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Leviatán 2.0. II – Guerras de IV Generación y Open Source Warfare

Noviembre 13, 2007

Leviatán 2.0. I – La guerra moderna

Si vogliamo che tutto rimanga com’è, bisogna che tutto cambi.[1]

Lampedusa, Il Gattopardo

 

La batalla de Argel

La batalla de Argel

Por supuesto, la sensación de hallarse al cabo de la historia es siempre un espejismo. Al tiempo que las grandes potencias perseguían el arma atómica o jugaban la partida de la disuasión, en los arrabales de los antiguos imperios coloniales se estaban gestando las guerras del futuro. El desequilibrio de fuerzas no bastaría para asegurar la victoria de los grandes Estados, tanto por los métodos empleados por sus enemigos cuanto por una paradoja inherente a las armas nucleares: no pueden usarse contra otra potencia nuclear, debido a la MAD, pero tampoco contra un Estado o agente sin capacidad atómica -no, al menos, mientras existan otras potencias con dicha capacidad-, por motivos tanto morales como tácticos y estratégicos.

Argelia, un país mediterráneo con una historia singular tanto en términos de población [2] como de instituciones -durante siglos había sido la base de la piratería berberisca y vasallo nominal del sultán otomano-, estaba destinada a ser el laboratorio de las guerras postmodernas. El fin del FLN no era derrotar a Francia en los términos convencionales, sino destruir mediante el terror cualquier posibilidad de convivencia, mediación o acuerdo, siguiendo un esquema anunciado en Palestina por los seguidores del Gran Mufti Hajj Amin Al-Husseini [3] y, posteriormente, por las organizaciones terroristas judías como el Irgun o la banda de Stern. Dicho programa se resumía en el lema no escrito “cuanto peor, mejor”, reconocible por cualquier organización terrorista posterior, y exigía tomar como objetivos no sólo las fuerzas militares o policiales, o los representantes de la administración, sino a moderados de uno y otro bando y, en último término, a cualquiera que no perteneciese explícitamente a la organización o facción responsable del crimen. Como en el caso de las purgas estalinistas, la arbitrariedad era un elemento esencial para instaurar un verdadero régimen de terror. Y dado que la mediación se había hecho imposible al destruirse, por la muerte y el terror, la opción moderada, al Estado sólo le quedaba lanzarse a la espiral de acción-represión, embruteciendo sus métodos y contribuyendo al éxito del programa terrorista: la destrucción de la sociedad civil. Por otra parte, la sociedad de la propia metrópoli no podía permanecer insensible a la orgía de sangre desatada, con lo que el terrorismo alcanzaba otro de sus fines: el desgaste de la voluntad de resistencia por parte del Estado. Cuando se hizo evidente que éste cedía, fue la propia población de origen europeo la que recurrió al terrorismo calcando los métodos del FLN [4]. Pero era demasiado tarde para los pieds noirs, y todo a pesar de que el ejército francés no había sido derrotado -como sí lo fue en Indochina- por un enemigo convencional.

Algiers

Cuando contemplamos en la distancia la tragedia argelina, estamos viendo en forma embrionaria las tácticas y el tono ideológico de las guerras de IV generación (4GW). Las derrotas de EEUU y la URSS en Vietnam y Afganistán presentan también elementos del nuevo paradigma bélico [5]. Pero están aún ausentes fenómenos que irán colmatando con el curso de las décadas [6]. El mundo bipolar de la Guerra Fría da paso a un orden con un sólo hegemón, EEUU. La desintegración de la Unión Soviética y Yugoslavia provocan inestabilidad y crisis locales (Chechenia, Bosnia) que sirven como caldo de cultivo y campo de entrenamiento a guerrilleros y terroristas. La globalización económica trae aparejada no sólo una formidable redistribución de recursos, sino un aumento de los tráficos ilegales -lo que ha dado en llamarse la “globalización negra”-, fuente de financiación para grupos ajenos al Estado. En el mundo árabo-musulmán, los movimientos nacionalistas-socialistas, en desgracia por su fracaso material y moral, pierden protagonismo ante el islamismo político, que acentúa además el carácter para-estatal y global (Umma) de la lucha. En términos generales, el Estado pierde protagonismo en favor de fuerzas económicas y políticas trans-nacionales. Además, la quiebra de los grandes bloques ideológicos deja espacio para la existencia de Estados fallidos que se convierten en refugio de los grupos mafiosos, religiosos o ideológicos. Y, finalmente, el desarrollo exponencial de las tecnologías de la comunicación permite transmitir información más rápido, más lejos y de manera más barata que nunca antes en la historia. Más aún: la cobertura de los medios otorga una exposición nunca antes soñada a las acciones terroristas o de guerra, a la vez que airea ante la opinión pública metropolitana las posibles acciones de respuesta o represión de las fuerzas regulares.

