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The Pursuit of Glory

Enero 3, 2008

Gerome Condé
Jean-Léon Gerome, Recepción del Gran Condé en Versalles

Continúo la serie informal de comentarios en torno a The Pursuit of Glory. El libro de Tim Blanning puede interpretarse en buena medida como una presentación del desarrollo del Estado moderno, y de la creación paralela de un espacio público tanto real como simbólico. Es una historia ya contada, casi diríamos tópica, pero avalorada por la actualización y por el cuidado que autores y editores ingleses ponen -dejando a un lado una al parecer insalvable incapacidad para anotar correctamente los nombres castellanos- en la empresa editorial (el libro pertenece a una serie en curso de publicación, The Penguin History of Europe). Además, la mirada tranquila de Blanning da el mentís a algunas pretensiones revisionistas exageradas, como poner en cuestión la existencia misma de un programa absolutista de Luis XIV; pero apoya al tiempo otras reinterpretaciones más sólidas, como la extrema cautela con que hay que tomar el concepto de “Revolución” -frente a “evolución”- industrial.

El libro se abre, inesperada pero no injustificadamente, con un capítulo dedicado a las comunicaciones, y siguen otros sobre demografía, comercio y agricultura. En este último hallamos sabrosos ejemplos del papel del Estado y las instituciones en la modernización de las explotaciones agrícolas, y de la necesidad de distinguir escrupulosamente unas y otras modalidades institucionales en lugar de armar discursos moralizantes sobre las bondades o maldades del Estado in toto como categoría invariable, indivisible y ahistórica. Escribe Blanning:

Volviendo a nuestro imaginario campesino emprendedor francés, su intento de insuflar aire nuevo en la inerte agricultura de su aldea pronto hallaría castigo. Para evitar que el ganado del vecino se comiese sus nabos, lo obvio sería levantar una valla y cerrar así su parcela. La respuesta más probable sería la acción directa para echar abajo la valla, pero la acción legal también hubiera estado justificada. En otras palabras, cualquier cultivador que buscase romper con la tradición necesitaba no sólo conocimiento, espíritu emprendedor y coraje; también necesitaba el apoyo de las autoridades. No había excusa para que éstas no apreciasen el freno a la productividad que imponía la vaine pâture, denunciada por los agrónomos como “bárbara”, “salvaje” y “gótica” -el epíteto supremamente peyorativo de mediados del siglo dieciocho.

Es decir, se daba una compleja interrelación entre iniciativa privada, derechos comunales, instituciones feudales y el naciente Estado moderno. Algo distinto del cuadro maniqueo que enfrenta nítidamente a la primera y el último en la mitología del liberalismo à la page. Porque si las autoridades centrales francesas fueron incapaces de cortar el nudo feudal con la decisión precisa, no dejaba por eso de ser el Estado moderno en alguna de sus modalidades el único agente capacitado para hacerlo, como veremos; y, en ausencia de su apoyo, la iniciativa privada quedaba perfectamente desprotegida frente a los usos consuetudinarios del Ancien Régime -esos que algunos parecen añorar ahora.

Esta renuencia y/o incapacidad del Estado francés para avanzar en la supresión de los derechos comunales, y permitir así a los cultivadores emprendedores cerrar sus tierras, proporciona una excelente ilustración de los estrechos límites en los que operaba el Estado absolutista en la práctica. Fue en la Gran Bretaña constitucional y parlamentaria donde se llevaron a cabo las acciones que marcaron la diferencia. Fue así porque el Parlamento británico representaba los intereses agrarios del país. Una decisión adoptada en Westminster y encarnada en un decreto del Parlamento era después impuesta por esos mismos terratenientes que actuaban en calidad de Jueces de Paz. Muchas enclosures tuvieron lugar en Inglaterra como resultado del acuerdo entre todos los implicados; de hecho, el Parlamento normalmente declinaba actúar a menos que cuatro quintos de los propietarios hubieran declarado su consentimiento, pero la posibilidad de recurrir a la disposición legal ciertamente aceleró el proceso. (…) En otras palabras, abrirse camino a través de la espesa maraña de la agricultura comunal tradicional requirió un instrumento legislativo afilado y poderoso.

