Penúltima trifulca sobre catolicismo, liberalismo y relaciones Iglesia-Estado.
Hay primero una cuestión de principios, que ya se ha explicado suficientemente. Bien, aun prefiriendo una separación escrupulosa, yo podría también, como Kantor, aceptar hayekianamente la inserción no estridente en lo público de una institución, como él dice, culturalmente afín y cercana a la irrelevancia. Si lo fuera de verdad, y aquí entra la segunda cuestión, la de la estrategia política.
La Iglesia católica ha sido, por ella misma, a través de los medios que controla y de organizaciones dependientes de ella, protagonista de la guerra cultural librada durante la pasada legislatura socialista, cuyos resultados reales no se le ocultan ya a nadie: la oposición liberal-conservadora es “la más fuerte desde 1977″. Como imagino que el objetivo del PP y de quienes lo apoyan no es estar indefinidamente en la oposición, sea esta fuerte o débil, se impondría llegado a este punto una autocrítica que afectase no sólo a cuestiones palaciegas -”sorayos”, “gallardones”, etc, etc- sino a los propios pundits que han pretendido marcar el signo de la oposición durante estos últimos cuatro años, a los cauces de participación ciudadana surgidos en este mismo tiempo, a menudo a la sombra de los anteriores, y a los particulares y asociaciones que han emprendido el griterío y la toma de la calle como respuesta al matrimonio homosexual y la educación para la ciudadanía entre otros asuntos. Deberían entender de una vez que si pretenden llevar el debate político a la arena moral, como viene haciendo la izquierda sistemáticamente, perderán, perderán y perderán, porque el ethos socialdemócrata -al que ha contribuido muy vivamente el catolicismo postconciliar, por cierto- lo impregna hoy ya todo. La “batalla de las ideas” no puede darse en el Paseo de Recoletos, ni en el Parlamento, ni siquiera en los periódicos nacionales, a menos que se trate de una exhibición narcisista despegada de la consecución de algún resultado tangible.
Por otra parte, estos no son ya los años de los López-Bravo y López Rodó. Por muy positivamente que se valorasen las de otros tiempos, creo que las aportaciones -en términos fundamentalmente de capital humano y estrategia- que puedan hacer hoy las organizaciones católicas al ámbito político español son irrelevantes dentro de las tendencias generales, cuando no contraproducentes. Los portavoces de estas organizaciones se han caracterizado esta última legislatura, ya fuera motu proprio o azuzados por quienes saben jugar a esto mucho mejor que ellos, por emplear retóricas incendiarias, símiles descoyuntados y, en general, un tono ultramontano que, como digo, en nada ha ayudado al partido de la oposición, y sí ha servido probablemente para restarle algún voto centrista y sumar bastantes de izquierda a sus competidores inmediatos.
Acaso, como se ha señalado, el error de partida sea asumir acríticamente modelos anglosajones de liberalismo que hallan mal acomodo en suelo español por particularidades históricas, ideológicas, demográficas, jurídicas y de toda índole. Por ejemplo, la alianza entre conservadores fiscales y derecha religiosa que propició la revolución conservadora en EEUU es claramente intraducible a la realidad política de España: un Estado que podría decirse semi-corporativo, donde tanto la iglesia principal como los intereses empresariales están fuertemente conectados a los poderes políticos, centrales y locales; y donde las consignas religiosas no movilizan ya a una masa de votantes capaz de oponerse con éxito a la progresista. Entre otras cosas, porque parte del voto católico -y de las simpatías de ciertas jerarquías eclesiásticas- se decanta por partidos nacionalistas, de carácter conservador más o menos suave pero poco o nada comprometidos con el programa constitucional. Visto así, no sólo es una cuestión de principios liberales distinguir más escrupulosamente lo de Dios y lo del César, sino una urgencia estratégica emancipar el proyecto político liberal-conservador, más allá de la vida privada de cada uno, del abrazo del oso católico y sus cachorros.


snipfer
Abril 2, 2008
Como dijo Kantor y secundas tu, puestos a eliminar peso estatal quiás convendría empezar por todos los organismos de compraventa de prebendas que se nutren del estado.
Pero eso no quita —claro está— que idealmente la iglesia, tal y como hemos estado defendiendo, toda religión debería estar fuera del estado.
J
Abril 2, 2008
Algunos venimos diciendo ya hace tiempo que no todo puede plantearse en términos de principios absolutos. De ahí que pueda aceptar el argumento de Kantor a efectos prácticos, siempre que la Iglesia no pretenda absorber el proyecto liberal-conservador, convertir el debate político en un escenario moral ni arrogarse una influencia superior a la que le da su peso real en la sociedad.
Ahora, lo que tiene bemoles es que encima intenten convencernos de que la confusa situación española es particularmente deseable o fiel a principios inmaculadamente liberales. O que encima invoquen como autoridad última la constitución de 1812 -que también recogía, por ejemplo, la existencia de la esclavitud.