El concepto de guerra de IV generación aparece por primera vez en un paper en el Marine Corps Gazette, en octubre 1989 -es decir, en vísperas de la caída del bloque comunista. Vale la pena extraer algunos pasajes:

La guerra de primera generación corresponde a las tácticas de la era del mosquete de ánima lisa, tácticas de línea y columna. Éstas se desarrollaron en parte como respuesta a factores tecnológicos -la línea maximizaba la potencia de fuego, se necesitaba una instrucción rígida para generar una cadencia alta de fuego, etc-, y en parte debido a condiciones sociales e ideas; por ejemplo, las columnas del ejército revolucionario francés reflejaban tanto el élan de la revolución como el bajo nivel de entrenamiento de los reclutas.

La guerra de segunda generación fue una respuesta al mosquetón de ánima rayada, la carga trasera, el alambre de espino, la ametralladora y el fuego indirecto. Las tácticas se basaban en fuego y movimiento, y seguían siendo esencialmente lineales. La defensa todavía intentaba impedir cualquier penetración; y, en el ataque, una línea dispersa lateralmente avanzaba a ráfagas en grupos pequeños. Quizás el principal cambio respecto a las tácticas de primera generación era la fuerte dependencia del fuego indirecto; las tácticas de segunda generación se resumen en la máxima francesa: “La artillería vence, la infantería ocupa” [7].

La guerra de tercera generación fue también una respuesta al incremento de potencia de fuego en el campo de batalla. Sin embargo, el impulso principal se debió a las ideas. En la Primera Guerra Mundial, conscientes de que no podían vencer en una competición de material a causa de su menor base industrial, los alemanes desarrollaron tácticas radicalmente nuevas. Basadas en la maniobra más que en el desgaste, las tácticas de tercera generación fueron las primeras auténticamente no lineales. El ataque se fiaba a la infiltración para rodear y embolsar a las fuerzas enemigas antes que buscar un choque directo y su destrucción. La defensa se hacía en profundidad y a menudo invitaba a la penetración, lo que tendía una trampa para el contraataque.

Mientras que los conceptos básicos de las tácticas de tercera generación estaban ya presentes hacia finales de 1918, la aparición de un nuevo elemento tecnológico -los tanques- provocó un cambio de la máxima importancia en el nivel operacional en la Segunda Guerra Mundial. Ese cambio fue la blitzkrieg. En la blitzkrieg, la base del arte operacional cambia del espacio (como en el enfoque indirecto de Liddell Hart) al tiempo. El cambio ha sido reconocido explícitamente sólo de manera reciente en el trabajo del Coronel retirado de la Fuerza Aérea John Boyd y en su “teoría OODA (observation-orientation-decision-action)”.

Según los autores, las 4GW intensificarían tendencias presentes en los anteriores cambios de paradigma:

Cada cambio generacional ha estado marcado por una mayor dispersión en el campo de batalla. El campo de batalla de cuarta generación incluirá probablemente toda la sociedad del enemigo. Tal dispersión, unida probablemente a la mayor importancia de acciones de grupos muy pequeños de combatientes, requerirá incluso del nivel más bajo la capacidad de operar flexiblemente sobre la base de los propósitos del mando.

La concentración de hombres o de potencia de fuego ya no será un factor decisivo. De hecho, la concentración puede convertirse en una desventaja, al ofrecer un blanco más fácil. Tenderán a dominar las fuerzas pequeñas, con alta capacidad de maniobra y ágiles.

… un fin [será] derrumbar al enemigo internamente antes que destruirlo físicamente. Los blancos incluirán aspectos como el apoyo popular a la guerra y la cultura del enemigo. La correcta identificación de los centros de gravedad estratégicos del enemigo será de la máxima importancia.

