¿Un nuevo proto-fascismo?

Publicado en diciembre 8, 2008

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Camuflada entre el ruido y la furia de una guerra cultural más amplia, revuelta a veces en el cajón de sastre de esa “eclosión” que algunos persisten en caracterizar como un movimiento cívico liberal, se viene manifestando en los últimos tiempos una corriente de pensamiento proto-fascista que exhibe sus fuentes y su verdadera naturaleza cada vez con menos reparo.

Umberto Boccioni. "Dinamismo di un footballer"

Umberto Boccioni. "Dinamismo di un footballer"

Como el término está muy gastado, doy unos rasgos a vuelapluma para situar el fenómeno: se trata de un pensamiento antimoderno, más que anti-postmoderno; nostálgico de algún pasado ideal, generalmente previo a 1789; espiritualista, que remite a las esencias representadas por una religión o destino común trascendente; anti-racionalista y anti-científico, por más que haga pasar ambas características por crítica al cientifismo -o “ciencismo”-; anti-izquierdista, por lo que la izquierda tiene de moderno, igualitarista y universalista, pero contrario también a la izquierda anti-moderna y particularista, por atentar contra las esencias de Occidente; en general, crasamente anti-político y anti-democrático, rozando el populismo cuando no incurriendo en él; y, finalmente, contrario a la economía de mercado o, por decirlo con Antonio Escohotado, “enemigo del comercio”, el gran disolvente. Dos datos más para acabar de situarlo en la vecindad de un proto-fascismo más o menos estético: la nómina de referentes -de los que hablaré más adelante-; y el rechazo sin matices de la igualdad, uno de los valores densos de la modernidad, según Fernando Vallespín, y uno de los fundamentos de la idea de Occidente a juicio del mismo Escohotado. Como se ve, abundan más los anti- que las doctrinas positivas; es, en resumen, un pensamiento reaccionario contra la modernidad a través de la postmodernidad, y contra el liberalismo a través de la izquierda. En todo caso, conviene entender que se trata de una corriente heterogénea, una reacción en el más puro sentido de la palabra, y más bien confusa -como no podía ser de otra forma.

Estos “nuevos reaccionarios” a la española -que en muchos sentidos se sitúan en las antípodas de un Houellebecq, no digamos Finkielkraut o Glucksmann- parecen beber de dos fuentes, no necesariamente inconciliables: el anti-izquierdismo y la literatura. Por un lado, el proto-fascismo ofrece algún asidero a quienes reniegan visceralmente del progresismo ambiental, a los desclasados ideológicos en busca de algo más sólido que una mera opción electoral o menos arduo que un análisis crítico sobre cada problema particular. Un sistema de certidumbres que, por añadidura, tiene el prestigio de lo melancólico y el sempiterno atractivo de la conspiración y la mentalidad de asedio. Muchos supuestos liberales de la “eclosión” no andan lejos de estas coordenadas.

Por otro, el potencial de provocación de una ideología que coquetea tan abiertamente con el malditismo y el tabú político ha de atraer necesariamente a narcisistas y estetas, aunque sean de alpargata. Al fin y al cabo, el esteticismo ha alimentado también una parte significativa de las múltiples manifestaciones históricas del fenómeno, de D’Annunzio a Mishima. Es también la metapolítica a la que se refería Viereck. Volveremos sobre esto.

Uno de los representantes ejemplares de la corriente es José Javier Esparza, locutor de la Cope y columnista de El Manifiesto.com, una página que nace a rebufo de la revista impresa, como vehículo de expresión de las ideas y los temas del llamado “Manifiesto por la muerte del espíritu”. Presentado en 2002 por Javier Ruiz Portella, actual director de la revista, con el apoyo del escritor Álvaro Mutis, el manifiesto es un -inevitablemente- vago lamento antimaterialista que tanto podría interpretarse como una impugnación de la postmodernidad cuanto de la misma modernidad; y este parece haber sido, al fin, el sentido triunfante. De las peculiares propuestas aeronáuticas de algún firmante ya hablamos hace tiempo; y por cierto que repasar la lista de los más ilustres procura alguna sorpresa, aunque habrá que desligar la ocasional aprobación de un texto poco claro y nada comprometido del apoyo al proyecto posterior surgido de él. El ideario de los escritores reunidos en El Manifiesto define bien el ámbito de este nuevo proto-fascismo: básicamente, todo combustible contra la modernidad que no venga de la izquierda es bienvenido, desde las diatribas contra el laicismo a la moda hasta la recuperación de autores malditos, desde el anticapitalismo de derechas a la Nouvelle Droite de Alain de Benoist o, por qué no, el tradicionalismo québécois. Se distingue por una cierta intelectualización y estilización de la ideología, aunque forzoso es decir que se trata de una intelectualización más bien pedestre, de cortos vuelos.

