Leviatán 2.0. I – La guerra moderna

Posted on noviembre 11, 2007

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Noi fummo i Gattopardi, i Leoni; quelli che ci sostituiranno saranno gli sciacalletti, le iene. E tutti quanti, Gattopardi, sciacalli e pecore, continueremo a crederci il sale della terra. [1]

Lampedusa, Il Gattopardo

 

Maxim

El 2 de septiembre de 1898, a orillas del Nilo, tuvo lugar la batalla de Omdurman entre las fuerzas británicas comandadas por Lord Kitchener y los Ansar (derviches) fieles al difunto Mahdi, que habían tomado la capital sudanesa, Jartum, y asesinado al general Gordon trece años antes. El joven Winston Churchill estaba presente y escribió:

Las ametralladoras Maxim agotaron el agua de los depósitos, y varias hubieron de refrescarse con la de las cantimploras de los Cameron Highlanders antes de poder seguir con su mortífera labor. Las cartucheras vacías formaban al caer tintineando montones pequeños pero crecientes al lado de cada hombre. Y en todo momento, al otro lado de la llanura, las balas cortaban la carne, rompían y astillaban el hueso; la sangre manaba de heridas terribles; hombres valientes seguían luchando en un infierno de metal silbante, explosiones de obuses y nubes de polvo -sufriendo, desesperando, muriendo… Los derviches cargaban y caían trabados en montones.

La batalla de Omdurman, como señala Niall Ferguson, representó quizás el apogeo de una manera de hacer la guerra que se había inaugurado casi 400 años antes con las expediciones de Cortés y Pizarro: pequeñas fuerzas de europeos bien entrenados, disciplinados y técnicamente superiores que, con apoyo de auxiliares locales que a menudo los sobrepasaban en número, se enfrentaban a grandes ejércitos indígenas y los derrotaban. Se trataba no infrecuentemente de expediciones privadas, si bien con sanción estatal, y las victorias decisivas determinaban la incorporación de vastos territorios al dominio de los Estados patrocinadores. En el caso de Omdurman, la carnicería de 10.000 derviches -por menos de 400 muertos del lado británico- sirvió para pacificar el Sudán anglo-egipcio y para vengar la muerte de Gordon, abandonado a su suerte por un Gladstone que desaprobaba profundamente su aventura sudanesa y no deseaba más empresas coloniales.

A lo largo de la historia, la dialéctica entre urbanos sedentarios e invasores nómadas que ya definió Ibn Jaldún para el mundo islámico en el siglo XIV se ha repetido en incontables ocasiones. Ya fueran montañeses guteos contra sumero-acadios, hicsos contra egipcios, medos y persas contra babilonios, germanos contra romanos, árabes contra bizantinos y persas, turcos contra persas y árabes, mongoles contra chinos y turco-persas… los nómadas, animados por algún súbito crecimiento demográfico, algún empeoramiento de las condiciones materiales o alguna ideología movilizadora, aprovechaban la falta de marcialidad de los pueblos sedentarios, pero también en no pocas ocasiones avances técnicos concretos, como la metalurgia del hierro o el estribo. La consolidación europea a partir del siglo XI, y la expansión desde el XV, parecieron romper el ciclo; aunque aún en las primeras décadas del XIX los piratas berberiscos amenazaban el tráfico en el Mediterráneo. Con el advenimiento de la era industrial y del imperialismo victoriano, las diferencias técnicas y de recursos entre los pueblos externos a la civilización europea y ésta se hicieron tan abismales que sólo una dirección incompetente o un desequilibrio abrumador de fuerzas podían producir desastres como Isandlwana. Y desastres muy relativos en todo caso: a nueve mil kilómetros de la metrópoli, y con más bajas entre los vencedores que entre los vencidos. La expansión romana hacia el Elba se frenó tras el bosque de Teutoburgo; pero el rey Cetshwayo ya era invitado de la reina Victoria a los pocos meses del estallido de la Guerra Zulú. El Estado moderno europeo extendía su sombra por todo el mundo; y ningún Estado oriental, menos aún jefaturas o tribus, podían movilizar los recursos y las técnicas necesarios para enfrentarse al Leviatán a medio o largo plazo.

