Noi fummo i Gattopardi, i Leoni; quelli che ci sostituiranno saranno gli sciacalletti, le iene. E tutti quanti, Gattopardi, sciacalli e pecore, continueremo a crederci il sale della terra. [1]
Lampedusa, Il Gattopardo
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El 2 de septiembre de 1898, a orillas del Nilo, tuvo lugar la batalla de Omdurman entre las fuerzas británicas comandadas por Lord Kitchener y los Ansar (derviches) fieles al difunto Mahdi, que habían tomado la capital sudanesa, Jartum, y asesinado al general Gordon trece años antes. El joven Winston Churchill estaba presente y escribió:
Las ametralladoras Maxim agotaron el agua de los depósitos, y varias hubieron de refrescarse con la de las cantimploras de los Cameron Highlanders antes de poder seguir con su mortífera labor. Las cartucheras vacías formaban al caer tintineando montones pequeños pero crecientes al lado de cada hombre. Y en todo momento, al otro lado de la llanura, las balas cortaban la carne, rompían y astillaban el hueso; la sangre manaba de heridas terribles; hombres valientes seguían luchando en un infierno de metal silbante, explosiones de obuses y nubes de polvo -sufriendo, desesperando, muriendo… Los derviches cargaban y caían trabados en montones.
La batalla de Omdurman, como señala Niall Ferguson, representó quizás el apogeo de una manera de hacer la guerra que se había inaugurado casi 400 años antes con las expediciones de Cortés y Pizarro: pequeñas fuerzas de europeos bien entrenados, disciplinados y técnicamente superiores que, con apoyo de auxiliares locales que a menudo los sobrepasaban en número, se enfrentaban a grandes ejércitos indígenas y los derrotaban. Se trataba no infrecuentemente de expediciones privadas, si bien con sanción estatal, y las victorias decisivas determinaban la incorporación de vastos territorios al dominio de los Estados patrocinadores. En el caso de Omdurman, la carnicería de 10.000 derviches -por menos de 400 muertos del lado británico- sirvió para pacificar el Sudán anglo-egipcio y para vengar la muerte de Gordon, abandonado a su suerte por un Gladstone que desaprobaba profundamente su aventura sudanesa y no deseaba más empresas coloniales.
A lo largo de la historia, la dialéctica entre urbanos sedentarios e invasores nómadas que ya definió Ibn Jaldún para el mundo islámico en el siglo XIV se ha repetido en incontables ocasiones. Ya fueran montañeses guteos contra sumero-acadios, hicsos contra egipcios, medos y persas contra babilonios, germanos contra romanos, árabes contra bizantinos y persas, turcos contra persas y árabes, mongoles contra chinos y turco-persas… los nómadas, animados por algún súbito crecimiento demográfico, algún empeoramiento de las condiciones materiales o alguna ideología movilizadora, aprovechaban la falta de marcialidad de los pueblos sedentarios, pero también en no pocas ocasiones avances técnicos concretos, como la metalurgia del hierro o el estribo. La consolidación europea a partir del siglo XI, y la expansión desde el XV, parecieron romper el ciclo; aunque aún en las primeras décadas del XIX los piratas berberiscos amenazaban el tráfico en el Mediterráneo. Con el advenimiento de la era industrial y del imperialismo victoriano, las diferencias técnicas y de recursos entre los pueblos externos a la civilización europea y ésta se hicieron tan abismales que sólo una dirección incompetente o un desequilibrio abrumador de fuerzas podían producir desastres como Isandlwana. Y desastres muy relativos en todo caso: a nueve mil kilómetros de la metrópoli, y con más bajas entre los vencedores que entre los vencidos. La expansión romana hacia el Elba se frenó tras el bosque de Teutoburgo; pero el rey Cetshwayo ya era invitado de la reina Victoria a los pocos meses del estallido de la Guerra Zulú. El Estado moderno europeo extendía su sombra por todo el mundo; y ningún Estado oriental, menos aún jefaturas o tribus, podían movilizar los recursos y las técnicas necesarios para enfrentarse al Leviatán a medio o largo plazo.
