Noblesse (de robe) oblige

Posted on Noviembre 30, 2007 porJ


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Spengler reseña esta semana (desfavorablemente) Shadow Warriors, de Kenneth Timmerman. Más allá de los posibles vicios y virtudes del libro, su asunto -la nociva influencia, sabotaje incluso, de los servicios de inteligencia y agencias estatales sobre la política exterior de la administración Bush- podría suscitar una reflexión en torno a las inercias de los servidores públicos, y cómo éstas chocan a veces con las políticas declaradas o implícitas de sus gobiernos. Piénsese que, incluso en países más dados a la continuidad institucional que España, los altos cargos de la política exterior son apenas pasajeros de la escena internacional frente al grueso de funcionarios, burócratas, diplomáticos y militares, los encargados de implementar las políticas sobre el papel y el terreno. Y estos, como recuerda la escuela de la Elección Pública, tienen sus propios intereses, pero también sus ideologías y lealtades grupales, y un conservadurismo instintivo que les hace desconfiar de los cambios y los riesgos. No hace falta llegar a casos extremos como Dexter White o Alger Hiss para entender que, individualmente o como grupo, los funcionarios persiguen a veces, a menudo, fines distintos de los de sus gobiernos. La diplomacia americana tuvo antes y después de la guerra mundial un sesgo anti-británico en la medida en que era anti-monárquica y anti-imperial por naturaleza, pese al estatus de aliados incondicionales de ambas naciones. Y basta leer a Greene o Le Carré para entender hasta qué punto los funcionarios del Foreign Office y de la inteligencia británica han despreciado a su vez la supuesta simpleza, el idealismo y el fundamentalismo democrático de los americanos. David Pryce-Jones ha avanzado en Betrayal que la elite funcionarial del Quai d’Orsay fue la principal fuerza modeladora de la política exterior francesa durante la Tercera y Cuarta repúblicas ante el continuo baile de ministros. Sin cruzar los Pirineos, recordaremos los sarpullidos que provocó el giro atlantista de Aznar, no sólo entre la opinión pública en general, sino entre las elites políticas y diplomáticas. Uno de los reproches más repetidos era que la nueva política rompía con todas nuestras alianzas y alineaciones tradicionales (aunque a menudo no quedaba claro si se referían al orbitar socialista en torno al núcleo renano o a la “tradicional amistad con los pueblos árabes” de Franco).

Dicho esto, que consideremos en toda su complejidad el carácter multicéfalo o de muñeca rusa de las políticas exteriores y las diplomacias no debería hacernos caer en visiones conspirativas según las cuales los altos ideales políticos son siempre torpedeados por funcionarios trapaceros y cortos de miras. Antes al contrario, debería suponer un antídoto contra las teorías-para-todo de expertos de baratillo, y sus lobbies todopoderosos siempre prestos a capturar el Estado en su provecho. Nada halaga tanto a un imbécil como explicar la historia del mundo con una sola fórmula afortunada.

ACTUALIZACIÓN- Arrecian ya los comentarios en la órbita neocon y el conservadurismo en general en torno a la posibilidad de que el informe NIE sobre el programa nuclear iraní -celebrado por la siempre provinciana prensa española con una buena ración de caritas de George Bush- sea antes que nada una pieza política destinada a disuadir de la opción militar. Los israelíes, por su parte, no se fían. El hecho cierto es que, aun cuando el programa militar estuviera efectivamente “congelado”, el paso del uso civil al militar permanece abierto mientras exista tecnología para el enriquecimiento de uranio.