En términos generales, parece probable que la guerra de cuarta generación sea ampliamente dispersa y en buena medida indefinida; la distinción entre paz y guerra se difuminará hasta casi desaparecer. Será no lineal, posiblemente hasta el punto de carecer de campos de batalla y frentes definidos. La distinción entre “civil” y “militar” puede desaparecer. Las acciones tendrán lugar simultáneamente en toda la profundidad de los participantes, incluyendo sus sociedades como entidades culturales y no meramente físicas.

Como vemos, las guerras de IV generación no serían sino la aplicación de tendencias y tácticas presentes, en esbozo al menos, a lo largo de toda la historia del arte bélico, combinadas con la tecnología y las condiciones sociopolíticas del presente. A la vez que resultan familiares para el lector de Tucídides, César o Sun Tzu, tienen un carácter netamente postmoderno y nos hacen evocar ejemplos ya muy familiares. No es casual: poco después de los ataques del 11-S, un supuesto portavoz de Al Qaida hacía mención expresa de las 4GW y sus teóricos americanos. Y, al parecer, también los militares chinos permanecen atentos a sus posibilidades [8].

Once

Desde 2001 -o, quizás mejor, desde el fracaso del proceso de Oslo-, el campo de pruebas natural de la nueva guerra han sido los conflictos en torno a la guerra contra el terror y los focos tradicionales de inestabilidad en Oriente Próximo. Ahondando en el universo estratégico de las 4GW, y a partir sobre todo de la experiencia iraquí, pero atento también a grupos ideológicos, religiosos y mafiosos de todo el mundo, John Robb -cuyo blog Global Guerrillas es el principal divulgador del postmodernismo bélico- ha definido el open source warfare por analogía con el desarrollo del software libre:

Robb llama a este nuevo tipo de conflicto open source warfare, porque la forma en que los grupos insurgentes se organizan, compartiendo información y adaptando sus estrategias guarda un gran parecido con el movimiento open-source en el desarrollo de software. Los grupos insurgentes, como hackers de software de código abierto, tienden a formar redes laxas y no jerárquicas para seguir una meta común…

“A lo que estamos asistiendo es al facultamiento del individuo para dirigir la guerra” (…) Mientras que el concepto de guerra asimétrica se remonta al menos 2.000 años, al estratega chino Sun-tzu, el conflicto de Iraq ha redefinido la naturaleza de tales combates. Como los acontecimientos dejan dolorosamente claro, dice Robb, la guerra se está transformando de un asunto circunscrito al patrocinio de los Estados a uno donde los medios y el conocimiento para presentar batalla se encuentran con facilidad en internet y en una tienda local de componentes.

Pero el énfasis del open source warfare está puesto en la sencillez, la baratura y la facilidad para compartir información antes que en la complejidad tecnológica. Es relativamente fácil destruir un vehículo blindado o un robot de 100.000 dólares con explosivos convencionales y la tecnología de un teléfono móvil, un mando a distancia, un timbre o un videojuego. Aparatos más o menos rudimentarios se han cobrado un número enorme de vidas y de pérdidas materiales en Iraq -y aquí cabría citar también el ejemplo de los atentados de Atocha. Lo más importante es que los insurgentes, al no estar organizados jerárquicamente sino en forma de red, actúan con gran independencia y son capaces de adaptarse a las circunstancias a mucha mayor velocidad que un ejército organizado según parámetros convencionales. Además, aprovechan las nuevas tecnologías para compartir la información obtenida sobre el terreno prácticamente en tiempo real: se ha calculado que los ciclos de aprendizaje de la insurgencia iraquí son 20 veces más rápidos de lo que eran los del IRA en los años ochenta. Este carácter empírico y autosuficiente los aparta también de los ejércitos convencionales, con sus lentos y caros procesos burocráticos para la adquisición de material.

Pero la fuerza de los guerrilleros open source -su flexibilidad, falta de jerarquía y carácter anárquico- podría convertirse en debilidad si, imitando a las guerrillas convencionales, pretendiesen meramente capturar el Estado y dirigirlo. Siguiendo una estrategia argelina, su pretensión es más bien destruir la viabilidad y legitimidad del Estado existente -mediante el terror directo y la interrupción de sistemas: electricidad, oleoductos, plantas energéticas, flujos de mercancías…- y vaciarlo sin llegar a sustituirlo. Además de la insurgencia iraquí, Hezbollah ofrece un ejemplo meridiano de esta última estrategia, así como de otra de las características de la 4GW vaticinadas por sus teóricos: la cada vez más borrosa distinción entre “civiles” y “combatientes”. La guerra del Líbano del verano de 2006 permitió observar el dilema que asalta a un ejército regular cuando ha de combatir a un enemigo camuflado entre civiles, o que más bien participa a un tiempo de ambas categorías: toda respuesta provoca el rechazo de la comunidad internacional y de la propia opinión pública por “desproporcionado”. En el caso de los movimientos islámicos, la falta de distinción entre civiles y combatientes tiene raíces no sólo estratégicas, sino religioso-ideológicas.