Pero, dada la historia europea, era solo cuestión de tiempo que el potencial de destrucción desencadenado en pequeña escala en las colonias se volviese hacia las propias potencias coloniales. La Primera Guerra Mundial fracturó la conciencia moderna y cambió radicalmente la práctica y la imagen de la guerra, originando una ideología pacifista que ha llegado a ser mayoritaria en los ambientes intelectuales y en amplias capas de la población occidental. Además, anunció las dos técnicas que iban a dominar el panorama bélico desde el segundo conflicto mundial y durante el resto del siglo: la aviación y las columnas acorazadas. Los artículos del historiador y teórico Liddell Hart ofrecían, ya en el período de entreguerras, vislumbres de lo que habría de ser la Blitzkrieg de Guderian. La guerra de trincheras en Francia y Flandes había presentado en toda su complejidad el problema de penetrar un frente concentrando recursos en un sector dado. Pero los intentos alemanes estaban condenados al fracaso: las unidades no podían desplazarse a la velocidad suficiente para romper efectivamente la línea; y, además, las oleadas de infantería sufrían un número terrible de bajas. Con el posterior perfeccionamiento de los vehículos acorazados, se dieron por fin las condiciones para romper un frente y embolsar a grandes masas enemigas. Así sucedió en la ofensiva alemana (Fall Gelb) de la primavera de 1940. La rápida penetración de las divisiones Panzer -debida en parte a la insubordinación de Guderian y Rommel-, permitió dividir y embolsar a las fuerzas aliadas; el cuerpo expedicionario británico hubo de replegarse hacia Dunquerque para reembarcar con enormes pérdidas en bajas, prisioneros y material. Francia, Bélgica y los Países Bajos habían caído en pocas semanas para sorpresa de quienes esperaban otra guerra de posiciones, otro largo conflicto artillero; pero también del propio mando alemán.
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El éxito del frente occidental no pudo repetirse en el este, debido fundamentalmente a la enorme desventaja de Alemania en términos de materias primas, producción industrial, reservas de divisas y población. (No hay que olvidar que el Ostheer, como todo el ejército alemán a excepción de algunas divisiones Panzer de elite, estaba aún escasamente motorizado y se movía en gran medida a pie o por tracción animal). Pero también al papel defensivo de las ciudades soviéticas, como Leningrado, Moscú y Stalingrado. Un papel anticipado por el teórico J.F.C.Fuller -al que Guderian había leído atentamente- y ensayado en alguna medida en la batalla de Madrid, durante la Guerra Civil española [2]. Las grandes aglomeraciones urbanas, terreno poco propicio para el movimiento de los blindados, servían como puntos fortificados que impedían el avance de las columnas o, si éstas los rodeaban, amenazaban sus líneas de suministro. La importancia de las ciudades se recuperó tras Stalingrado, lo que ha dado lugar a una proliferación de tácticas de combate urbano, como se puede apreciar hoy en Iraq, Chechenia o los territorios palestinos. También representarán, como veremos, un medio clave en el terrorismo y las guerras de IV generación.
Pero aún cabría citar otro desdichado papel de la ciudad: como víctima de los bombardeos estratégicos aéreos. El Blitz alemán sobre Inglaterra, pese a su efecto desmoralizador, nunca amenazó seriamente el esfuerzo de guerra aliado. Por contra, la campaña aliada de bombardeos sobre Alemania llegó a paralizar la industria de guerra y redujo a la postre el país a cenizas, con hitos macabros como Dresde. Y Japón aún habría de sufrir la aparición del arma definitiva, cuya sombra se extiende hasta nuestros días: la bomba atómica. La capacidad nuclear inaugura el período de la disuasión: el poder de destrucción de las superpotencias es tan desmesurado que se impone un peligroso juego de equilibrios donde la posibilidad de usar el arma nuclear es a la vez inconcebible y omnipresente. Con el advenimiento de la era atómica parece definitivamente olvidado el ciclo de los sedentarios y los nómadas; o, si se prefiere, de los grandes Estados, cuya disponibilidad de recursos y capacidad bélica no tiene parangón en la historia, y los asaltantes externos.
