Al comienzo de una excelente entrada sobre el “fenómeno Ron Paul”, el editor de Done with Mirrors aclara la razón visceral de su desinterés hacia El único hombre capaz de salvar América: “la clase de gente que conozco que, de repente, lo ha adoptado como una religión”. Más allá de la broma, es difícil no compartir la percepción inmediata de que hay algo profundamente sospechoso, inquietante y al tiempo familiar, en el carácter providencial con el que los fans han querido investir al senador por Tejas. El muy distinto peso de Paul en la blogosfera y en la política real -una diferencia extrapolable, por ejemplo, al anarcocapitalismo español; o, por qué no decirlo, a todo el liberalismo patrio- ofrece además un recordatorio muy oportuno para quienes navegamos en estas aguas: internet no es aún, y quizás no lo sea jamás, enteramente coincidente con el mundo real. El mapa no es aún el territorio. Tampoco podríamos descartar -aplicando quizás una lógica conspiratoria no extraña al propio Ron Paul- que tras las adhesiones inquebrantables desarrolladas de la noche a la mañana en la blogosfera hispana hacia un oscuro senador tejano estén las consignas de fray Huerta. Chi lo sà?
Por supuesto, los problemas con la candidatura de Ron Paul no acaban aquí. Lo último ha sido el escándalo en torno al ya tristemente célebre newsletter; un escándalo que deja al descubierto no sólo -en el mejor de los casos- incompetencia y descuido, sino una personalidad tendente a la paranoia y a ver conspiraciones. Y estos últimos rasgos, a poco que se rasque la superficie, casan bien con el atractivo y gaseoso utopismo libertarian con el que Paul viene vendiendo su candidatura como un Jefferson Smith anarquizante camino de Washington. Un discurso capaz de atraer tanto al academicismo austríaco de la órbita del Mises Institute como a otros sectores estrafalarios unidos apenas por su paranoia anti-gobierno federal… y a no muchos más, al parecer. Los votos no respaldan, como ya se ha dicho, el entusiasmo cibernético; y, pese al cierre de filas de los true believers -algunos verdaderamente sorprendentes, tanto por el furor ideológico como por la distancia-, personalidades y medios del liberalismo tan dispares y poco sospechosos de neo o paleoconservadurismo como Johan Norberg, David Boaz del Cato Institute y Reason declaran ya sin ambages haber perdido la confianza en el senador por Tejas.
Con todo, por repugnante que nos resulte el racismo de los textos firmados, si no escritos, por Ron Paul, y por sospechoso que nos parezca el providencialismo de su parroquia, quedarían el programa del candidato y el discurso ideológico subyacente; algo que, para muchos liberales, basta para convertirle en el hombre idóneo, en la sola esperanza para EEUU y para el mundo. Cuando son precisamente esas dos cosas las que deberían haberle apartado desde un principio: desde sus propuestas económicas -los utópicos y los moralistas de la política y la economía nunca arruinan una idea genial tratando de explicar cómo podría ponerse en práctica en el inconveniente y molesto mundo real- hasta, y muy singularmente, su concepción taoísta de la geopolítica.
Un mundo del que se retraiga la presencia americana no será, opinen lo que opinen los antisistema de izquierda o derecha, un mundo más seguro ni más favorable al comercio y a la extensión de mercados libres. El crudo aislacionismo de Ron Paul tiene, pese a sus cansinas invocaciones a la Constitución y los Padres Fundadores, poco que ver con la opción política viable y sensata de una joven república ultramarina, y mucho con el trasplante de la utopía anarquista de mercado que pretende la abolición de la política a la escena internacional. Esta huida de la realidad que representaría la abolición siquiera simbólica de la geopolítica, tendría consecuencias de una gravedad difícil de evaluar para Europa, los países emergentes y, antes o después, la propia América. El mundo de hoy no es el de 1776, ni el de 1832, como no lo son los Estados Unidos. No hay hoy día un Imperio Británico sobre cuyos hombros dejar el peso del imperialismo comercial y democrático, a menos que alguien piense que la armada rusa o la china decretarán el librecambismo y perseguirán la esclavitud en los mares del siglo XXI. Cuando Roma desistió de su papel imperial no florecieron nuevas Atenas, sino naciones bárbaras. Es fácil, por otra parte, separar las intervenciones exteriores en buenas y malas a toro pasado como hace Ron Paul. Un cherry-picking que desvela toda la ingenuidad del pensamiento -o del discurso, al menos- del candidato a candidato: como si la presencia geopolítica de una superpotencia pudiese extenderse y retraerse para la ocasión, en lugar de ser un continuo esfuerzo, a menudo a ciegas, por no verse desplazado de la posición hegemónica.
