
Estado y mercado: la Segunda Guerra de los Cien Años
Mayo 27, 2008![]()
El liberalismo estándar difundido en la red ha querido convertir el debate sobre el Estado en un panorama maniqueo de absolutos morales. Según la nueva Vulgata liberal -en realidad, un refrito de tendencias americanas fusionadas al calor de la revolución conservadora-, la historia económica viene a ser un combate entre una iniciativa privada angélica, responsable de la creación de riqueza, y un Estado que tiende siempre a abarcarla y asfixiarla. Este esquema sentimental obvia por lo general análisis más complejos sobre la naturaleza de los Estados y distinciones como la que hace Fukuyama entre strength y scope, y se inventa una especie de capitalismo taoísta según el cual los mercados se expanden y se mantienen no ya mediante manos invisibles sino por la Divina Providencia. Lejos de plantearse los imprescindibles trade-offs, asume la misma actitud 100% que las impugnaciones del sistema procedentes de la izquierda radical.
En el mundo real, fuera de la “batalla de las ideas”, las categorías empleadas en el discurso ideológico pierden sus nítidos contornos, y el análisis ha de tener en cuenta gradaciones y abandonar la escenificación de un férreo moralismo. Por supuesto, no existe tal cosa como una economía liberal o una economía socialista puras, sino economías mixtas en diversos grados. Y si, idealmente, los mercados tienden a funcionar mejor cuanto menos interfiere el poder estatal, es preciso reconocer que su existencia no se debe a una necesidad metafísica, y que su despliegue suele adquirir la forma de procesos e incluso decisiones intrínsecamente políticos. Hasta el punto de que muy a menudo es difícil dilucidar donde acaba lo político y donde empieza lo económico, Estado y Mercado.
El mercado común mediterráneo auspiciado por el dominio romano -la primera globalización- no se materializó hasta que Roma hubo eliminado a sus competidores, singularmente Cartago, ni hasta que Pompeyo y César hubieron acabado con la piratería merced a flotas que, por supuesto, no se reunieron espontáneamente. La segunda globalización, la decretada por la Royal Navy en los mares decimonónicos, dependía de un sistema geopolítico emanado de las Guerras Napoleónicas, que a su vez habían comenzado a decantarse seguramente unas décadas antes, en la Guerra de los Siete Años. Como el lector recordará, este conflicto enfrentó a Inglaterra y Francia en el continente -donde la subvencionada Prusia cargó con la parte principal de la lucha- y en las colonias ultramarinas. Aunque los contemporáneos, en general, no lo apreciaran, este último fue el teatro verdaderamente decisivo: Francia fue expulsada del Canadá y su presencia en Norteamérica se desvaneció con la cesión de la Luisiana a España. Además, los británicos obtuvieron una ventaja en la India que aprovecharían en las décadas siguientes. La guerra marcó el camino de la decadencia francesa y de una hegemonía británica basada en el dominio de los mares. En el último cuarto del siglo XVIII, la independencia de los Estados Unidos pareció interrumpir la tendencia, que, si embargo, se confirmó en el Primero de Junio, Abukir y Trafalgar, las batallas que decidieron realmente el curso de las Guerras Napoleónicas.
Es tentador, por tanto, considerar la Guerra de los Siete Años y las Guerras Napoleónicas -la fase final de la Segunda Guerra de los Cien Años- como momentos decisivos en la génesis de la Gran Divergencia, el proceso por el que Europa Occidental pasó del mundo malthusiano del Antiguo Régimen al orden capitalista-liberal que nos es familiar. ¿Por qué se impuso Inglaterra, la potencia liberal, a Francia, el Estado simbólico del absolutismo centralista? Podemos arriesgarnos a resumir un análisis muy complejo -hacia 1750, Francia cuadruplicaba en población a Inglaterra y Gales, y estaba presente en el Caribe, Norteamérica y la India además de ser el árbitro de la geopolítica continental- con una fórmula sencilla: Inglaterra era un Estado más eficiente. Niall Ferguson:
It was a victory based on naval superiority. But this in turn was possible only because Britain had one crucial advantage over France: the ability to borrow money. More than a third of all Britain’s war expenditure was financed by loans. The institutions copied form the Dutch in the time of William III had now come into their own, allowing Pitt’s government to spread the cost of war by selling low-interest bonds to the investing public. The French, by contrast, were reduced to begging or stealing.
A su vez, la credibilidad del Estado británico se fundamentaba en una fiscalidad nacional unificada y racionalizada. Tim Blanning:
The ‘Second Hundred Years War’ was not won at Quebec or Tafalgar or Waterloo, or even on the playing fields of Eton, but in the Treasury in London. (…)
Just because the political nation controlled public expenditure, and just because so many of its members benefitted from it, Parliament was that much more willing to give its consent to new or enhanced taxation. Moreover, in its direct form, it was taxation that was both national and local: national in the sense that it was applied equally to all parts of the kingdom, local in the sense that it was assesed and collected by representatives of those who paid it -the landowners.