Leviatán 2.0. II – Guerras de IV Generación y Open Source Warfare
NOTAS
[1] – “Nosotros fuimos los leopardos, los leones; los que nos sustituyan serán los chacales, las hienas. Y unos y otros, leopardos, hienas y ovejas, seguiremos creyéndonos la sal de la tierra.”
[2] – Alexander Rodimtsev, que después cobraría fama en Stalingrado, participó en la defensa de Madrid como asesor de Líster. Las operaciones en torno a Madrid fueron también testigo del despliegue por parte de los soviéticos de algunas tácticas de guerra relámpago (“operaciones en profundidad”), desarrolladas por Tujachevski en paralelo con los teóricos alemanes. Pero el mariscal cayó en desgracia durante los Procesos de Moscú del 37, y con él las “operaciones en profundidad”, que sólo se recuperaron tras la invasión alemana.


Manning
noviembre 11, 2007
Respecto al pacifismo (muy bueno el post enlazado, que se me escapó en su día),decía D.H. Lawrence de los pacifistas, en el periodo entreguerras (citado por Paul Johnson en Tiempos Modernos): “Quieren un sistema externo de nulidad, lo que ellos llaman paz y buena voluntad, de modo que en sus propias almas puedan ser pequeños dioses independientes (…) pequeños absolutos morales, protegidos de los interrogantes (…) Esto huele muy mal. Es la voluntad de un piojo.”
Resulta sorprendente cuánto vigor mantienen estas palabras y lo idóneas que resultan para situaciones actuales como la guerra de Irak, apaciguamiento con los estados gamberro, negociación con ETA… Johnson explica -entre otras muchas cuestiones- la emergencia de los monstruos totalitarios nazi, fascista y comunista del siglo XX por la irrupción del relativismo moral. El pacifismo aparece así como una ética indolora (no es preciso implicarse ni sacrificar nada) que alivia las conciencias (“pequeños absolutos morales) sin necesidad tampoco de pensar demasiado (“protegidos de los interrogantes“).
Lo que mantuvo la paz (al menos en Occidente) después de la II Guerra Mundial fue la disuasión nuclear a la que haces referencia al final de este post y no, claro está, la asunción de las tesis pacifistas (poco menos que propaladas por la Komintern en los países democráticos para, precisamente, romper el equilibrio de fuerzas a favor de la URSS). Creo que el advenimiento de Estados terroristas -en su mayor parte con un importante componente de islamismo- con poder nuclear variará (o ha variado ya) el paradigma de la guerra moderna. ¿Dejarán de ser las ciudades modernas baluartes defensivos como en el caso de Stalingrado para ser tomados por los quintacoluministas de la Yihad?. A algo de esto apunta el comentario del Nuevo Digital sobre Ferguson que acabó de leer vía Iracundo. Me pregunto si tu segunda parte del post hará referencia a esto, al menos en parte.
Muy bueno el post, como siempre.
Un saludo
Eduardo
noviembre 11, 2007
Voy a llevar uno de los asuntos del post al cine, como buen friki que soy. Es curioso, porque la clave del género cinematográfico por excelencia, el western, es también la dialéctica de nómadas y sedentarios. Los forajidos y los “fuera de la ley” son habitualmente ganaderos o aventureros nómadas, que se enfrentan al poder local establecido en la tierra, con lindes sancionadas por la ley, Iglesias y sheriff del condado. Sin ir más lejos, es la misma historia de la película culminante del género: The man who shot Liberty Valance (1962), al fín y al cabo un relato sobre los orígenes del Leviatán. La misma dialéctica es también la “metáfora-raíz” de muchas road-movies “anarquistas”, desde Mad Max (1979) a la excelente Los caraduras (1977).
snipfer
noviembre 11, 2007
Muy interesante. Espero impaciente la segunda parte.
