto descartaron que Majorana estuviera en el camino de la bomba atómica, o que pudiera pensar en ella siquiera. Pero la tentación de convertir la desaparición de Majorana en una elección moral es, a posteriori, demasiado fuerte. Y esta es quizás la mayor debilidad de la novela: presentar, siquiera tentativamente, a Ettore Majorana como un pacifista nuclear avant la lettre, el primero de todos. Pero, ¿no fueron los verdaderos héroes -en el más puro sentido etimológico- los hombres de Los Álamos?
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Con todo, La scomparsa di Majorana presenta las virtudes habituales de Sciascia: la concisión, la distancia crítica y a veces un punto irónica con lo narrado, la ausencia de ensimismamiento pese a lo concentrado, casi obsesivo del tema, la sensación inquietante de que algo queda por contar, o por leer… Y un aire típicamente italiano de intelectualidad desvencijada, desvalida, cutre, que se agradece frente a, digamos, los énfasis franco-germanos.
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Las pesquisas para encontrar a Majorana, o su cadáver, recibieron la atención de altos cargos del régimen y del propio Mussolini. Entre los primeros, el filósofo y ministro de educación Giovanni Gentile, cuyo hijo había publicado alguna monografía junto a Majorana. Al regreso de Leipzig, Majorana se presentó inesperadamente al concurso para la cátedra de Física Teórica en Roma, al que también concurría Gentile hijo. La elección se suspendió, y Sciascia especula con que la oferta de la plaza en Nápoles, extraordinaria y por méritos especiales, se debiera a la necesidad de allanarle el camino al joven Gentile quitando de en medio al competidor más brillante. Y con que la plaza de Nápoles, la obligación de afrontar una vida de enseñanza y de chalaneo universitario, hubiesen precipitado la decisión de desaparecer.
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En los años de postguerra, corrió con alguna frecuencia el rumor de que se había visto a Majorana en Sudamérica, en Argentina. Era como la versión amable, fantástica, de los relatos sobre nazis fugados al Cono Sur. También periódicamente algún barbone asumía, o le colgaban, la identidad del desaparecido. Tommaso Lipari, un vagabundo de Mazzara del Vallo (Sicilia), muerto el 9 de julio de 1973, tenía al parecer conocimientos extraordinarios de física y matemáticas. Su caso fue estudiado por el juez Borsellino -asesinado por la mafia en 1992-, quien desestimó la identificación.
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Hacia 1945, en una cartuja siciliana, uno de los monjes le confió al periodista Vittorio Nisticò que entre aquellos muros vivía un gran científico. Años después, una tarde de charla en torno a Majorana en Palermo, Nisticò le relató a Sciascia aquel encuentro, y añadió el rumor nunca confirmado de que en la misma precisa cartuja se había ocultado, quizás se ocultase aún, uno de los hombres que arrojaron la bomba atómica sobre Hiroshima. Tras los pasos de las dos sombras, el científico y el aviador, Sciascia visitó la cartuja. El prior negó que hubiese ningún americano en el monasterio, aunque había habido uno quizás hacía dos años. Tampoco ningún científico, añadió sin esperar la pregunta. Ma se uno fosse stato “prima” scienzato, “prima” scrittore o pittore? El prior sonrió y Sciascia no quiso hacer más preguntas.
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En 1989, Franco Battiato, también siciliano de Jonia (Catania), incluyó en su canción Mesopotamia la siguiente estrofa:
Mi piacciono le scelte radicali
la morte consapevole que si autoimpose Socrate
e la scomparsa misteriosa e unica di Majorana
la vita cinica ed interessante di Landolfi
opposto ma vicino a un monaco birmano
o la misantropia celeste in Benedetti Michelangeli.
[Me gustan las elecciones radicales
la muerte consciente que se impuso Sócrates
y la desaparición misteriosa y única de Majorana
la vida cínica e interesante de Landolfi
opuesto pero cerca de un monje birmano
o la misantropía celeste en Benedetti-Michelangeli]


peggy
Septiembre 20, 2007
Vaya historia mas novelesca , la desconocia ….pero seria un buen refugio del mundo esconderse en una cartuja
J
Septiembre 21, 2007
Se me ha olvidado decir que el libro, si no me equivoco, lo acaba de reeditar Tusquets en español. Aunque me temo que ya os he contado el final…