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José Guadalupe Posada, Banquete.
[Por una vez, debido a unos -desafortunados- comentarios de Gregorio y Eduardo, y sin que sirva de precedente, me permito recuperar un cuento que escribí hace ya unos cuantos años. El buen lector entenderá por qué.]
* * *
Hay que reconocer que fue difícil prepararlo todo porque, como se comprenderá, hubo que hacerlo con la mayor discreción. A mí me han desagradado siempre estos trámites funerarios, aunque se revistan de un barniz de celebración o conmemoración; o precisamente me desagradan más cuando se revisten de este barniz, pero qué va uno a hacer en una situación así, claro. Me había invitado él mismo, y la propia viuda me repitió la invitación, poco menos que una exigencia, un par de días antes de la cena, cuando sucedió; yo me ofrecí a ir a verlo, pero ella me dijo que ya no era necesario, que ya no había nada que hacer, y yo pensé sí, ya no hay nada que hacer, y esa frase hecha adquirió de repente una certeza extraña, no había nada que hacer. Así que cuando fui, al día siguiente, ya estaba muerto, un médico de su confianza había extendido el certificado de defunción; y entonces sí había algo que hacer, y hubo que hacerlo a toda prisa.
Éramos apenas la viuda, el médico y yo, porque él no quería extraños de por medio, cosa lógica, y para evitar problemas. Hubo que enviar a los niños con los abuelos y dar el día libre al servicio. Íbamos de aquí para allá entre el comedor, la cocina y la bodega, preparando la cena, buscando los vinos, arreglando la decoración. La viuda ya se había encargado de avisar a los pocos invitados, escogidos por él mismo. Hubo disputas en cuanto a la música apropiada -o si era apropiado poner música- porque, según parecía, no había dejado instrucciones precisas al respecto. Siempre me pareció que tenía una sensibilidad más visual que auditiva, y no me extrañaría que no hubiera pensado en absoluto en esta cuestión. La viuda, incomprensiblemente, optaba por unos recopilatorios de clásica que me parecían de lo más arbitrario e indigesto; al final conseguimos llegar a un consenso. Sobre lo que sí había sido tajante era respecto a la decoración del comedor: quería que colgásemos determinados cuadros -como el que presidía su dormitorio, un rothko que él tenía por la joya de su colección- frente a la mesa donde se iba a celebrar la cena; y también que amontonásemos muestras de sus varios coleccionismos en la sala. Desde luego, fue imposible meter los Jaguar y los Lancia en la casa, aunque imagino que a él le hubiese gustado. Creo que fue todo un detalle por su parte no pedir que se degollase a los criados y que se echase a la viuda al fuego.
Obvio es decir que él mismo había fijado el menú y había hecho una cuidadosa selección de vinos. Reservó para el plato fuerte un Château-Lafite que me costó un buen rato encontrar entre los cientos de botellas de la bodega. Recordé en cuántas ocasiones había bajado allí con él, y el gesto de satisfacción con el que me iba enseñando sus últimas adquisiciones; él se quedaba alguna botella que bebíamos luego, sentados en el salón o al borde de la piscina, mientras me hablaba interminablemente del mercado del arte, de alguno de sus coches o de su última querida.
Pasé la noche en la casa, en una de tantas habitaciones vacías, frente a un hockney no figurativo que me resultaba, no sé por qué, más bien inquietante. No dormí bien: se me había metido en la cabeza la idea del envenenamiento. Por la mañana seguimos con los preparativos mientras iban llegando los invitados. Eran pocos y, como creo haber dicho ya, escogidos por él mismo. Un par de amigos con los que solía jugar al tenis; un cirujano plástico que, para incomodidad general, se trajo a su esposa; un marchante o galerista; y el abogado que arregló los aspectos legales del asunto. Saludé a los que ya conocía, y la viuda me presentó apresuradamente a los otros. Luego les ofreció una comida ligera y los mandó a paseo; a dar un paseo por la finca, quiero decir, para que no anduvieran estorbando en la casa.
Hacia las siete de la tarde habíamos terminado. Fui a mi cuarto a ducharme y cambiarme de ropa, y cuando bajé ya estaban todos reunidos charlando, fumando y tomando un aperitivo. Me serví una copa y traté de mezclarme en la conversación, pero no conseguía relajarme. Seguía obsesionado con la idea del veneno, y también empecé a pensar en el mal de Creutzfeld-Jacob y en cierto artículo sobre una tribu de Nueva Guinea que había leído hacía tiempo, y en la peculiar alimentación de los caballos campeones del circo romano. Nos sentamos al fin a la mesa, sin orden particular salvo que la viuda, como era lógico, presidía. Sin embargo, a falta de criados, se pasaba más tiempo sirviendo que sentada, y tuvimos que levantarnos por turnos para ayudarla a pesar de sus protestas.
No probé apenas bocado de los entremeses ni del primer plato, pensando en reservar el poco apetito que tenía para el plato principal; pero sí bebí, quizás demasiado, intentando encontrar algo de aplomo o de determinación en una suave borrachera. Los vinos eran excelentes, y tengo un recuerdo de la cena más bien vago: la conversación banal que intentaba evitar cualquier sentimentalismo, el sabor dulce del guiso de carne -una receta que él había escogido, por supuesto-, la inconveniente ocurrencia que alguien tuvo de poner un disco de Jelly Roll Morton. No se sirvió postre por expreso deseo del difunto, y creo que nadie lo echó de menos; el postre, quiero decir. Supongo que él prefirió que nos quedásemos con el sabor del estofado. Yo me había aflojado para entonces el nudo de la corbata, y estaba muy ocupado fumando y bebiendo oporto y tratando de no pensar en nada concreto. Entonces la viuda me pidió que, en calidad de hombre de letras, dijera unas palabras como prólogo a un brindis. La idea me pareció absurda, y casi no podía articular palabra; no sabía si reír, atragantarme o salir corriendo. Pero no me quedó más remedio que levantarme con mucho cuidado, apoyarme en la mesa y hablar. Traté de no mirar a nadie en particular mientras, más por la incomodidad que por la borrachera, soltaba una retahíla de incoherencias, y acabé clavando la vista en el rothko. A qué estos nervios si, al fin y al cabo, todos sabíamos, pero me pareció como si lo estuviera mirando a él, o más bien como si él me estuviera mirando a mí a través de aquel cuadro y de todas sus piezas de coleccionista repartidas a diestro y siniestro; de modo que decidí acabar con el panegírico antes de que la cosa fuese a peor.
-En fin -dije-, a todos nos gustaría que él estuviera entre nosotros para disfrutar de este momento, para compartir este último acto de generosidad. Aunque, claro -añadí-, si él estuviera entre nosotros, como de hecho está en cierto modo, esta cena no tendría objeto y, sobre todo, no habríamos podido degustar un estofado tan delicioso.
Hubo un breve silencio, tras el que la viuda se levantó y extendió el brazo; todos la imitaron, y yo agradecí el respiro y alcé mi propia copa con un resto de líquido. Tal vez sólo fuera aprensión mía, pero me pareció que nadie brindaba con excesivo entusiasmo.


Posted on septiembre 24, 2007
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