Iracundo
noviembre 11, 2007
Murray y Millet sostienen en “La guerra que había que ganar” que la victoria en Francia de los alemanes fue más ajustada de lo que pueda parecer. Si los franceses hubiesen organizado una defensa medianamente seria, y profunda, del Mosa al paso de los panzer es muy probable que el frente se hubiese estabilizado debido, entre otras cosas, a que los elementos móviles de la wehrmacht (como apuntas) eran mucho más modestos de lo que el mito sugiere (si mal no recuerdo sólo había 9 divisiones panzer en la operación Caso Amarillo y casi todas con tanques ligeros de tipo I y II: notoriamente inferiores a los carros aliados de entonces así como inútiles contra éstos). Los análisis del alto mando alemán, tan frívolamente denostados por muchos historiadores, sobre las posibilidades de repetir una guerra de desgaste en Francia no eran tan errados. Es por eso que más que hablar de victoria alemana, que lo fue, parece el hablar de colapso francés (colapso militar, político y moral genialmente documentado, por cierto, en esa obra maestra que es “La pena y la piedad”: disponible en Mininova).
Ocurre lo mismo, y esto es algo generalmente aceptado entre los historiadores, con la URSS. Allí la blitzkrieg tuvo el éxito inicial que tuvo (verano-otoño 1941) gracias a Stalin porque lo cierto es que la ofensiva era en sí misma un plan descabellado. La cuestión es si el desastre estratégico (y táctico: recordemos la purga de oficiales del ejército rojo) pergeñado por la paranoia e ineptitud de Stalin pudo haber supuesto un posible éxito de los alemanes. En esta cuestión hay división de opiniones. Los altos mandos alemanes de la época arrojaron diversas posturas al respecto en sus respectivas memorias; algunos sostuvieron que el plan, aún con las ventajas dadas por Stalin, era insensato, otros se limitan a culpar al invierno de frenar la operación Tifón contra Moscú, otros más (Guderian mismo, creo) opinan que el culpable del desastre fue Mussolini (por obligar a Alemania a invadir los Balcanes tras la patética derrota italiana ante los griegos) y finalmente están los que culpan a la dirección estratégica de Hitler de la no-victoria. Bajo mi punto de vista estos últimos son los más cercanos a la verdad puesto que, sin duda, la URSS para 1941 estaba cercana al “derrumbe ideológico”. Hitler veía la operación Barbarroja, desde el principio, como una gigantesca proeza étnica aniquiladora y saqueadora. Por esto se decidió tratar como esclavos y subhumanos a minorías soviéticas que recibieron inicialmente a los alemanes como libertadores (lo cual no fue impedimento para que, más tarde, muchos millares de estos “infrahombres” se alistasen en las legiones extranjeras de las SS) y lo que es más importante: se decidió romper la punta de lanza acorazada que se dirigía a Moscú para tomar Ucrania y sus recursos materiales. Si bien el objetivo de la guerra móvil es la destrucción de las fuerzas enemigas no es menos cierto que el objetivo de toda ofensiva debe ser romper el punto de equilibrio enemigo de tal forma que pierda toda organización y control sobre sus propias fuerzas, por inmensas que éstas sean. En ese sentido Liddell Hart señalaba que las guerras se deciden en las mentes de los generales mucho más que en los propios campos de batalla. La caída de Moscú, y todo apuntaba que la ciudad no sería defendida si los alemanes llegaban a entrar en ella, podría haber supuesto la pérdida del control de sus ejércitos por parte de Stalin (del que no pocos estaban hartos, véase que uno de los responsables de la exitosa defensa de Moscú se pasaría al bando alemán: Vlasov). Si los panzer no hubiesen “torcido” hacia Kiev en las postrimerías del verano de 1941 parece, por tanto, plausible alguna forma de colapso soviético. Lo decía muy bien un general soviético: “Rusia es inmensa soldados pero Moscú está detrás de nosotros: no tenemos ningún otro sitio al que retirarnos”.