Ya sabes: “estos son mis principios…”
coup_de_bâton
Abril 2, 2008
La paradoja de la Constitución de Cádiz la he sacado a colación repetidas veces estos días sin que nadie me haya dado una cumplida respuesta sobre el tema. Asumiendo que el punto de partida de su argumentación es su artículo 12, una de dos: o bien estos cabestros son tan rematadamente idiotas que ni se dan cuenta de lo que están defendiendo o es que, efectivamente, están de acuerdo con lo que dicha norma prescribe. No sé que pensar y me da miedito, la verdad.
Fritz
Abril 3, 2008
Estoy convencido de que la estrategia es contraproducente pero quizá no habría que apuntar tan lejos, ¿o sí? Aunque EEUU sea “más guay” me temo que muchos de los siracusanos (lo convierto en categoría política, jajaja) no votarían o criticarían a un Rajoy que terminara sus intervenciones con un “Dios salve a España”, apoyara el creacionismo y demás.
Cierto: los “modelos -políticos- anglosajones” no son aplicables a la realidad -política- española, pero, dejando aparte lo distorsionado que podamos tener el entendimiento a por aquéllo del “ethos socialdemócrata” ¿sería bueno que lo fueran?
Como con el Tibet o Tahilandia, salvando las distancias por supuestísimo, creo que la crítica a los teocon españoles no está bien ponderada si obviamos la que se merecen los políticos estadounidenses, donde se encuentran especímenes mucho más fanáticos y en muy mayor número (además, como dices, aquí hay mucho de instrumentación por otros y allí campan por sus respetos). Insisto, ¿es que deberían tener aplicación ciertos “modelos anglosajones”?, ¿sería eso bueno?
Saludos
Fritz
Abril 4, 2008
Joder, cuanto señoritismo, ya no se contestan ni las preguntas.
Saludos
J
Abril 4, 2008
Oye, que una vez te dije que era como la “lucecita de El Pardo”, pero era una broma. Gimme a f*****g break!
Resumiendo mi postura: a mí, determinadas cosas de las que mencionas me dan urticaria sean aplicables o no. Pero allí al menos son aplicables. Aquí ni eso.
Es decir, es como si dijéramos: un porcentaje apreciable de la población tiene ideas estrafalarias, pero esas ideas estrafalarias nos pueden servir para alcanzar el gobierno y causar un bien mayor. Sería una especie de “reducción de daños” que, por otra parte, casa muy bien con el escepticismo conservador sobre la perfectibilidad humana. Luego ya se podría debatir si al aprovechar esas ideas o memes políticamente no se está contribuyendo a su perpetuación.
Pero es que aquí tampoco ayudan a alcanzar el gobierno, y a la vista está.
Y lo que yo y -creo- otros estamos intentando decir también es que probablemente no hay un sólo modelo de liberalismo, y que como en la cuestión del desarrollo, influyen factores ideológicos, históricos, demográficos, etc, etc. Cosa distinta, claro, de que el concepto sea tan elástico como para incluir a los anarquistas o al obispo de Tudela. Y en este sentido, el liberalismo estándar que se ha vendido estos cuatro últimos años, probablemente no dé más de sí en suelo patrio. Y te lo dice uno que se tragó en parte lo de la “eclosión”, y creo que hasta discutimos alguna vez sobre el asunto
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Fritz
Abril 4, 2008
Ahí quería ir, ya sabes. En mi opinión todo eso de la, digamos, canalización de la irracionalidad en el proyecto político como “control de daños” me suena un poco imposible; quiero decir, si esa canalización supone, en el programa político, un pilar. Creo que contarle a la gente el cuentito de Dios para llegar al gobierno y causar un bien mayor es una técnica perversa que si bien coyunturalmente puede funcionar con el tiempo (sobre todo -quizá sea este el quid- si sale triunfante), puede ser reproducida de muchas maneras ¿Ante qué? ante una posible pérdida del poder. Vamos, nos deja en manos de quienes gobiernan que una vez para “causar un bien mayor” y otras porque están convencidos de que su gobierno supondrá siempre un bien mayor, lo utilizarán y, claro, pueden equivocarse. No deja de ser una forma de alcanzar el poder por todos los medios justificada por el credo que se profesa, nunca mejor dicho.
Por otra parte también estoy persuadido de que existen varios modelos de liberalismo pero creo que el que está tan apoyado en la religión no es uno de ellos. El liberalismo es una ideología y aunque no haya que exigirle una calidad o cualidad científica, aunque no haya de rechazar por sí la creencia religiosa sí me parece que no es tan compatible con un programa político tan orientado por valores, creencias, costumbres, etc, religiosas, esto es, cristianas.
Todo lo anterior si asumimos que el programa democristiano (cosa muy distinta) esté agotado.
Y perdona por la salida de tono, señor
Saludos
Fritz
Abril 4, 2008
Obvio el asunto de la viabilidad (antes lo había resuelto con el “estoy convencido” inicial), de los resultados porque me parece incuestionable.
Saludos