Ron Paul parece creer que los hombres son criaturas angélicas y perfectamente racionales a las que basta la inhibición del Estado y un suave consomé de valores decimonónicos para vivir en paz y prosperidad. Este pseudo-racionalismo adanista lo acerca a algunos neo y paleo-progresistas, como nuestro sociólogo de melonar. Y por eso se permite opinar que la esclavitud podría haberse abolido en los EEUU sin necesidad de una guerra civil -aquí, con comentario de William Kristol; compárese su visión estratosférica con una histórica, trágica y real-, como si los lobos pudieran abandonar su dieta de la noche a la mañana por un mero acto de voluntad soberana. Al igual que el mal novelista imaginado por Gide, Ron Paul no tiene inconveniente en ver a los leones comiendo hierba. Creerá también sin duda que los mercados se abren y se sostienen, no ya por la mano invisible de Smith, sino por la divina Providencia del Creador. Porque, además, y como sucede -habrá que suponer que no casualmente- con buena parte de sus fans españoles, Paul despide algo más que un tufillo confesional, que da a su libertarianism un barniz si cabe aún más rancio y anacrónico. Se ha argumentado que los Padres Fundadores no hubieran aceptado el darvinismo, pero que eso no les impidió albergar una concepción de la naturaleza humana más acertada -y más afín a Darwin, al cabo- que la de los progresistas de hoy. Puede ser, aunque la idea de evolución, si no la selección natural, permeaba ya los ambientes intelectuales hacia fines del XVIII. Mas, con todos los peligros de estos juegos ucrónicos, mi sensación particular es que el talante de un Jefferson podría haber reculado ante la peligrosa idea de Darwin en 1800, pero no lo haría hoy día como notoriamente Paul -y muchos otros. Un signo más de que lo que en los Framers fue visión y adelanto, en Ron Paul es osificación, nostalgia y despego de la realidad.
Ahora, tras los escándalos y el fracaso en New Hampshire, parece que la carrera de Paul hacia la Casa Blanca acabará con un gemido. Pero no hay que perder de vista el primero de los motivos por los que nunca debió ser presidente del Estado más poderoso del mundo: su programa.
* * *
Mientras preparaba esta entrada, Isidoro ha tratado el asunto desde una perspectiva en buena medida coincidente.


seleucus
Enero 14, 2008
Desde luego, nada es gratis, y menos la libertad. Espero vivir lo suficiente para ver una Corea unificada y liberal, y un Israel libre de vecinos genocidas que echan de menos las Handzar Trennung.
coup de bâton
Enero 14, 2008
Perdón por el off-topic, te envié un mail en respuesta a tus recomendaciones ¿lo leiste? gracias
coup de bâton
Enero 14, 2008
Por otra parte, el aislacionismo de los “padres fundadores” (expresión que empieza a darme asco de tan magreada) no se plasmó jurídicamente en ningún sitio. Ya empieza a darme por saco que se acojan a la constitución para fundamentar sus propuestas aislacionistas. La constitución de EEUU no habla de política exterior (sería absurdo) y no es aislacionista ni intervencionista. No dudo en darle la razón a Paul en las demás cosas que dice porque tendría mi voto en todas las demás cosas pero su visión de la política exterior es lamentable y falta de realismo.