¿Cómo puede el Leviatán enfrentarse al reto que le plantean las 4GW y el open source warfare? La respuesta obvia es que no puede. No, al menos, mientras mantenga las características que lo hacen vulnerable. En cuanto a su organización militar, deberá superar el paradigma de Clausewitz y ajustarse a los parámetros de la guerra postmoderna: pequeñas fuerzas móviles y capaces de tomar decisiones sobre el terreno, máxima importancia de la inteligencia, flujos horizontales de información, operaciones en toda la profundidad del enemigo. Además, y pese a los escándalos y las vestiduras rasgadas, habrá de acostumbrarse a las subcontratas como la tristemente célebre Blackwater, sin cuyo concurso el esfuerzo de guerra americano en Iraq sería hoy mismo insostenibe. Y el Leviatán deberá desmontarse en alguna medida para que el Estado pueda sobrevivir, potenciando la organización en red de los servicios, evitando los nodos sensibles a ataques estratégicos y descentralizando su gestión. Para quienes vean en este paisaje futuro un festín anarco-capitalista, hay que aclarar que el Estado seguirá teniendo un papel, o más vale que así sea si queremos evitar la anarquía y el feudalismo. Pero deberá aprender a delegar y a hacerse presente de manera distinta: no será tanto quien ejerza el monopolio de la violencia cuanto el de su legitimación. Deberá transformarse para no desaparecer del todo; convertirse quizás en un Leviatán fractal. Y también habrá de ofrecer una respuesta jurídica clara a las tácticas de la nueva guerra y a sus combatientes, una respuesta que salvaguarde la sociedad abierta, el Estado de derecho y la aspiración de una legalidad internacional sin ofrecer los resquicios que hoy aprovechan sus enemigos.

Los terroristas emplean la misma libertad de una sociedad libre y su carácter abierto, sus mayores fuerzas, contra ella. Pueden moverse libremente por nuestra sociedad mientras trabajan activamente para subvertirla. Usan nuestros derechos democráticos no sólo para penetrar en ella, sino para defenderse. Si los tratamos con arreglo a nuestras leyes, obtienen abundante protección; si simplemente los matamos, la televisión puede hacerlos aparecer fácilmente como víctimas. Los terroristas pueden hacer la guerra a su manera mientras gozan de la protección de la sociedad que atacan. Si nos vemos forzados a dejar a un lado nuestro propio sistema de garantías legales para tratar con ellos, también obtienen una cierta victoria.

Lind, Nightengale, Schmitt, Sutton y Wilson, “The Changing Face of Warfare: Into the Fourth Generation.” Marine Corps Gazette, octubre de 1989

Leviatán 2.0

…para que todo permanezca igual.

NOTAS

[1] – “Si queremos que todo permanezca igual, es preciso que todo cambie”.

[2] -

Argelia era una colonia francesa, pero también un asentamiento, una migración masiva de pueblos del norte del Mediterráneo hacia la costa sur del mar. La población indígena de Argelia en 1830, cuando Francia tomó posesión de ella, era de un millón y medio de árabes, y estaba en declive. Los pieds noirs que colonizaron Argelia desde Europa incluían franceses, corsos, españoles e italianos. Para 1954, habían expandido 2.000 millas cuadradas de tierra cultivada (en 1830) hasta 27.000. (…) Pero su llegada también tuvo la consecuencia imprevista de revivir la población nativa y disparar su crecimiento. La prosperidad no sólo atrajo colonos procedentes del resto del Magreb, sino que los servicios médicos franceses atajaron las muertes debidas a la malaria y el tifus de modo que, para 1906, la población musulmana había llegado a los 4 millones y medio, y en 1954 se contaba en 9 millones.

Done with Mirrors, Algeria

Hay que recordar que Palestina, otro de los crisoles del terrorismo moderno, experimentó un proceso parecido de revitalización económica y demográfica con la llegada de los colonos sionistas desde finales del siglo XIX.