Direct taxation -the land tax and taxes on other forms of personal wealth or indicators of status- was not, however, the most important form of revenue, for it yielded only about 42 per cent of the total during the Nine Years War, 38 per cent during the War of Spanish Succession, and went on falling to 18 per cent in the 1780s. Even the introduction of the income tax in 1799 did not raise the share to more than a third. The main burden was carried by customs and excise. After 1660, responsibility for their collection was shifted from private tax-farmers to public officials, bureaucratically controlled. The advantages of indirect taxation were twofold. First, although it bore heaviest on the poor, because it was a tax on consumption, the fact that it was paid at the port of entry or in the manufactory and was incorporated in the price meant that it was relatively invisible. Secondly, it allowed the state to benefit from the expansion of commerce, through customs dues, and from the consumer revolution of the eighteenth century, as excisable commodities such as tea, sugar and tobacco passed down the social scale to become the necessities of the masses. (…) This expansion was accompanied by professionalization. As John Brewer has written: ‘Dependent upon a complex system of measurements and book-keeping, organised as a rigorous hierarchy based on experience and ability, and subject to strict discipline from its central office, the English Excise more closely approximated to Max Weber’s idea of bureaucracy than any other government agency in eighteenth-century Europe.’
In short, the fiscal system that evolved in England in the course of the seventeenth century was universal, bureaucratic, professional and public.
Como ya vimos en el caso del derecho y las instituciones, la representación de una Francia borbónica monolítica, centralista y omnicomprensiva, de un scope casi ilimitado, enmascara la realidad de su limitada fuerza. Por contra, el Estado británico fue capaz de canalizar una cantidad ingente de recursos sin renunciar a su cultura de la soberanía, la iniciativa y la libertad individuales. Una cultura que se extendió por el globo gracias a la vitalidad y fortaleza de la nación política construida sobre ella.
Esto de qué libro es ¿Empire?
La cita de Ferguson es de Empire. La de Blanning, de The Pursuit of Glory, un libro que ya he citado/fusilado varias veces.
Perdón por enmierdar el blog, pero ya que hablas sobre esto creo que harías bien en visitar chez Elentir. Creo que está en ciernes un jugoso (bueno, no) debate sobre imperialismo que, por supuesto, será convertido (en realidad, ya ha ocurrido) en una sucesión de chanzas y desmadres por los habituales de la casa. Iracundo ha estado defendiendo el imperialismo democrático/liberal y la posición “neocon” en suma, y los cabestros, como no entienden nada, lo llaman “facha” etc. Sí, sí, ellos, los conservadoreh ejjpaññoleh de toda la vida, que se comportan ya como un Stewie cualquiera. Pero bueno, no te molesto más y te doy el enlace. Perdón de nuevo.
http://www.outono.net/elentir/?p=3056#more-3056
Comentar en según qué sitios es perder el tiempo. Pero tiene gracia, sí, el fascio y las beatas llamando “facha” a nadie. Los pájaros se tiran a las escopetas.
De todas formas, es fascinante cómo se aprenden cuatro formulillas y las repiten hasta la saciedad. “Jacobino”, por ejemplo. Y pretenden representar una alternativa cultural, con esos mimbres. Manda cojones.
Hay otra globalización entre medias, o paralela al menos, la española, y que regularizó un comerció antes inexistente, en el eje Sevilla-México-Manila.
Hombre, estos temas no son nuevos. Hasta Napier, el historiador clásico de la Peninsular War, habla de la capacidad de movilización de inmateriales del Ejército Británico. El problema de todo tu análisis es que miras la historia desde los ojos del vencedor, cuando no estaba tan claro: la Inglaterra de finales del XVIII no es la Inglaterra del siglo XIX. Eso de ver la historia como un fin predeterminado tiene un tufillo de lo más rancio.
Hombre, ya explico que en 1750, no digamos en 1700, nada anticipaba el triunfo de Inglaterra. Incluso hubiera parecido bastante estrafalario predecirlo. Ahora bien, una vez ganada la Guerra de los Siete Años y destruídas las flotas francesas en el Primero de Junio y Trafalgar, las Guerras Napoleónicas estaban decididas por muchos Austerlitz que se sacase de la manga Bonaparte. Y aquí está el quid: la marina es cara, más cara que la infantería. Para la marina no vale con hacer levas y más levas y mandarlas al matadero. Necesitas capital, mano de obra cualificada, marinos que sepan lo que hacen, artilleros… Los bosques de Canadá o el Báltico tampoco vienen mal. Y, quizás, fusilar a algún John Byng de vez en cuando pour encourager les autres. Todas estas cosas no se improvisan.
Por eso Trafalgar supuso un golpe tan duro también para España, después del esfuerzo hecho desde el Marqués de la Ensenada para recuperar un estatus de potencia naval decente.
Si a lo que te referías es que Francia también podría haber sido una potencia liberal de ganar la guerra y consolidar un imperio global… Bueno, todo es posible, pero la historia de ambas naciones permite dudarlo. La expansión imperial no implica adoptar el librecambismo: ahí está la URSS; o la misma España. Otra cosa es que, como dice Eduardo, algún comercio sea mejor que ningún comercio.