Sergio
Enero 14, 2008
El aislacionismo de EE.UU es cíclico. Es bastante fácil sacar los grandes periodos, pero también los hay otros menos perceptibles. Y no distingue demócratas o republicanos.
En 1993 Clinton envió a los marines a Mogadiscio. Hasta Hollywood sabe lo que pasó. Y lo que pasó después. Hasta 1995 no se utilizó a la OTAN para atacar posiciones serbias en Bosnia. En medio, aislacionismo de la más pura escuela.
En 2001, hasta el 11-S, Bush Jr. coqueteó con el aislacionismo más exteriorizable, al mismo tiempo que un submarino nuclear embistía “por accidente” un buque-escuela japonés; o que un Hércules espía era retenido en la isla de Hainan durante varias semanas (lo necesario para copiar todo: estos chinos…), provocando un incidente diplomático que sólo el 11-S limpió. En medio, ambiguas declaraciones sobre Taiwan (el mejor termómetro del clima aislacionista o no de EE.UU) o Corea.
Ah!. El aislacionismo de EE.UU sería una catástrofe para el mundo. El problema es que nos estamos acercando demasiado a una situación en la que el aislacionismo se imponga por cuestiones pragmáticas: el dinero. Hasta la URSS, con el 25% de su PIB destinado a “Defensa”, fue incapaz de mantener una flota permanente en los siete mares más allá de 25 años.
Josefo
Enero 14, 2008
Y dale con la cantinela. Ron Paul NO es aislacionista, sino no-intervencionista. Y sí, digáis lo que digáis, los Padres Fundadores ni entonces ni ahora desearon que los EEUU se convirtieran en el salvavidas del mundo.
Por otro lado, lo del mundo más inseguro suena a risa. El mundo siempre fue y será inseguro. Siempré habrá “bárbaros”. La cuestión está en si realmente es competencia de EEUU detenerlos o, por el contrario, de las naciones agredidas. Claro que, si pensáis que el Iraq de Saddam, con todas su canalladas, suponía una amenaza DIRECTA para Estados Unidos como para que interviniera en un conflicto armado… pues apaga y vámonos.
Ya está bien de guerras, señores. El siglo XX ha sido, sin duda, el siglo del estatismo… y el más sangriento de toda la historia. No es casual.
En cualquier caso, si tan amenazados os sentís, me parece legítimo. Armáos y combatid. Pero no obliguéis al resto. Dejemos que los americanos decidan que es lo mejor para ellos: seguir dando bombazos por el mundo o ceñirse a la política de no-intervención.
¿Soy pacifista? Desde luego que no. Paul tampoco. Paul aprobó que EEUU interviniera en Afganistán, en tanto estaba claro que este país daba cobijo a los criminales del 11-S. ¿Pero Irak? ¿y ahora Irán? Que se las apañen como puedan. Los contribuyentes americanos no tienen por qué ser los garantes del bienestar mundial.
lector
Enero 14, 2008
Lo que dice (usted) suele ser razonable y ésta no ha sido una excepción. Permítame una queja: el color de fuente gris hace bastante incómoda la lectura.
J
Enero 14, 2008
Creo que ya he dejado claro en el post la credibilidad que me merece la distinción de Paul entre aislacionismo y no-intervencionismo, como también su egiptización del legado de los Framers y la Constitución. Allá el que crea que estamos aún en los días en que la Royal Navy patrullaba los siete mares.
Sergio, como antes al Imperio Británico, a EEUU le ha bastado históricamente un porcentaje relativamente bajo del PIB para mantener la fuerza militar de un hegemón, incluso en los momentos más crudos de la Guerra Fría. Pero tienes razón en que incluso ese porcentaje puede llegar a ser (o parecer) demasiado oneroso. Se ha discutido si Europa y otros bloques deberían contribuir al presupuesto militar americano en lugar de seguir actuando como free-riders o planteando fantasmagóricas fuerzas militares alternativas. La idea, sin ser mala, es impracticable, que es lo segundo peor. Aun suponiendo que los EEUU lo propusiesen y la UE aceptase, ¿te imaginas los berridos de los anti-imperialistas de izquierda y derecha? Sería una especie de reedición de la liga de Delos, o sea, Imperio ya prácticamente de iure y no sólo de facto, o en todo menos en el nombre.