Estoy parcialmente en desacuerdo con el papel que le das a las ciudades como antagonistas de la guerra relámpago. Una vez se asumen las bajas es obvio que una defensa suicida en entornos urbanos producirá una carnicería pero la carnicería necesita carnaza y recursos para esa carnaza. Como los americanos demostraron en Hue en 1968, una guerra urbana en la que se tenga superioridad aérea, dominio de las líneas de aprovisionamiento (cerco) y suficientes medios blindados (tal vez el punto débil de los alemanes) no puede durar incluso oponiéndosenos enormes fuerzas de infantería. Stalingrado fue un desastre, a priori, no por extender los flancos el avance alemán insensatamente (¿acaso no hicieron los alemanes lo mismo en todas sus ofensivas exitosas?) o por batallar en un entorno urbano extenso (¿acaso no eran extensos espacios urbanos Kiev, Smolensk, Rostov, etc, etc?) sino por, de nuevo, distraer el objetivo principal con operaciones estratégicas de saqueo. El objetivo era dañar la logística soviética con base en el Cáucaso mediante la toma de la desembocadura del Volga. El fracaso de esta operación (operación Caso Azul) se determinó por, de nuevo, la división de la punta de lanza. Es cosa a menudo olvidada que la toma de Stalingrado fue encargada a un ejército que, si bien de élite, carecía en gran medida de medios blindados y era por tanto “de infantería”, motorizada o no. El 6º ejército sólo tuvo apoyo blindado, el IV ejército panzer, una vez ya se había trabado una guerra de ratas (ratenkrieg), de desgaste, en las calles de Stalingrado. Si se hubiese atacado verdaderamente en relámpago la ciudad, con medios blindados, bien podría haber acabado como tantas otras (en las que también habían órdenes de Stalin de ni un paso atrás así como gran número defensores). Así, la caída de Stalingrado podría haber supuesto la llegada de los alemanes al Caspio y por tanto la ruptura de las comunicaciones rusas. ¿Y cuál fue la razón por la que el 6º ejército hubo de combatir solo? Pues que Hitler dio la orden de enviar a los panzer del 4º ejército al sur para tomar los campos petrolíferos. Si no se hubiese hecho esto, como he dicho, Stalingrado podría haber sido lo que se planeó en un comienzo: una ciudad más de camino al Caspio.
La falta de coherencia en la persecución de objetivos estratégicos básicos para la derrota del enemigo anuló las posibilidades alemanas, brindadas por Stalin, y no tanto la defensa a ultranza o el entorno urbano de determinados combates.
Esta dimensión “subjetiva” de la derrota, hecha la precisión en cuanto a las facilidades dadas por el enemigo del caso citado, es especialmente interesante en la actualidad precisamente porque el combate abierto y directo parece estar imposibilitado por la tecnología. El famoso ciclo imperial de Kantor se ha roto pero los habituales enemigos del orden internacional (los bárbaros) parecen estar encontrando nuevas fisuras por las que introducirse. Somos materialmente invencibles pero en el campo psicológico y cultural estamos siendo, de hecho, derrotados. Aislados en nuestra invencibilidad y bonanza se adivina en nuestros gobiernos e instituciones una debilidad que sólo puede ser atribuída a la corrupción moral y cultural de nuestras élites y, a la postre, del populacho. Como dicen los americanos: en nuestra mano está el decidir dónde queremos luchar, no el si lo haremos o no: eso ya lo han decidido los otros por nosotros. La desgarrada túnica del César…
J
noviembre 11, 2007
Perdonad la tardanza en aparecer, wordpress me ha dejado una ristra de comentarios por aprobar -ya sabéis que sus caminos son inescrutables.
