
Nombres de libros: el libro
Octubre 2, 2008![]()
Eduardo me pasa un meme consistente en seleccionar dos libros, uno que salvar y otro que arrojar a una hipotética hoguera. Me temo que me voy a ver obligado a hacer trampa: no voy a salvar un libro, sino seis. Exactamente los seis volúmenes originales de The History of the Decline and Fall of the Roman Empire de Edward Gibbon.
Decadencia y ruina es una historia del Imperio romano desde los Antoninos -”…the period in the history of the world, during which the condition of the human race was most happy and prosperous…”- hasta la Caída de Constantinopla en 1453. Pero, por supuesto, es mucho más que eso. Hace años, mientras lo leía, me recuerdo asaltado por la poderosa sensación de desplazarme entre tres tiempos: el de la historia, el del narrador y el mío propio [1]. Si todo se perdiera y hubiera que empezar desde cero, como los monjes de San Leibowitz, la obra de Gibbon nos ofrecería un panorama del hundimiento de la civilización urbana clásica a la luz del espíritu escéptico de la Ilustración; y, por supuesto, vislumbres de las formas políticas, sociales y religiosas que se enseñorearon de Occidente entre ambas épocas. Gibbon escribe en los albores mismos de la modernidad -en el sentido anglosajón-: Decline and Fall comienza a publicarse en el preciso año de 1776, y su último volumen no aparece sino en 1789. Es decir, coincide con La riqueza de las naciones, con la muerte de David Hume y con la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, pero también con la Toma de la Bastilla y los Decretos de Agosto. No debe ser casualidad que los procesos revolucionarios americano y francés parecieran imitar en ocasiones tan asombrosamente algún pormenor de la historia romana. El ocaso de “la barbarie y la religión” permite que los hombres se reconozcan de nuevo en Tucídides y en Tácito más que en los relatos fabulosos de los Legenda Aurea. El mundo malthusiano [2] del Antiguo Régimen agonizaba, y moriría definitivamente bajo los pies de la Grande Armée y los cañonazos de la Royal Navy. El estilo de Gibbon, épico pero también cínico, descreído pero prudente [3], levanta testimonio a la vez, quizá sin advertirlo, de esta otra decadencia y ruina.
En cuanto al libro para la hoguera, y como supongo que esto tiene alguna intención polémica, haré otra vez trampa y no tiraré uno, sino todos. Es decir, cualquier manual escolar de literatura. No estoy seguro de que los adolescentes deban estudiar literatura, pero sí tengo muy claro que no deben estudiarla sistemáticamente. Con que siguieran el consejo de Balzac recogido por Nabokov en su estupendo Curso de literatura europea, conocer muy bien apenas cinco o seis libros, ya harían más que suficiente.
NOTAS
[1] La sensación, por supuesto, se acentúa si uno se atreve con la edición española de Turner, facsimilar de la primera y única íntegra disponible en nuestro idioma. No le hagan caso a Kantor: la traducción de Mor de Fuentes, en un castellano que ya era arcaico en 1840, no carece de ciertos valores literarios y evocativos como creación autónoma; aunque la claridad no es uno de ellos, al menos desde el punto de vista del lector actual. La ortografía y tipografía de la época tampoco ayudan, bien es cierto. El estilo de Gibbon es menos enrevesado de lo que resulta cuando se intenta trasladar su sintaxis al español, suena menos rimbombante y tiene un sabor menos añejo y castizo que el lenguaje terroso de Mor, pero es igualmente reconocible. Coleridge lo detestaba, sin razón, y Joyce lo imitó junto a los de otros muchos ilustres en el capítulo décimo cuarto de Ulysses.
[2] Gibbon no llegó a beneficiarse de la medicina moderna, y sufrió toda la vida por culpa de una enfermedad infamante y dolorosa, la hidrocele testis, que acabaría por llevarlo a la tumba tras una peritonitis provocada por la rudimentaria cirugía de su siglo.
[3] De talante poco revolucionario, Gibbon fue más bien un ilustrado burkeano, con poca paciencia tanto para las sotanas como para los ansiosos de novedades. En Decadencia y ruina acostumbra a dejar las anécdotas más irreverentes o procaces en latín o griego. Así, por ejemplo, la historia de los plebeyos encumbrados a alguna magistratura por Heliogábalo en virtud de la enormitas membrorum, o el número hardcore de Teodora con las ocas y los granos de cereal.
Te agradezco la nominación. Pero ya no memeo.
Te contesto, para dejar manifiesta mi voluntad de seguir hablándote, que tengo dos lugares en mi casa con libros. Uno es mi estudio, donde están los libros para leer y guardo todos aquellos que me merecen respeto. En la lista de espera asoma la cabeza el “Cours familier de philosophie politique” de Pierre Manent. La lista de los respetables está encabezada por Las Confesiones de Agustín y se cierra con la Eneida de Virgilio. El otro lugar es el garaje. Allá se acumulan la inmensa mayoría de los leídos antes de tirarlos a la basura.
Me pones en el compromiso de dejar patente mi ignorancia, pero recojo el guante.
Un saludo.
[...] de que, a pesar de que me gusta mucho leer, me quedan todavía muchos libros por consumir. Cuando J me encadenó al meme literario de moda en la blogosfera (ya se sabe, debes salvar y condenar un par [...]