[3]Der Grossmufti von Jerusalem no sólo fue un modelo, sino que algunos de los más destacados terroristas argelinos habían servido a sus órdenes en la Legión SS musulmana, como Mohammedi Sai, que se lanzó en paracaídas sobre Túnez como agente del servicio secreto alemán.

Entre sus discípulos se contaban algunos de los peores asesinos del siglo XX, como Ait Hamouda, conocido como Amirouche, y Ramdane Abane, que había rebanado pechos y testículos en las matanzas de 1945, que leyó a Marx y Mein Kampf en prisión y cuyo lema era “Un cadáver en traje vale más que veinte de uniforme”. Estos hombres, que habían absorbido todo lo peor que ofrecía el siglo XX, imponían su voluntad en los pueblos por el puro terror; nunca usaron otro método. (…) Las órdenes escritas de Ben Bella incluían: “Liquidad a todas las personalidades que quieran representar el papel de interlocuteur valable“. “Matad a cualquier persona que intente desviar a los militantes e inculcarles un espíritu bourguibiano“. Otra: “Matad a los caids… Llevaos a sus niños y matadlos. Matad a todos los que pagan impuestos y a los que los recaudan. Quemad las casas de los soldados musulmanes que están fueran en servicio activo”.

Paul Johnson, Modern Times

[4] – El general Salan, líder de la OAS, dio, por ejemplo, las siguientes órdenes:

Se lanzarán “cócteles Molotov” contra sus vehículos blindados… día y noche… [El objetivo es] destruir a los mejores elementos musulmanes en las profesiones liberales para obligar a la población musulmana a valerse por sí misma… para paralizar los poderes existentes y hacerles imposible ejercer su autoridad. Se generalizarán las acciones brutales sobre todo el territorio… contra las obras de arte y todo lo que represente el ejercicio de la autoridad, de manera que conduzca al máximo de inseguridad general y a la total parálisis del país.

Citado en Johnson, op.cit.

Sin saberlo, con esta última frase prefiguraba la interrupción de sistemas, una de las modalidades típicas del open source warfare y las guerrillas globales.

[5] – Algo que distingue las guerrillas tradicionales de las 4GW propiamente dichas es que las primeras suelen acabar en una fase convencional con la ocupación de la capital u otros objetivos -se trata del modelo maoísta o vietnamita.

[6] – En este artículo en Defense and the National Interest puede leerse una lista tentativa de dichos fenómenos.

[7] – Según los autores del artículo y una opinión bastante extendida, el ejército de EEUU aún se hallaría en esta fase; es decir, ni siquiera habría pasado por el estadio de la Blitzkrieg.

[8] -

Que la elite gobernante China considera una opción válida las tácticas de estado canalla se ha demostrado con la publicación en China de Guerra sin límites, escrito por dos coroneles del ejército chino. Para combatir a los poderosos Estados Unidos, argumenta el libro, una relativamente débil China debe considerar emplear el terrorismo, el tráfico de drogas, la degradación medioambiental y la propagación de virus informáticos. Guerra sin límites forma parte de un cuerpo más amplio de literatura militar china que afirma que China puede derrotar a unos Estados Unidos mucho más fuertes seleccionando con cuidado sus armas y tácticas y manteniendo una mayor voluntad política.

Ross H. Munro, “China: The Challenge of a Rising Power”, en Kagan, R. y Kristol, W. (ed.), Present Dangers

7 comentarios

  1. Felicidades por el post. Las citas de Johnson no aportan gran cosa. Un solo comentario: en 1954 había en Argelia 700 mezquitas (citado por Judt en su libro “Postguerra”). En el arco de una generación el mismo país estaba incubando una guerra civil fruto de la radicalización islámica. Escriban sobre ello, por favor.


  2. Trepidante artículo, como el de arriba. Como ya dije en su día, estimado “feo”, es un placer degustar estos largos artículos como quien fuma un Montecristo. Genial.

    Lo bueno (o malo) de estos temas es que en cierto grado nos llevan a hablar de ética y sobre el plano teórico es muy difícil establecer ciertas categorías sin dejar las puertas abiertas a ciertas formas de gobierno francamente detestables y destructoras. Como decía el coronel Mathieu en “La Batalla de Argel”: “La palabra tortura no figura en nuestros diccionarios”. No se tortura oficialmente pero sí se “hacen interrogatorios con éxito”. La ley no admite la tortura pero quienes han de aplicarla sí lo hacen en ciertas circunstancias. Pero… ¿cuáles son esas circunstancias? No las que diga una ley, desde luego, pero sí las que dicten los que temporalmente la subvierten bajo la condición de la eficacia. ¿Qué se puede hacer?

