Einmal ist keinmal

Posted on octubre 9, 2007

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Juan Ramón Rallo entregaba ayer la ración semanal de controversia an-cap, celebrando la feliz ocurrencia de un ciudadano sueco de merendarse unas lonchas de su propio culo. Su post, el de Rallo, viene sazonado -si se me permite el double entendre- con las habituales admoniciones sobre el carácter irremediablemente totalitario de todo lo que no sea puro y cristalino anarquismo de mercado. ¿Y qué hacemos con esto?, se pregunta. ¿Prohibirlo?

Pues no, no se trata de eso. Einmal ist keinmal. Lo que sólo sucede una vez es como si no sucediera nunca. La broma de Fredrik Wilkingsson es una acción aislada, una performance en busca de notoriedad que está evidentemente más emparentada con Jackass que con la prostitución infantil y la implantación de la sharia o códigos tribales en sociedades occidentales. El canibalismo, ocioso es decirlo, no representa hoy por hoy un problema, y traer el poco pertinente ejemplo del cómico sueco sólo sirve para ridiculizar el debate. El problema de verdad surge cuando aplicamos la fórmula mágica an-cap a las cuestiones citadas, o pensamos en el mucho más macabro ejemplo de Armin Meiwes, donde ya se sienta el precedente de la muerte de un hombre y cuya carrera como antropófago no se hubiera detenido previsiblemente de no mediar la coacción judicial. El acuerdo entre particulares, con ser uno de los pilares de la sociedad abierta, no puede ser siempre el horizonte último; no si se pretende conservar algo remotamente parecido a una sociedad. O, por repetirlo una vez más, ninguna sociedad puede ser infinitamente abierta, y lo prudente no es tanto establecer axiomáticas que permitan separar tajantemente a “liberales” y “socialistas”, “estatistas”, o “totalitarios”, cuanto distinguir grados y recuperar el carácter empírico y prudencial de la política. Claro que, para esto último, sería preciso renunciar a la utopía, contraria a la naturaleza humana y a la historia, de que es posible abolir la política con una u otra fórmula magistral.

Cuando tercié en el anterior debate sobre el canibalismo voluntario, lo hice para señalar la absoluta inconsistencia de la visión anarquista de la sociedad, que nunca puede ser un mero agregado de voluntades independientes; no, evidentemente, para pedir la detención inmediata ni el fusilamiento al amanecer de cualquiera que ingiera strange flesh -por decirlo con el Marco Antonio de Shakespeare. No hace falta bromear sobre la naturaleza infinitamente represora de todo el que no se abandona a fantasías anarquistas. Cuando ya es lo bastante complicado hacer sentirse copartícipes de la misma sociedad política a defensores y detractores del matrimonio homosexual, a laicistas y proponentes de la enseñanza religiosa o a lectores de Público y de Libertad Digital, el mero contacto con la realidad se encarga de derretir las teorizaciones de máximos anarquistas sin que los malvados estatistas tengan que llamar a la puerta a medianoche.

Bogavan-cap

La larga marcha del anarquismo: de Lysander Spooner a Jackass.

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