Tiempo en la cruz

Posted on Junio 19, 2008 porJ


Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros de mucho más valor que ellas?

¿Y quién de vosotros, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida?

Y por la ropa, ¿por qué os preocupáis? Observad cómo crecen los lirios del campo: no trabajan, ni hilan;

pero os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de éstos.

Mateo 6: 26-29

Como señala Antonio Escohotado, el Sermón de la montaña, con su celebración de la pobreza y su insistencia en la Providencia, se antoja una guía práctica de pobrismo antes que una constitución para la prosperidad. Sin embargo, algunos liberales de nuestros días, de tanto como confían en los órdenes espontáneos, parecen haber abrazado la palabra de Cristo; o el Tao encarnado en un mercado cuyo principio ordenador, como ya he escrito en más de una ocasión, se parece más a la Divina Providencia que a la Mano Invisible.

Tomemos, por ejemplo, a Ron Paul. Durante su breve carrera hacia la presidencia, sostuvo que la Guerra Civil americana fue un conflicto absurdo que podía haberse evitado sin renunciar a abolir la esclavitud, que se hubiera evaporado mediante sistemas de compensación a los propietarios y un mercado laboral eficiente. Por supuesto, esta ficción era necesaria, entre otras cosas, para mantener la defensa del principio de libertad y competencia de los Estados frente al “liberticida” Lincoln sin tener que responder a preguntas más bien incómodas; y quizás también para guiñarle un ojo a sectores poco presentables de su electorado, como los receptores de los famosos newsletters -posiblemente escritos por Llewellyn Rockwell Jr., el flamante columnista de Libertad Digital- y, en general, a esa unholy alliance de paleolibertarios y nostálgicos del Viejo Sur que se viene fraguando hace años. En cualquier caso, el discurso de Ron Paul es ilustrativo de un estado de opinión según el cual no hay nudo en la experiencia humana que la acción impersonal y benéfica del mercado y la “ética de la libertad” no puedan desatar -en otros casos podríamos sustituir los agentes dados por “diálogo”, “modelos de actor racional”, “movilización social”, “leyes históricas”, etc.

En el fondo del planteamiento de Paul parece subyacer la vieja idea de que el esclavismo es siempre ineficiente frente a otros sistemas de producción, un argumento que data al menos de Adam Smith. Esta descripción edificante de la realidad pone el juicio moral al principio y no al final de la cadena: se asume que el esclavismo es ineficiente porque la posibilidad de que sea eficiente repugna a la razón. Y no puede admitir que haya condiciones en las que el empleo de mano de obra esclava sea no sólo eficiente sino óptimo, ya fuera en la Sicilia del siglo I, en el Caribe colonial o en los condados algodoneros del Viejo Sur.

En el caso de estos últimos, los datos no permiten mantener la ilusión de que la esclavitud fuese una institución decadente hacia 1860. La producción total de algodón había pasado de 4000 balas en 1791 a más de 5 millones. Las exportaciones del Sur -fundamentalmente algodón, pero también cáñamo, tabaco, azúcar…- superaban a las del Norte en un contexto internacional favorable a las materias primas. La esclavitud sostenía la economía de plantación, y pasó en unas décadas de ser una institución indiferente para la mayoría de los sureños a convertirse un pilar económico e ideológico irrenunciable. Desde comienzos de siglo, y de manera paralela al crecimiento del negocio algodonero, se había producido un proceso de concentración en la propiedad de la tierra y los esclavos y, consecuentemente, en la renta. La extraordinaria y creciente desigualdad de renta en el Sur [1] hacía que la esclavitud fuese no sólo económicamente rentable, sino ideológicamente necesaria para mantener la cohesión de blancos ricos y pobres, para mantener la ficción de que tanto el terrateniente de Charleston como el hillbilly o clay-eater de los Apalaches pertenecían a una misma clase, la de los hombres libres.

En un paper clásico de 1958 que inauguró la cliometría, Alfred H. Conrad y John R. Meyer propusieron un modelo económico binario para el Sur según el cual el Bajo Sur producía las cosechas mientras el Alto Sur, menos apto para la plantación, producía los esclavos para el primero. Así, ambas secciones se beneficiaban de la gran economía de plantación en un sistema integrado:

El esclavismo era rentable para todo el Sur: la demanda continua de trabajo en el Cinturón Algodonero aseguraba beneficios para el negocio de cría en las tierras menos productivas de la costa y los estados fronterizos. Los beneficios de la cría, sin embargo, eran necesarios para hacer el negocio de la plantación tan rentable en las tierras pobres como otras actividades alternativas contemporáneas en los Estados Unidos.