    Bajo mi punto de vista creo que es evidente que la forma de luchar muchas veces, por no decir siempre, se convierte en tan sucia como quiera el oponente. Por ello a la guerra no convencional (guerrilla y terror) siempre se le opondrá una serie de represalias ajenas a cualquier legalidad posible. La lucha contraguerrillera fue inventada por Valeriano Weyler, militar español, y los métodos que ésta esbozó fueron una de las excusas moralistas de EEUU para involucrarse en la guerra de 1895-98. Tales métodos acabaron con los mambises cubanos y su impune actuación previa pero finalmente se desbarataron por la intervención americana. ¿Debería aceptarse la tortura, la reconcentración de civiles, arrestos masivos, etc, etc? Es cierto que EEUU parece estar avanzando en la legalización de ciertas formas de tortura a terroristas (tortura ésta que ante la previsión de grandes catástrofes inminentes hasta un pio humanista validaría) pero, como he dicho, resulta evidente que ese camino ha de detenerse en algún punto. ¿O no?

    Dado que la guerra no convencional suele ser lanzada a largo plazo por sus perpetradores es difícil solventar los problemas de la lucha contra ella con un levantamiento de las garantías constitucionales. Si se tomase esa resolución se tendría que mantener tanto en el tiempo que se convertiría en un golpe de estado más que una excepción constitucional. El tiempo no es baladí porque si observamos la forma de combatir de Inglaterra en la segunda guerra mundial veremos cómo pasó de la más cándida caballerosidad (en los primeros compases de la guerra la tripulación muerta de un Dornier alemán estrellado en Escocia fue enterrada con todos los honores militares) a la más despiadada actitud vengativa (Dresde). Podríamos ver una progresión semejante en cualquier bando de cualquier guerra estancada: como se ve clarísimamente en el ius in bello referido a los sitios o cercos de plazas y ciudades durante la antigüedad, el medievo y la etapa moderna.

    La única respuesta sencilla a estos problemas que se me ocurre es la fuerte alianza entre los países objeto de ataques no convencionales y el establecimiento de áreas de contención en los lugares en que se alzan nuestros actuales enemigos. En la medida en que se permita que esos enemigos potenciales (clarísimamente: los musulmanes) se establezcan en nuestro suelo la “vacuna” contra un posible “jaque global a occidente” será cada vez más costosa o, incluso, inasumible.

    La pregunta, en gran medida, no es otra que la que sigue: ¿es óptima la actual globalización económica? La respuesta es que, a día de hoy, no. La seguridad importa.

    Salud y libre comercio


  3. Evidentemente, el asunto de la tortura, las convenciones humanitarias, etc, está presente. Sólo lo he insinuado al hablar de Argelia y al final, porque no era el asunto central del post y porque habría que doblar o triplicar su ya desmesurada longitud. Como creo que tú mismo has apuntado alguna vez, hay más o menos dos posturas -quiero decir, para los que se plantean el dilema; la mayoría prefiere ocultar la cabeza en la arena pensando que así desaparece el problema-: legalizar algunas formas de tortura, de manera que se deje claro qué se puede y qué no se puede hacer para obtener información; y seguir practicando interrogatorios irregulares sin sanción legal, de forma que el interrogador sepa que se quedará solo ante sus responsabilidades penales si se le va la mano o incurre en puro sadismo. Es una cuestión sumamente espinosa, y siempre es de agradecer la valentía. Por ejemplo, un hombre que se autodefine de izquierdas, y asociado a la Tercera Cultura, Sam Harris, ha planteado abiertamente si es preferible algún modo de tortura para obtener información que permita seleccionar objetivos y minimizar daños en bombardeos y operaciones militares.


  4. Por supuesto la guerra de IV gen. ya está en marcha, y no sólo por los ataques a NY, Bali, Madrid o Londres. ¿Cómo explicar reacciones como las reflejadas en lemas del tipo: “Las bombas de Irak estallan en Madrid”? El ataque a nuestro valores, a nuestra sociedad física y psíquica (el derrumbe del WTC es algo de tal magnitud que ha modificado nuestro inconsciente colectivo).

