Polvos liberales, lodos parisinos (o peores)

Posted on Febrero 27, 2008 porJ


Ha escrito Gregorio Luri por algún lado, o por muchos, que hay para él un conflicto latente e inevitable entre democracia y liberalismo. La democracia, por un lado -y cito todo lo fielmente que me permite la memoria-, precisa convicciones fuertes en la medida en que su objeto es la gestión, la transmisión y la legitimación del kratos, del poder. El liberalismo, a su vez, necesita, o produce, convicciones débiles en cuanto han de convivir con las convicciones de otros sujetos soberanos.

Por supuesto -y aunque una observación histórica superficial sugiere que es la convicción la que va cediendo inexorablemente [1]-, delimitar el grado de tolerancia y de convicción adecuado a cada problema y cada momento es inseparable de la práctica política como phrónesis, prudencia, y no una cuestión que pueda despejarse de una vez por todas; menos aún con un 0 ó un 100%. Por eso, las axiomáticas de la libertad máxima o mínima no pasan de entretenimientos académicos que ni en la academia hallan excesivo eco, y en los que pocas personas pueden interesarse pasada la edad de los absolutos y las simetrías.

Se sorprende Francisco Capella, y su toque de atención es loable, del eco que están hallando últimamente ciertas posiciones supuestamente críticas -o simplemente confusionistas- con el evolucionismo mainstream. No obstante, el intento gozaría de mayor crédito si no sospechásemos que la producción ética del propio Capella, como de otros miembros del Instituto Juan de Mariana, ha contribuido en no pequeña medida a difundir un modelo de liberalismo que no reconoce distinción entre bien y mal, verdad y mentira, más allá del imperio de los afectos y las voluntades individuales. Un modelo de liberalismo indistinguible en la práctica del polilogismo marxista -donde el individuo, la familia quizás, sustituirían a la clase- o del perspectivismo nietzscheano-parisino, y en el que el imperio de la intersubjetividad -los acuerdos- no deja espacio para juicios universales. Un liberalismo para el que la sharia y las legislaciones feudales son aceptables y la educación republicana, totalitarismo. Un liberalismo en el que hallan mejor acomodo Tariq Ramadán y Feyerabend que Jefferson y Stuart Mill. Era sólo cuestión de tiempo que alguien entendiese que la libertad de expresión tiene algo que ver con hablar de lo que se ignora o con propalar embustes.

¿Qué futuro hay para las ciencias, la ilustración, el pensamiento liberal y las condiciones de la prosperidad en una sociedad en que los padres puedan elegir enseñar magia en lugar de física a sus hijos como quien escoge el color de una tapicería? ¿Qué autonomía individual gozarán los niños amamantados en la mentira, cuáles serán su libertad efectiva y sus posibilidades de prosperar cuando se relacionen y compitan con los hijos de padres menos “liberales”? ¿Por qué es lícito enseñar creacionismo biológico o magia simpática y no creacionismo económico o teoría marxista? ¿Crecerá en los árboles el capital humano que precisa una sociedad postindustrial? El liberal radical -radicalmente necio- no se cree obligado a responder ni a plantearse siquiera estos problemas porque, exactamente igual que el idealista de izquierdas, contempla sólo los principios y nunca las consecuencias. Fiat libertas et pereat mundus.

Así que ahora Capella is shocked, shocked!, y hace bien; pero no olvide usted de dónde vienen no pocos de estos lodos. Basta echar un vistazo a la estrafalaria verbena de anarquistas de salón, conservadores meapilas, narcisistas con ganas de épater le bourgeois y fusionistas que ignoran que lo son en que va parando esto que se llamó la “eclosión -ilusión, más bien- liberal” para entender por qué nunca se llega a pegar un sólo tiro en esa famosa “batalla de las ideas”. Todo vale para el convento, dijo el fraile echándose la puta al hombro. Y sigue el descrédito del liberalismo. No se preocupen ustedes: aún veremos cosas peores.

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Mientras, en España, las filas del creacionismo engordan


[1] – Hace más de setenta años, Ortega se sorprendía ya de la extensión de la “manía democrática” -siendo la democracia una cuestión procedimental, al cabo- a ámbitos donde no tenía mayor aplicación, como la epistemología; y no puede decirse que faltasen entonces en España las convicciones.