Acton, Berlin, Kedourie: visiones del nacionalismo (un esbozo)

Posted on octubre 30, 2008

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La cita de la anterior entrada procede de un vigoroso ensayo de Isaiah Berlin, “Nationalism. Past Neglect and Present Power”, contenido en Against the current -existe traducción española: Contra la corriente. Antes de pasar a analizar los orígenes del nacionalismo, Berlin enumera nombres canónicos de la historiografía y las ciencias sociales decimonónicas para señalar sus aciertos y resaltar el hecho de que, con todo, ninguno fuese capaz de anticipar el triunfo de la idea nacional, ni los desmanes que provocaría en no pocos lugares y momentos. Cierto que en su nómina de autores no aparece lord Acton, que ya en 1862 (“Nationality”) vaticinaba:

But nationality does not aim either at liberty or prosperity, both of which it sacrifices to the imperative necessity of making the nation the mould and measure of the State. Its course will be marked with material as well as moral ruin, in order that a new invention may prevail over the works of God and the interests of mankind. There is no principle of change, no phase of political speculation conceivable, more comprehensive, more subversive, or more arbitrary than this.

(…)

Although, therefore, the theory of nationality is more absurd and more criminal than the teory of socialism, it has an important mission in the world, and marks the final conflict, and therefore the end, of two forces which are the worst enemies of civil freedom -the absolute monarchy and the revolution.

Para Berlin, el nacionalismo nace en Alemania por una suma de factores no muy distintos de los que menciona, por ejemplo, Peter Viereck en Metapolitics. Por un lado, los agravios seculares de la civilización francesa hacia los alemanes. Agravios tanto objetivos -la mano del estado francés tras la carnicería en los países alemanes durante la Guerra de los Treinta Años; las campañas de Luis XIV, Heidelberga deleta; y, last but not least, las guerras napoleónicas- como subjetivos. Así, la presencia asfixiante de un cosmopolitismo clasicista procedente de la otra orilla del Rin, la imposición del francés como lengua diplomática y cortesana, la minusvaloración de la lengua y la cultura alemanas. En este contexto, la existencia de unas clases ilustradas, o semi-cultas al menos, desligadas de la política del ancien régime sacroimperial pero también desconfiadas hacia el carácter disolvente y extranjerizante de la modernidad que se anuncia, se simboliza en el Sturm und Drang: un grito contra la philosophia perennis de la Ilustración. Estos serán los hombres que, con distintos grados de estos componentes a menudo antitéticos, den forma a un nacionalismo progresivamente más exaltado, según Berlin; hombres de letras, como Herder -admirador de la Revolución Francesa, por cierto- y Fichte, o demagogos puros y duros como Jahn, el inventor de la gimnasia moderna.

Elie Kedourie, con menos matices y una actitud que parece provenir en línea recta de Acton, procede a la deconstrucción del Nacionalismo, en la obra del mismo nombre, desde el punto de vista de la genealogía ideológica. Y no halla, en último término, otro a quien enjaretarle el muerto de la soberanía nacional que a Kant y su idea de la autonomía moral. De aquí procedería, por analogía y a través de, por ejemplo, Fichte, la autodeterminación de ese otro conjunto orgánico, la nación. De todas formas, el mismo filósofo se habría encargado, en La paz perpetua, de avanzar un ejemplo acabado de política ideológica y no constitucional; es decir, de -por decirlo con Oakeshott, mentor y amigo de Kedourie- una política “de la fe” o “del libro” en lugar de una “del escepticismo”. Después, los revolucionarios franceses, al poner la “voluntad manifiesta” del pueblo alsaciano de unirse a la nación francesa por encima de los anteriores tratados y legitimidades, habrían sentado el precedente fundamental, prefigurando el panorama de 1918.

Lo cierto es que Kedourie, judío bagdadí de 1926, no necesitaba a Acton para nada. No, al menos, para despreciar los principios de soberanía nacional que, con premisas más o menos verídicas, habían contribuido a desmembrar el Imperio otomano bajo cuyo suave yugo había vivido su familia durante generaciones. Pero esa es otra historia.