Muy buena también la cita de Lawrence sobre el pacifismo, que complementa la de Orwell que apunté en su día.
La segunda parte del post, como habéis intuido, trata sobre terrorismo, guerras de IV generación (4GW) y open source warfare. A ver si la puedo pubicar hoy.
Manning
noviembre 11, 2007
Es curioso lo que dice Eduardo del western, en una opinión que comparto. Leí algo al respecto hace tiempo en La Ilustración Liberal(número 17), por obra de Carlos Martínez Braun, hace referencia a El hombre que mató a Liberty Vallance y otros westerns de Ford).
J
noviembre 11, 2007
Ah, se me había escapado, sobre el comentario de Iracundo. No he leído a Fuller, pero es posible que su teorización sobre el papel defensivo de las ciudades no tuviese en cuenta el desarrollo de las capácidades tácticas y estratégicas de la aviación. Los alemanes no contaron con superioridad áerea en la campaña rusa, salvo quizás en los primeros compases, como tampoco la tuvieron en el frente occidental pasada la batalla de Inglaterra -en la ofensiva de las Ardenas tuvieron que fiar su suerte a las malas condiciones meteorológicas, que impedían actuar a la aviación aliada. (Cuanto más se profundiza en la aventura nazi, más sorpende en realidad lo endeble, por no decir desesperado, de sus presupuestos, y que llegara tan lejos como llegó). Una ciudad atacada con superioridad desde el aire, y dándose los elementos que citas, está seguramente condenada. Pero aquí ya entran en escena otras consideraciones. No sólo las puramente bélicas, sino también las humanitarias, de propaganda, etc. A Grozny nadie le escribió canciones como a Sarajevo.
Sobre cómo Stalin “arrancó las garras” al ejército Rojo en vísperas de la guerra, se ha sugerido incluso que Tujachevsky cayó víctima de un complot alemán, merced a unos supuestos documentos incriminatorios que llegaron vía Checoslovaquia. Antes de eso, desde mediados de los treinta, las “operaciones en profundidad” eran doctrina oficial en la URSS, e incluso se emplearon con éxito contra los japoneses.
Iracundo
noviembre 11, 2007
“Cuanto más se profundiza en la aventura nazi, más sorpende en realidad lo endeble, por no decir desesperado, de sus presupuestos, y que llegara tan lejos como llegó”
Exacto, “no podía ganar”: pero el pacifismo le brindó la oportunidad de intentarlo. Goebbels mismo destacó esto mostrando su sorpresa de que Inglaterra y Francia sólo se decidiesen a declarar la guerra a Alemania cuando “era más fuerte” y no cuando estaban haciendo preparativos (sabemos, no obstante, que los preparativos de la wehrmacht, según sus mandos, no terminarían hasta 1944 pero la política manda) y eran más débiles. Europa estaba enferma de muerte y murió. Reino Unido siguió en 1940 el camino de la redención frente a años de cobardía sin cuento. EEUU resucitó al cadáver, que sigue en las mismas rindiendo culto a la barbarie en un medroso ejercicio de lo que se llama pacifismo y algunos reconocemos como suicidio. Qué sorpresa que los mismos que en 1940 dijeron que no se rendirían jamás sean los mismos que apoyan, en práctica soledad, a EEUU.
La realidad es patente: esos tipos enajenados de grandes barbas y turbante no pueden vencernos pero hay muchos que se empeñan en que lo intenten. ¿Cuál será el precio?
