Iglesia y Guerra Cultural

Posted on Abril 2, 2008 porJ



Penúltima trifulca sobre catolicismo, liberalismo y relaciones Iglesia-Estado.

Hay primero una cuestión de principios, que ya se ha explicado suficientemente. Bien, aun prefiriendo una separación escrupulosa, yo podría también, como Kantor, aceptar hayekianamente la inserción no estridente en lo público de una institución, como él dice, culturalmente afín y cercana a la irrelevancia. Si lo fuera de verdad, y aquí entra la segunda cuestión, la de la estrategia política.

La Iglesia católica ha sido, por ella misma, a través de los medios que controla y de organizaciones dependientes de ella, protagonista de la guerra cultural librada durante la pasada legislatura socialista, cuyos resultados reales no se le ocultan ya a nadie: la oposición liberal-conservadora es “la más fuerte desde 1977″. Como imagino que el objetivo del PP y de quienes lo apoyan no es estar indefinidamente en la oposición, sea esta fuerte o débil, se impondría llegado a este punto una autocrítica que afectase no sólo a cuestiones palaciegas -”sorayos”, “gallardones”, etc, etc- sino a los propios pundits que han pretendido marcar el signo de la oposición durante estos últimos cuatro años, a los cauces de participación ciudadana surgidos en este mismo tiempo, a menudo a la sombra de los anteriores, y a los particulares y asociaciones que han emprendido el griterío y la toma de la calle como respuesta al matrimonio homosexual y la educación para la ciudadanía entre otros asuntos. Deberían entender de una vez que si pretenden llevar el debate político a la arena moral, como viene haciendo la izquierda sistemáticamente, perderán, perderán y perderán, porque el ethos socialdemócrata -al que ha contribuido muy vivamente el catolicismo postconciliar, por cierto- lo impregna hoy ya todo. La “batalla de las ideas” no puede darse en el Paseo de Recoletos, ni en el Parlamento, ni siquiera en los periódicos nacionales, a menos que se trate de una exhibición narcisista despegada de la consecución de algún resultado tangible.

Por otra parte, estos no son ya los años de los López-Bravo y López Rodó. Por muy positivamente que se valorasen las de otros tiempos, creo que las aportaciones -en términos fundamentalmente de capital humano y estrategia- que puedan hacer hoy las organizaciones católicas al ámbito político español son irrelevantes dentro de las tendencias generales, cuando no contraproducentes. Los portavoces de estas organizaciones se han caracterizado esta última legislatura, ya fuera motu proprio o azuzados por quienes saben jugar a esto mucho mejor que ellos, por emplear retóricas incendiarias, símiles descoyuntados y, en general, un tono ultramontano que, como digo, en nada ha ayudado al partido de la oposición, y sí ha servido probablemente para restarle algún voto centrista y sumar bastantes de izquierda a sus competidores inmediatos.

Acaso, como se ha señalado, el error de partida sea asumir acríticamente modelos anglosajones de liberalismo que hallan mal acomodo en suelo español por particularidades históricas, ideológicas, demográficas, jurídicas y de toda índole. Por ejemplo, la alianza entre conservadores fiscales y derecha religiosa que propició la revolución conservadora en EEUU es claramente intraducible a la realidad política de España: un Estado que podría decirse semi-corporativo, donde tanto la iglesia principal como los intereses empresariales están fuertemente conectados a los poderes políticos, centrales y locales; y donde las consignas religiosas no movilizan ya a una masa de votantes capaz de oponerse con éxito a la progresista. Entre otras cosas, porque parte del voto católico -y de las simpatías de ciertas jerarquías eclesiásticas- se decanta por partidos nacionalistas, de carácter conservador más o menos suave pero poco o nada comprometidos con el programa constitucional. Visto así, no sólo es una cuestión de principios liberales distinguir más escrupulosamente lo de Dios y lo del César, sino una urgencia estratégica emancipar el proyecto político liberal-conservador, más allá de la vida privada de cada uno, del abrazo del oso católico y sus cachorros.

La derecha toma la calle