J
Enero 14, 2008
Ah, se me olvidaba:
Ya está bien de guerras, señores. El siglo XX ha sido, sin duda, el siglo del estatismo… y el más sangriento de toda la historia. No es casual.
Esto sí que es una cantinela: la de que la guerra es un programa estatal, que han puesto en circulación los anarquistas y los “liberales” acomplejados se han tragado hasta el rabito. Pues no, señores: el Estado moderno no ha tendido a aumentar sino a reducir el porcentaje de muertes violentas. Aquí, aquí, aquí, aquí… por poner unos pocos ejemplos.
Nada nuevo, en todo caso. Ya se ve que la confluencia entre anarquismo, relativismo postmoderno y pacifismo estrafalario antisistema sigue a todo trapo.
coup de bâton
Enero 14, 2008
“Ya está bien de guerras, señores. El siglo XX ha sido, sin duda, el siglo del estatismo… y el más sangriento de toda la historia. No es casual.”
No es casual desde luego. Y como todos sabemos, el nazismo fue derrotado por una confederación intergaláctica de comunas ancaps libertarias de derecho privado, sobre todo las que se establecieron en América del Norte, en las islas británicas, en Oceanía, en el sur de África…
Josefo
Enero 14, 2008
Utilizáis el termino ancap como despectivo. No me doy por aludido, pues ni lo considero tal ni soy ancap.
J: Según tu planteamiento, habría que derogar/modificar/matizar la Primera Enmienda, ¿no? Al fin y al cabo no estamos en el siglo XVIII y las cosas han cambiado. En fin.
coup de baton: EEUU entró en la Segunda Guerra Mundial tras el ataque a Pearl Harbour.
Un liberal consecuente es aquel que quiere limitar el poder del Estado… en todos los ámbitos. Tanto en el interior como en el exterior. Ese fue el deseo de los constituyentes americanos y esa la interpretación objetiva de la Constitución.
J
Enero 14, 2008
No entiendo muy bien la mención a la Primera enmienda. Será que es lo primero que se te ha ocurrido, porque creo que la libertad de culto y de expresión es un principio tan necesario y vigente ahora como entonces. Otros principios, no; y mucho menos cuando no son ni principios, sino interpretaciones. Para entender el cambio operado en el mundo y en EEUU desde la época de las Trece Colonias me parecen más significativas la Trece, Catorce y Quince. A lo mejor de lo que se trata es de volver a ese período idílico anterior a su promulgación. El malvado estatista Lincoln, ya se sabe…
Los independentistas americanos se constituían contra un poder que consideraban despótico -con más o menos fundamento, que es otra cuestión-. De ahí su énfasis en ciertas cuestiones, como la sospecha absoluta hacia el establecimiento de un gobierno central, la importancia de una población armada, el anti-imperialismo, etc. Anda muy perdido quien crea que hoy deben ser esas mismas nuestras preocupaciones.
Un liberal consecuente es aquel que quiere limitar el poder del Estado… en todos los ámbitos. Tanto en el interior como en el exterior.
Elevar esto a principio absoluto, último y universal no tiene nada que ver con el liberalismo, ni con la política, ni con nada; si acaso, con la ideología y la agit-prop. Y no empleo an-cap en sentido despectivo, sino puramente descriptivo. Otra cosa es que haya mucho anarquismo que no se atreve a decir su nombre.
Sergio
Enero 15, 2008
Bienvenido el siglo del estatismo, y ojalá le sigan muchos más. Da miedo pensar en que el monopolio de la violencia se atomice. Vamos, sólo hace falta ver el caso de Colombia…