El ejemplo invocado por Tim Blanning ilustra bastante bien, en suma, sobre la necesidad de discriminar las formas institucionales seleccionadas en la larga marcha de la civilización de las fracasadas y arrumbadas. Algo bien distinto de ese tirar al niño con el agua de la bañera que algunos a derecha e izquierda juzgan hoy deseable. Y quizás sea también pertinente un breve apunte sobre la dialéctica centro-periferia. La descentralización -y menos una feudalización disfrazada- no es necesariamente el modelo óptimo en todo momento. La incapacidad del centro francés, con todas sus retóricas de absolutismo centralista, para comunicarse con la periferia feudal e imponerse a ella -una incapacidad no sólo ideológica, sino también, y quizás fundamentalmente, técnica- impidió un progreso parejo al de Inglaterra, donde la iniciativa y las aspiraciones locales hallaron mejor acomodo con el sentido impuesto con menos alharacas por el centro político, constituido en árbitro y garante del proceso.

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Y algo más. En fechas en que al bombardeo publicitario corresponde otro de sentido opuesto y contenido edificante, no menos molesto y mucho más confuso, no sobra el comentario de Blanning sobre el papel de la “revolución del consumo” en la aceleración del proceso industrial y en la extensión de lo que a veces hemos llamado “segunda globalización”.

Es posible también que mirar exclusivamente la economía por el lado de la oferta invite a una cierta decepción. Era en el lado de la demanda donde los británicos eran especiales. Como ha afirmado Neil McKendrick en un estudio fundamental, “Hubo una revolución del consumidor en la Inglaterra del siglo dieciocho. Más hombres y mujeres que nunca antes en la historia disfrutaron la experiencia de adquirir posesiones materiales… La revolución del consumidor fue el correlato necesario de la revolución industrial, la convulsión necesaria en el término de la demanda de la ecuación para igualar la convulsión en el lado de la oferta”. Lo que en el pasado se había contemplado como lujoso se tornó “apropiado”, y lo apropiado en una necesidad.

Niall Ferguson entre otros ha señalado la importancia del comercio de productos de lujo y estimulantes -psicoactivos, diríamos con una expresión quizás connotada- como el café, el té y el azúcar en el establecimiento de un comercio global y en la prosperidad de Inglaterra como primera potencia de ese mundo globalizado, permitiendo la acumulación de capital para la empresa industrializadora. Y es pertinente recordarlo aquí porque la “revolución del consumo” forma parte no sólo de un proceso de mejora de las condiciones materiales, sino de otro de cambio en torno a las costumbres, la familia, la vida privada y la expresión de la sentimentalidad, correlativos ambos a ese despliegue del Estado moderno del que venimos hablando. Siendo una cierta tendencia al consumo conspicuo un rasgo al parecer inherente a la naturaleza humana, no basta con desecharlo como un vicio atizado por el capitalismo, el progreso o algún otro espantajo deshumanizador. Es una parte del espíritu de la modernidad y la postmodernidad cuya importancia es difícil exagerar, y no cabe pensar que el mundo pudiera ser remotamente parecido en su ausencia. Las apelaciones al “consumo responsable” que pretendan pasar del vago y bienintencionado consejo personal ignoran tanto la naturaleza humana como la estrecha interrelación de los fenómenos socio-económicos. Por otra parte, siendo el marxismo consecuencia de la primera revolución -empleemos la expresión consagrada- industrial y los cambios sociales determinados por ésta, no debieran quizás las izquierdas gastarse en anatemas contra el consumo antes de considerar lo que ellas mismas tienen de byproduct del consumismo moderno.

2 comentarios

  1. Muy buen artículo Chema.

    Especialmente aguda la alusión al papel redentor del Estado moderno en la maraña civil feudal de pastos y tierras comunales. En esos tiempos, igual que en Somalia en nuestros días, parece que el derecho consuetudinario de los paisanos lleva a derechos de propiedad más que mediatizados…

    ¡Agora, agora, agora! ;)


  2. [...] modernos. Una homogeneidad a la que se ha llegado tanto por la progresiva unificación política, jurídica y fiscal, como por el aumento de la prosperidad y la nivelación de renta -ya sea por mecanismos de [...]



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