Sobre la aviación: Alemania desde luego no tuvo superioridad aérea en el frente este en ningún momento. Pero tuvo una serie de victorias tácticas con derribos de cifras astronómicas. Las Luftflottes se desperdigaron y perdieron progresivamente sus fuerzas pero para Caso Azul, en 1942 consiguieron una superioridad aérea en el teatro de operaciones durante varios meses. Por entonces, no obstante, las fuerzas aéreas no eran útiles en una guerra urbana de la escala de Stalingrado sino que curiosamente todos convienen que fueron contraproducentes hasta el punto de acusar a la Luftwaffe de hacerles las trincheras a los rusos. Hoy sin embargo nadie duda de la efectividad y ventajas de las fuerzas aéreas en combates urbanos. Durante la mayor parte de la batalla de Stalingrado los alemanes, como en otras batallas, gozaron de superioridad total. Pero ya daba igual, como dije, al no tener los alemanes suficientes medios blindados en un primer momento, convirtiendose la batalla en un Verdún II. Esa situación podría haberse dado en cualquier otra gran ciudad soviética y si sólo se dio en Stalingrado… parece que la guerra relámpago no tiene una categoría enfrentada en las grandes ciudades. Lo más inquietante en la segunda guerra mundial es que sólo los soviéticos aprendieron a luchar según los principios de la blitzkrieg: los americanos, y no hablemos de los británicos…, no aprendieron y en su ineptitud condenaron a Europa del Este a vivir bajo el comunismo hasta los 90. Y digo esto porque, tal como lo dice el general Blumentritt en sus memorias, tras el cerco de Falaise en agosto del 44 no había una sola agrupación organizada de alemanes entre las fuerzas aliadas y la propia Alemania. La guerra, siempre según Blumentritt, podía haber acabado en unas pocas semanas si se hubiese dado todos los recursos a las puntas de lanza mecanizadas en lugar de avanzar en un frente amplio. Hay quien piensa, como no, en que esta ineptitud, como en el caso de Anzio, obedecía a alguna maquinación diplomática.
A Grozny no le cantan canciones, no. Es la misma dinámica selectiva que llama genocidio a los accidentes de tráfico o al incomprensible deseo por contuar con vida que muestran los israelíes.
Coase
noviembre 12, 2007
Interesante post. Esperamos la siguiente parte.
Sergio
noviembre 12, 2007
Bueno, está bien dedicarse a la historia militar, tan desconocida. Al igual que un lector de más arriba, no estoy muy de acuerdo en que las ciudades cumplían la función de obstáculo natural al avance de los blindados. Ni que sean el caldo de cultivo de esas guerras de hoy en día que anuncias.
¿Que tenía la URSS? Territorio, que fue lo que cedió a los alemanes. ¿Que tenía China en la II G.M? Población, hasta el punto que fue el segundo país con mayor número de bajas ¿Que no tienen estas guerras que anuncias? Ni territorio ni población. Si se tiene que arrasar Faluya, pues se arrasa, porque no hay una retaguardia ni nuevas cohortes que se puedan sumar ad infinitum, por mucha propanda de yihad y combatientes internacionales.
La guerrilla urbana por actores subestatales es un camelo que conduce a su exterminio total. Que se lo pregunten a los montoneros, tupamaros o Baader-Meinhof que en los sesenta-setenta se creyeron esas tonterías.
ignatius
noviembre 15, 2007
Es bueno dejar claro que el pacifismo no puede conllevar nada bueno. Del mismo modo que apenas no hay nadie que sea tan cándido como para pensar que la abolición de la policía conllevaría la desaparición del crimen, la promoción de la desaparición de los ejércitos y las guerras no sólo es algo fantástico y utópico, sino directamente una idea loca. Europa se haya enferma de pacifismo quizás desde la IGM, como señala J. Muy justa la cita de D.H. Lawrence, Manning.