    Este fenómeno open source warfare es imposible de detener por medios clásicos. Al igual que una amplia bandada de pájaros volando al unísono no se puede desorientar ni desunir matando a uno o a unos pocos de sus miembros, porqué no hay líder ni jerarquía, el fenómeno del terror global no se puede atajar de una manera rápida, quirúrgica y distante. Será necesario un proceso defensivo inverso, ascendente, desde abajo hasta arriba.

    Que el Leviatán delegue e incluso que se fragmente y se autorreplique en escalas menores parece una buena solución. Se elimina el alto riesgo de pérdida inherente a las estructuras fuertemente centralizadas y jerarquizadas. Sin caer en el ancap o el feudalismo, porque la superación de esas dos rémoras es de lo mejor que ha traído. La implicación del sector privado en la defensa también creo que es muy positiva.

    En parte soy optimista. Si reaccionamos pronto, si la sociedad comprende el grado de la amenaza y asume un papel responsable, mediante un uso fuerte de la inteligencia militar, de la infiltración y de operaciones encubiertas se puede contener y revertir el peligro.

    Pero en parte soy pesimista por lo que ya suponen Irán en el corto plazo y China en el medio. Es temible que el libro de cabecera de un ejército nuclear sea una obra como “Guerra sin límites”.

    Yo también creo que el actual modelo de globalización no es óptimo, debe ser mejorado, eso es obvio. Perseguir objetivos más allá de los económicos puede ser el camino.

    Descomunal labor la suya, J, con estos dos artículos. Es loable este tipo de esfuerzos intelectuales y esta generación de debates.


  5. La invasión terrestre de Kosovo o la misma Servia hubiese ahorrado las bajas civiles que las semanas de bombardeos produjeron, de igual modo la inteligencia militar (con tortura) puede ahorrar bajas a esas tropas terrestres así como a civiles. Es una escala de valores que, de acuerdo a criterios prácticamente objetivos, viene a demostrar eso que se llama la inconsistencia temporal del “humanitarismo a cualquier precio”.


  6. Está también el ejemplo de Oriente Próximo. La paranoia anti-israelí suele pasar por alto, cuando se habla de la supuesta “matanza de Jenín” y cosas así, que las operaciones contra ciudades, asentamientos o campos de refugiados suelen consistir en “limpiar” con artillería o desde el aire para minimizar la resistencia y las bajas propias. Están los ejemplos que citas, como Iraq en las dos guerras, Grozny y, muy recientemente, el campo palestino de Nahr al-Bahred, arrasado por el ejército libanés y con unos 40.000 desplazados. La razón es que los soldados hoy en día son muy caros, tanto en términos de formación, como de opinión pública y, en último término, demografía. Que Israel suela emplear otras tácticas podría deberse no sólo a consideraciones morales y de relaciones públicas, sino a la existencia del servicio militar.


  7. Buena exposición. Sobre las conclusiones pues no sé chico, eso de la “sociedad en red” y demás parece algo necesario, pero ¿cómo?; no me aclaro con aquello de que el Leviatán deba hacer “operaciones en toda la profundidad del enemigo” precisamente porque la misma expresión se entiende perfectamente cuando hablamos de guerrillas/grupos terroristas/estados canalla/…

    Quitanto ésto último el resto de objecciones (más o menos irresolubles) lo ha planteado Iracundo perfectamente. En principio podría decantarme por la opción del “interrogatorio con éxito” y, en general, por el GAL (já!), pero, claro, existe otro problema inmenso para una socidad democrática y es que cuando algún caso fuera conocido poderes y “defensores de la causa” afirmarían con toda rotundidad que airear tales casos sería hacer el juego al enemigo dejando de lado que tales prácticas son intrínsecamente inmorales y laceran la democracia en legitimidad y en legalidad. El establecimiento de “ciertos grados de tortura” serviría para 1) poner coto a la ilegitimidad de una democracia que hace tales cosas y 2) se iría preformando un cierto modo de ver las cosas que impediría acusaciones basadas en la simple paranoia, algo muy extendido en nuestros días por mucho que algunos “defensores de la causa” lo nieguen, lo obvien o acusen a quienes señalan tales cosas.

    En principio habrá, hay, GAL, después ya veremos. Es un debate necesario desde luego, veremos qué podemos extraer de la experiencia dentro de un tiempo, ninguno somos tan ingenuo como para creer que esto puede solventarse con simples teorías.

    Saludos



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