En la estela de Conrad y Meyer, Robert Fogel -Premio Nobel con Douglass North en 1993-y Stanley Engerman publicaron en 1974 Time on the Cross: The Economics of American Negro Slavery. Se trataba de una muy controvertida revaluación cliométrica del debate sobre la rentabilidad de la esclavitud y su necesaria decadencia. Muy criticado por basarse en series de datos fragmentarias y quizás no representativas, y por presentar una imagen excesivamente suave de la institución, sus conclusiones más generales sobre la vitalidad del sistema esclavista parecen no obstante resistir el paso del tiempo.

De hecho, se ha señalado que la mayor amenaza que se cernía sobre la economía de plantación no provenía del sistema de trabajo sino de la propia tierra: el agotamiento del suelo. Es posible que las propias tierras sin roturar del Sur hubieran podido acomodar la economía esclavista durante décadas. J. G. Randall, autor de un manual de referencia durante medio siglo, The Civil War and Reconstruction, señalaba aumentos en la tierra roturada de entre un 61,5 y un 1832,1% en varios estados sureños entre 1850 y 1910. Con todo, el problema del suelo se sintió con fuerza en el Viejo Sur, como en otras civilizaciones agrarias o que aspiraban a serlo. En The Southern Dream of a Caribbean Empire, Robert May documentó las aspiraciones imperialistas sureñas en el Caribe y Centroamérica; la mera existencia de estos planes pone en evidencia hasta dónde estaban dispuestos a llegar algunos antes de renunciar a su negocio y su cultura. Tampoco cabe olvidar que en el origen de la Guerra Civil se encuentra una querella sobre la expansión de la esclavitud a los territorios vírgenes del Oeste (Wilmot Proviso, 1846).

Negroes

Pero hay otros datos para quienes pretendan sustituir las “soluciones” de Ron Paul por algún esquema alternativo de incentivos: los propietarios de esclavos representaban apenas un 6% de la población blanca total del Sur, y de ellos, alrededor de la mitad poseían cuatro esclavos o menos. Los varones sureños que fueron a la guerra a morir en la terrible proporción de 1/4 [2] eran en su mayoría hombres sin intereses directos en la gran economía de plantación que sostenía la mano de obra esclava. Como los palestinos de hoy, muchos de aquellos hombres estaban dispuestos a morir o a llevar una existencia pobre y brutal antes que romper el círculo vicioso de la tradición, el honor y la vergüenza. Randall concluía:

Un análisis definitivo muestra que la actitud de los sureños hacia su “institución peculiar” no estaba determinada por tales fuerzas económicas. La esclavitud era para ellos parte de un modelo de vida; la reconocían por doquier, la tomaban como norma. No es sólo que la institución se defendiera económicamente, pues, como ha hecho ver F. L. Olmsted, “la vitalidad del esclavismo no necesita depender en ningún lugar de su mera bondad como sistema de trabajo”. El sentimiento de estabilidad social, que comprendía el rechazo de la innovación y el orgullo por los rasgos distintivos de la vida del Sur, operaba como un poderoso determinante; y ningún argumento tenía más peso que la pregunta: ¿Qué sucedería si esos millones de negros se soltasen en la sociedad?

NOTAS

[1] Según W. E. Dodd, mil familias terratenientes “obtenían más de 50 millones de dólares al año, mientras que las restantes 666.000 familias obtenían sólo unos 60 millones”.

[2] Los muertos sureños en la guerra (258.000), la mayoría debidos a enfermedad y privaciones, representaron alrededor de un 5 % de la población blanca total de los Estados Confederados. Por ofrecer algunos términos de comparación, los porcentajes para Japón y la Gran Alemania en la Segunda Guerra Mundial fueron de 3,78 y 10,47% respectivamente sobre la población total -ténganse en cuenta los muertos civiles, que representan una porción despreciable en la Guerra Civil-, y 23,1 y 27,95% para los movilizados.


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