El retorno de la historia

Posted on Septiembre 3, 2008 porJ


El último año del siglo pasado, Robert Kagan y William Kristol publicaron Present Dangers, una colección de artículos con la política exterior americana como leitmotiv que se convirtió en algo parecido a un manifiesto neocon [1]. La nómina de autores, en torno al Project for the New American Century, incluía los nombres de Richard Perle, Reuel Marc Gerecht, Elliott Abrams, Paul Wolfowitz y Frederick y Donald Kagan, hermano y padre de Robert. En términos generales, los ensayos del libro abogaban por una afirmación de la hegemonía americana que no se confiase únicamente al soft power ni a los “benéficos efectos del comercio” y se aventurase en el intervencionismo pro-democrático. Era, por así decirlo, un aviso del (eterno) retorno de Hobbes tras la ilusión de Fin de la Historia en los años noventa, lo que permitió a los neocon partir con ventaja en el debate político cuando los atentados del 11 de septiembre de 2001 inauguraron el nuevo siglo.

La visión neoconservadora, fuese lo que fuese, tenía además una característica fundamental frente a otros discursos político-económicos más proclives al adanismo -o a la tierra plana-: la consideración de la historia. El appeasement hacia Hitler en los años 30 o la Guerra del Peloponeso han sido referencias constantes, hasta el punto de provocar reacciones irónicas [2]. Por ejemplo, el artículo de Present Dangers firmado por Donald Kagan, un prestigioso historiador clásico de Yale, analizaba los retos de la política exterior americana a la luz de sucesivas experiencias históricas.

Tres años más tarde, Donald Kagan condensó sus cuatro tomos de historia de la Guerra del Peloponeso en un sólo volumen accesible a los no especialistas. The Peloponnesian War es una excelente compañía, alternativa o continuación del relato de Tucídides, al que sigue y enriquece con aportaciones de Plutarco, Diodoro, Jenofonte y Aristóteles entre otras fuentes. Kagan aventura además juicios que contradicen a los del padre de la historia crítica en numerosos episodios y personajes de la guerra: la naturaleza del liderazgo de Pericles, el carácter de la democracia ateniense, la expedición a Siracusa, Nicias… Es posible que las tendencias oligárquicas de Tucídides nublen su juicio en ocasiones, como nubló el de Tácito la añoranza de las “viejas libertades” patricias. No obstante, el propio prejuicio democrático de Kagan también le lleva  a defender tesis que los mismos hechos que refiere desmienten. Por ejemplo, cuando niega que el carácter democrático radical de Atenas influyese en la derrota. Algo que es casi evidente cuando se considera, por ejemplo, la elección como general de la expedición siracusana de Nicias, que no creía en ella. O los ascensos y caídas en desgracia de Alcibíades, un comandante brillante pero sobrevalorado que ejercía fascinación sobre el demos por su astucia, su osadía y, por qué no, su belleza. O la dirección colegiada de la flota ateniense en Egospótamos frente al mando único de Lisandro, al que los espartanos habían permitido un segundo mandato encubierto burlando sus propias leyes. Los demócratas haríamos bien en tomar nota de la ingenuidad sufragista del primer experimento democrático de la historia.

Finalmente, este mismo año, Robert Kagan ha publicado The Return of History and the End of Dreams, un librito de apenas un centenar de páginas que resume el regreso de la visión trágica a las relaciones internacionales. Si, como escribió Cioran con sorna, sólo un alérgico a los finales felices puede aficionarse a las lecturas históricas, el retorno de la historia es el retorno de la desgracia. El resurgir de Rusia, el radicalismo islámico, el ascenso de las nuevas potencias asiáticas, le sirven a Kagan para trazar un cuadro dominado nuevamente por la dialéctica de los Estados y las naciones, un paisaje moral presidido por las pasiones que ya nombrara Tucídides hace dos mil cuatrocientos años: el miedo, el honor y el interés. Pasiones que, con otros nombres y otras máscaras, siguen impidiendo que la tierra sea plana y siguen aplazando el fin de la historia.

(Para Eduardo, en recuerdo de cuando fuimos neocones)

NOTAS

[1] Podría decirse que el verdadero manifiesto era el artículo a partir del cual nació el libro, “Toward a Neo-Reaganite Foreign Policiy”, aparecido en Foreign Affairs en 1996.

[2] Un artículo en el que North transpira mala fe, o quizás sea que confunde ligereza con desinformación. Por ejemplo, asegura que la amenaza persa había desaparecido después de la transformación de la Liga de Delos en Imperio Ateniense; pero fueron precisamente los persas quienes permitieron a Esparta ganar la guerra con Atenas costeando la flota del Peloponeso. En la primera alianza entre Esparta y Persia, el negociador espartano Calcideo aceptó -seguramente a instancias de Alcibíades- la soberanía del Gran Rey sobre todos los territorios del Egeo que le hubieran pertenecido a él o a sus antepasados en algún momento; esto es, toda la costa Jonia y la península griega hasta el Ática. Tampoco es que extrañen estas manipulaciones, viniendo de la página del autor de las newsletters de Ron Paul.