Creo que el mayor problema al enfrentarnos a la situación actual es que los bárbaros han comprendido que nuestro punto débil como sociedad es nuestro acomodamiento, pasotismo, bien pensar y teoría del buen salvaje. Como señala Iracundo, tecnológicamente y materialmente somos invencibles, pero nuestra cultura y civilización relativista y en retroceso es campo abonado para ser atacada e incluso destruida desde dentro por una relativamente pequeña minoría. Si le añadimos el Odio Contra la Máquina que anida en mayor o menor medida inconscientemente en todos nosotros, las huestes bárbaras nos pueden empujar al suicidio.
Si fuéramos moralmente fuertes atacaríamos sin mucha demora, porque está en juego nuestro progreso y nuestro estilo de vida. Este ataque no debiera ser típico, sino asimétrico, pequeño, disgregado y global; soportado por una brutal capacidad de inteligencia. Si ya sólo podemos decidir donde luchar, no perdamos más tiempo y elijamos escenario.
Estoy con Iracundo en el tema de la ventaja inicial de Alemania en la IIGM. De no haber sido por la tibieza de Francia y Gran Bretaña con el régimen de Hitler, nunca un sistema basado en un manicomio racial y en un vacuo exhibicionismo hubiera llegado a nada. Reaccionar durante el rearme hubiera sido la clave. ¿Haremos algo mientras Irán fabrica sus bombas nucleares?
Con permiso de Eduardo voy a realizar en el futuro un post trazando paralelismos entre el western y la historia fundacional del estado.
Excelente post todo él, muy buenos comentarios y muy enriquecedores.
Fritz
noviembre 16, 2007
Creo que la “aventura nazi” llegó tan lejos por la política y cayó también por la política. Con sus audaces maniobras diplomáticas Hitler logró parte de lo perdido por el IIº Reich y, sobre todo, Checoslovaquia (ahí hubiera sido sencillísimo pararle… desde lo militar); asimismo los aliados tampoco estuvieron lo que se dice “dispuestos a combatir” cuando atacó Polonia, solo cuando Francia, y ahí está la brecha del Mosa. “Luego” tenemos el pacto germano-soviético -otra maniobra política- y el desconcierto que finalmente generó en Stalin, un inepto de categoría. Todo eso es política.
Una vez que no quedó lugar para la política la siguió practicando. Si ahí (Barbarroja) el Alto mando toma la dirección de la guerra no creo que Alemania hubiera podido perderla, creo (que mal suena aquí mi “creo”) que tomar Moscú hubiera sido definitivo; sin el retraso de los Balcanes y con la estrategia postrera de Guderian era más que posible… y quizá con una sola de estas condiciones.
Es obvio que un régimen tan obsesamente político, tan fanático, no podía renunciar a los métodos que esta presenta, mucho menos después de tantos triunfos como le había dado: los más sorprendidos estaban en el Alto Mando alemán precisamente (Munich sorprendió más a la “camarilla prusiana” que a los historiadores actuales, y ya es decir). Pero lo cierto es que la “aventura nazi” comenzó mucho antes del ´39 y un par de elementos combinados podrían haberla hecho absolutamente triunfandora. No creo que pueda analizarse solo desde un punto de vista militar por las particularidades del régimen nazi, pero bien es cierto que fueron los nazis, y Hitler concretísimamente, quienes no dejaron otra opción y ahí lo tenían todo perdido (buena prueba es la segunda campaña de Rusia) en tanto su planteamiento no era militar y en una guerra cualquier planteamiento que no sea estrictamente militar en la preparación del combate o sea disgregador -en cualquier sentido- suele acabar en desastre.
Por cierto, J, si conoces un libro más o menos “”definitivo”" sobre la producción de material bélico para Alemania y la URSS se agradece, he leído de todo (sobre todo respecto de la aviación).
Saludos
PD: Mañana el de las Guerras de IVª generación, aunque miedo me das.
J
noviembre 16, 2007
Para Alemania, y no me cansaré de recomendarlo, The Wages of Destruction, de Adam Tooze. No hay nada más “definitivo”, ni creo que lo haya en muchos años. Lo que pasa es que no hay edición española; ni se espera, que yo sepa.