Pero, dada la historia europea, era solo cuestión de tiempo que el potencial de destrucción desencadenado en pequeña escala en las colonias se volviese hacia las propias potencias coloniales. La Primera Guerra Mundial fracturó la conciencia moderna y cambió radicalmente la práctica y la imagen de la guerra, originando una ideología pacifista que ha llegado a ser mayoritaria en los ambientes intelectuales y en amplias capas de la población occidental. Además, anunció las dos técnicas que iban a dominar el panorama bélico desde el segundo conflicto mundial y durante el resto del siglo: la aviación y las columnas acorazadas. Los artículos del historiador y teórico Liddell Hart ofrecían, ya en el período de entreguerras, vislumbres de lo que habría de ser la Blitzkrieg de Guderian. La guerra de trincheras en Francia y Flandes había presentado en toda su complejidad el problema de penetrar un frente concentrando recursos en un sector dado. Pero los intentos alemanes estaban condenados al fracaso: las unidades no podían desplazarse a la velocidad suficiente para romper efectivamente la línea; y, además, las oleadas de infantería sufrían un número terrible de bajas. Con el posterior perfeccionamiento de los vehículos acorazados, se dieron por fin las condiciones para romper un frente y embolsar a grandes masas enemigas. Así sucedió en la ofensiva alemana (Fall Gelb) de la primavera de 1940. La rápida penetración de las divisiones Panzer -debida en parte a la insubordinación de Guderian y Rommel-, permitió dividir y embolsar a las fuerzas aliadas; el cuerpo expedicionario británico hubo de replegarse hacia Dunquerque para reembarcar con enormes pérdidas en bajas, prisioneros y material. Francia, Bélgica y los Países Bajos habían caído en pocas semanas para sorpresa de quienes esperaban otra guerra de posiciones, otro largo conflicto artillero; pero también del propio mando alemán.

Blitzkrieg

El éxito del frente occidental no pudo repetirse en el este, debido fundamentalmente a la enorme desventaja de Alemania en términos de materias primas, producción industrial, reservas de divisas y población. (No hay que olvidar que el Ostheer, como todo el ejército alemán a excepción de algunas divisiones Panzer de elite, estaba aún escasamente motorizado y se movía en gran medida a pie o por tracción animal). Pero también al papel defensivo de las ciudades soviéticas, como Leningrado, Moscú y Stalingrado. Un papel anticipado por el teórico J.F.C.Fuller -al que Guderian había leído atentamente- y ensayado en alguna medida en la batalla de Madrid, durante la Guerra Civil española [2]. Las grandes aglomeraciones urbanas, terreno poco propicio para el movimiento de los blindados, servían como puntos fortificados que impedían el avance de las columnas o, si éstas los rodeaban, amenazaban sus líneas de suministro. La importancia de las ciudades se recuperó tras Stalingrado, lo que ha dado lugar a una proliferación de tácticas de combate urbano, como se puede apreciar hoy en Iraq, Chechenia o los territorios palestinos. También representarán, como veremos, un medio clave en el terrorismo y las guerras de IV generación.

Pero aún cabría citar otro desdichado papel de la ciudad: como víctima de los bombardeos estratégicos aéreos. El Blitz alemán sobre Inglaterra, pese a su efecto desmoralizador, nunca amenazó seriamente el esfuerzo de guerra aliado. Por contra, la campaña aliada de bombardeos sobre Alemania llegó a paralizar la industria de guerra y redujo a la postre el país a cenizas, con hitos macabros como Dresde. Y Japón aún habría de sufrir la aparición del arma definitiva, cuya sombra se extiende hasta nuestros días: la bomba atómica. La capacidad nuclear inaugura el período de la disuasión: el poder de destrucción de las superpotencias es tan desmesurado que se impone un peligroso juego de equilibrios donde la posibilidad de usar el arma nuclear es a la vez inconcebible y omnipresente. Con el advenimiento de la era atómica parece definitivamente olvidado el ciclo de los sedentarios y los nómadas; o, si se prefiere, de los grandes Estados, cuya disponibilidad de recursos y capacidad bélica no tiene parangón en la historia, y los asaltantes externos.

Leviatán 2.0. II – Guerras de IV Generación y Open Source Warfare

NOTAS

[1] – “Nosotros fuimos los leopardos, los leones; los que nos sustituyan serán los chacales, las hienas. Y unos y otros, leopardos, hienas y ovejas, seguiremos creyéndonos la sal de la tierra.”

[2]Alexander Rodimtsev, que después cobraría fama en Stalingrado, participó en la defensa de Madrid como asesor de Líster. Las operaciones en torno a Madrid fueron también testigo del despliegue por parte de los soviéticos de algunas tácticas de guerra relámpago (“operaciones en profundidad”), desarrolladas por Tujachevski en paralelo con los teóricos alemanes. Pero el mariscal cayó en desgracia durante los Procesos de Moscú del 37, y con él las “operaciones en profundidad”, que sólo se recuperaron tras la invasión alemana.