Yo no tengo tan claro que Trafalgar supusiera un golpe tan grande para la Real Armada. Al fin y al cabo solo se perdieron 12 navíos y la española era junto con la británica y la francesa, de las 3 armadas de entonces que superaban el centenar de barcos. En mi opinión, el verdadero golpe llegó paulatina e irremediablemente: la crisis política de la monarquía, la guerra de la independencia y que, en definitiva, a España el imperio le venía ya muy grande.
“Según la nueva Vulgata liberal -en realidad, un refrito de tendencias americanas fusionadas al calor de la revolución conservadora”
Algunos ya no nos tragamos ese cuento de la “revolución conservadora”. Algunos nos consideramos herederos de la tradición anarquista individualista, y de la tradición liberal clásica en su ala radical. ¿Ahora importa geográfica la procedencia de las ideas?
“a historia económica viene a ser un combate entre una iniciativa privada angélica, responsable de la creación de riqueza, y un Estado que tiende siempre a abarcarla y asfixiarla”
De mano niego esa falsa dicotomía entre público y privado. No existe tal cosa como la propiedad pública, como ningún “público” toma iniciativas, son individuos “privados” quienes hacen tal cosa.
Una acción contraria al Derecho Natural, es decir invasiva de derechos de propiedad ajenos, entiendo que es perniciosa, injusta y reprensible mediante la fuerza. Me da igual de quien provenga, no por ser de una empresa “privada” voy a aplaudir una agresión sobre propiedad legitima o sobre personas inocentes.
Es decir, frente al nihilismo de los estatistas, los anarquistas de mercado nos guiamos por una ética objetiva. No todo da lo mismo, ni la justicia depende del humor de el primer tirano que se imponga.
En otras palabras, me opongo a cualquiera que quebrante el principio de no agresión (el Derecho Natural propio del ser humano en cuanto tal), se llame a si mismo gobierno, Sociedad Limitada o lo que sea.
“una especie de capitalismo taoísta según el cual los mercados se expanden y se mantienen no ya mediante manos invisibles sino por la Divina Providencia.”
No sé a que viene esa mezcla tan extraña de creencias religiosas, pero bueno, he de decir que comparto buena parte de la critica al movimiento mesiánico basado en el culto a la personalidad, en un constitucionalismo fracasado y en el reformismo que contradice el objetivo final del restablecimiento del Derecho. Esto solo puede ocurrir mediante la supresión de la organización delictiva imperante mediante el desarrollo empresarial de alternativas.
En realidad la revolución no es el fin de la historia, simplemente es el despertar de un mal sueño – la quimera de la existencia de un gobierno sobre los seres humanos- en el que llevamos varias generaciones.
La misma idea de gobierno, reflejo de Dios en la tierra, es una quimera, una ilusión colectiva. La verdad es que ya vivimos en la Anarquía, nunca hemos salido de ella, puesto que esta es el orden natural de las cosas. Simplemente vivimos en una anarquía llena de cerebros lavados y criminales: El caos del estado.
A3!
El resto de tu post es mero circunstancialismo. bla, bla, bla…
Me ha encantado el comentario ese de que “Trafalgar no fue un golpe tan grande”.
Qué pasa, a ver
Si bien la REPÚBLICA romana (el imperio es otra historia) trabajó mano a mano con los comerciantes y se dedicó a crear marcos de estabilidad para que pudiera expandirse el comercio, no puedes decir lo mismo de otros modelos de estado.
El poder coactivo (en cualquiera de sus denominaciones) ha sido el mayor contrapeso que ha tenido el mercado en casi todos los casos:
-Monarquías absolutas y teocráticas
-Señores feudales
-Estados socialistas de cualquier clase
-Sociedades tribales
-Otras (Egipto, por ejemplo, no eran grandes comerciantes, precisamente)
Precisamente los sitios donde prolifera el mercado son donde MENOS estado hay…
Por lo demás, enhorbuena por el blog (que es la primera vez que te comento) y por el post.
Fonseca
Dado que se dijo tan claramente, me bastará reproducir esta frase que entiendo viene más a cuento que muchas cosas:
“Todo lo que existe es justo e injusto, y en ambos caos está igualmente justificado” (Nietzsche, “El nacimiento de la tragedia”, Alianza, pág. 98)
Pero por si se tiende a “malinterpretarla”: las “justificaciones” pugnan porque por debajo de sus banderas bullen los ejércitos objetivos. Que un fenómena sea real y por ello resultado de la historia, eso no “justifica” (salvo para quienes vean en ello alguna via de supervivencia o lo hagan por inercia, que también) su “defensa”, y viceversa, sostener utopías (capitalismo no supervisado hoy en día o en un futuro) que responden a deseos imposibles de una “vida mejor” autocondescendiente. Y es que “las verdades” son instrumentos de combate, como siempre.
Y ya vale, porque ya me he extendido y tal vez para no avanzar lo suficiente.
Saludos cordiales.
Perdón, no “caos” sino “casos”