Epitafio para un candidato

Publicado en enero 14, 2008

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Al comienzo de una excelente entrada sobre el “fenómeno Ron Paul”, el editor de Done with Mirrors aclara la razón visceral de su desinterés hacia El único hombre capaz de salvar América: “la clase de gente que conozco que, de repente, lo ha adoptado como una religión”. Más allá de la broma, es difícil no compartir la percepción inmediata de que hay algo profundamente sospechoso, inquietante y al tiempo familiar, en el carácter providencial con el que los fans han querido investir al senador por Tejas. El muy distinto peso de Paul en la blogosfera y en la política real -una diferencia extrapolable, por ejemplo, al anarcocapitalismo español; o, por qué no decirlo, a todo el liberalismo patrio- ofrece además un recordatorio muy oportuno para quienes navegamos en estas aguas: internet no es aún, y quizás no lo sea jamás, enteramente coincidente con el mundo real. El mapa no es aún el territorio. Tampoco podríamos descartar -aplicando quizás una lógica conspiratoria no extraña al propio Ron Paul- que tras las adhesiones inquebrantables desarrolladas de la noche a la mañana en la blogosfera hispana hacia un oscuro senador tejano estén las consignas de fray Huerta. Chi lo sà?

Por supuesto, los problemas con la candidatura de Ron Paul no acaban aquí. Lo último ha sido el escándalo en torno al ya tristemente célebre newsletter; un escándalo que deja al descubierto no sólo -en el mejor de los casos- incompetencia y descuido, sino una personalidad tendente a la paranoia y a ver conspiraciones. Y estos últimos rasgos, a poco que se rasque la superficie, casan bien con el atractivo y gaseoso utopismo libertarian con el que Paul viene vendiendo su candidatura como un Jefferson Smith anarquizante camino de Washington. Un discurso capaz de atraer tanto al academicismo austríaco de la órbita del Mises Institute como a otros sectores estrafalarios unidos apenas por su paranoia anti-gobierno federal… y a no muchos más, al parecer. Los votos no respaldan, como ya se ha dicho, el entusiasmo cibernético; y, pese al cierre de filas de los true believers -algunos verdaderamente sorprendentes, tanto por el furor ideológico como por la distancia-, personalidades y medios del liberalismo tan dispares y poco sospechosos de neo o paleoconservadurismo como Johan Norberg, David Boaz del Cato Institute y Reason declaran ya sin ambages haber perdido la confianza en el senador por Tejas.

Con todo, por repugnante que nos resulte el racismo de los textos firmados, si no escritos, por Ron Paul, y por sospechoso que nos parezca el providencialismo de su parroquia, quedarían el programa del candidato y el discurso ideológico subyacente; algo que, para muchos liberales, basta para convertirle en el hombre idóneo, en la sola esperanza para EEUU y para el mundo. Cuando son precisamente esas dos cosas las que deberían haberle apartado desde un principio: desde sus propuestas económicas -los utópicos y los moralistas de la política y la economía nunca arruinan una idea genial tratando de explicar cómo podría ponerse en práctica en el inconveniente y molesto mundo real- hasta, y muy singularmente, su concepción taoísta de la geopolítica.

Un mundo del que se retraiga la presencia americana no será, opinen lo que opinen los antisistema de izquierda o derecha, un mundo más seguro ni más favorable al comercio y a la extensión de mercados libres. El crudo aislacionismo de Ron Paul tiene, pese a sus cansinas invocaciones a la Constitución y los Padres Fundadores, poco que ver con la opción política viable y sensata de una joven república ultramarina, y mucho con el trasplante de la utopía anarquista de mercado que pretende la abolición de la política a la escena internacional. Esta huida de la realidad que representaría la abolición siquiera simbólica de la geopolítica, tendría consecuencias de una gravedad difícil de evaluar para Europa, los países emergentes y, antes o después, la propia América. El mundo de hoy no es el de 1776, ni el de 1832, como no lo son los Estados Unidos. No hay hoy día un Imperio Británico sobre cuyos hombros dejar el peso del imperialismo comercial y democrático, a menos que alguien piense que la armada rusa o la china decretarán el librecambismo y perseguirán la esclavitud en los mares del siglo XXI. Cuando Roma desistió de su papel imperial no florecieron nuevas Atenas, sino naciones bárbaras. Es fácil, por otra parte, separar las intervenciones exteriores en buenas y malas a toro pasado como hace Ron Paul. Un cherry-picking que desvela toda la ingenuidad del pensamiento -o del discurso, al menos- del candidato a candidato: como si la presencia geopolítica de una superpotencia pudiese extenderse y retraerse para la ocasión, en lugar de ser un continuo esfuerzo, a menudo a ciegas, por no verse desplazado de la posición hegemónica.

Ron Paul parece creer que los hombres son criaturas angélicas y perfectamente racionales a las que basta la inhibición del Estado y un suave consomé de valores decimonónicos para vivir en paz y prosperidad. Este pseudo-racionalismo adanista lo acerca a algunos neo y paleo-progresistas, como nuestro sociólogo de melonar. Y por eso se permite opinar que la esclavitud podría haberse abolido en los EEUU sin necesidad de una guerra civil -aquí, con comentario de William Kristol; compárese su visión estratosférica con una histórica, trágica y real-, como si los lobos pudieran abandonar su dieta de la noche a la mañana por un mero acto de voluntad soberana. Al igual que el mal novelista imaginado por Gide, Ron Paul no tiene inconveniente en ver a los leones comiendo hierba. Creerá también sin duda que los mercados se abren y se sostienen, no ya por la mano invisible de Smith, sino por la divina Providencia del Creador. Porque, además, y como sucede -habrá que suponer que no casualmente- con buena parte de sus fans españoles, Paul despide algo más que un tufillo confesional, que da a su libertarianism un barniz si cabe aún más rancio y anacrónico. Se ha argumentado que los Padres Fundadores no hubieran aceptado el darvinismo, pero que eso no les impidió albergar una concepción de la naturaleza humana más acertada -y más afín a Darwin, al cabo- que la de los progresistas de hoy. Puede ser, aunque la idea de evolución, si no la selección natural, permeaba ya los ambientes intelectuales hacia fines del XVIII. Mas, con todos los peligros de estos juegos ucrónicos, mi sensación particular es que el talante de un Jefferson podría haber reculado ante la peligrosa idea de Darwin en 1800, pero no lo haría hoy día como notoriamente Paul -y muchos otros. Un signo más de que lo que en los Framers fue visión y adelanto, en Ron Paul es osificación, nostalgia y despego de la realidad.

Ahora, tras los escándalos y el fracaso en New Hampshire, parece que la carrera de Paul hacia la Casa Blanca acabará con un gemido. Pero no hay que perder de vista el primero de los motivos por los que nunca debió ser presidente del Estado más poderoso del mundo: su programa.

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Mientras preparaba esta entrada, Isidoro ha tratado el asunto desde una perspectiva en buena medida coincidente.

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