Menciono la “recuperación de autores malditos“, y ésta parece ser en más de un caso la verdadera fuerza motriz del giro ideológico: la identificación estética con algún maldito, ya sea Jünger, Belloc, Bloy, Evola, Pound, Mishima, el mismo De Benoist…; bien entendido que nos referimos aquí a un malditismo de derechas. La propia columna de Esparza, “Diario de un emboscado”, presenta un título en clave juengeriana. Y no de otro modo cabe interpretar las letanías de Juan Manuel de Prada en ABC sobre asuntos de los que todo lo ignora; letanías que reproducen punto por punto y de manera machacona los argumentos de un Chesterton, un Belloc o ese oscuro Leonardo Castellani que anda últimamente empeñado en resucitar. Tampoco serán casuales los encendidos piropos de Prada a Montserrat Nebrera, la candidata del sector ultra a la presidencia del PP catalán. En la revista del Foro Arbil, al que están vinculadas las figuras principales de este sector, encontramos de nuevo a Belloc en medio de un despliegue de integrismo católico, tradicionalismo y propaganda anti-abortista de grano grueso. “El genocidio abortista es fruto del sistema liberal relativista”, reza la cabecera de un pop-up del Congreso Internacional Provida 2009 que salta al abrir el último número de la revista, que incluye artículos sobre masonería, bioética y política tomista, y un texto de Aquilino Polaino.

A Aquilino Polaino y Juan Manuel de Prada los volvemos a encontrar en el consejo asesor del nuevo Ya.es, otro medio de reciente creación que se sitúa en este incierto territorio entre el tradicionalismo, el conservadurismo religioso y el proto-fascismo. Una página donde podemos encontrar editoriales que hablan de “la carroña republicana” o incluyen párrafos como el siguiente:

Así mismo, la ley de leyes debe recoger un artículo que prohíba expresamente la comisión de delitos como el aborto o la eutanasia en cualquiera de sus modalidades, y que prevea el cierre inmediato de todos aquellos centros donde se practique esa auténtica aberración moral. Mientras no se acometan cambios sustantivos, España seguirá siendo lo que es hoy: el imperio del crimen y el paraíso de los criminales.

Además, Ya.es ofrece un generoso apartado a los “Movimientos de la Iglesia” y, por supuesto, la inexcusable propaganda contra el aborto.

Con todo, si El Manifiesto muestra los coqueteos, con mucho de pose y de esteticismo, de una cierta intelectualidad con la tradición reaccionaria, proto o neo-fascista de De Maistre, Maurras y el mismo De Benoist -un acerbo crítico del cristianismo, autor de ¿Cómo ser pagano?-, sazonada con toques de Jünger o Nietzsche, de un espiritualismo paganizante en ocasiones, iniciativas como Arbil o este nuevo-viejo Ya parecen encajar mejor con las de la derecha religiosa americana, y acaso no sean del todo ajenas a ella. A menos que consideremos el manido nacional-catolicismo como la variante auténticamente española del fenómeno fascista, a la manera de Action Française o la esencia católica de la España joseantoniana. No en vano muchos de los nuevos defensores de la fe parecen más bien cristianos o católicos à la Maurras; es decir, que abrazan la religión como factor de orden y como expresión de la esencia nacional -o europea- más que por sincera creencia en el dogma. Así, un Agapito Maestre que ha pasado de la Universidad Humboldt de Berlín Oriental a la encendida defensa del cristianismo en la esfera pública; o un Pío Moa que achaca todos los males del último siglo a la descristianización, pero no parece tener un conocimiento muy profundo del Nuevo Testamento. Sea como fuere, el proto-fascismo al estilo de El Manifiesto y el integrismo católico de Hazte Oír o Arbil conviven sin mayor problema en la trinchera. En el archivo de “La estrella polar” enlazado unos párrafos más arriba pueden escucharse las colaboraciones de Gádor Joya en el programa de Esparza, una entrevista a Santiago Gotor y la hilarante presentación del libro “El hombre y el animal” de Leopoldo Prieto, un profesor de antropología filosófica que deduce la discontinuidad del hombre con el resto de seres vivos y la existencia del alma inmortal a partir de la neotenia, ese fenómeno observado también en salamandras y caniches.

Con todo, y sin caer necesariamente en estos extremos ridículos, los ejemplos de Moa y Maestre, ambos columnistas en un medio pretendidamente liberal, dan buena prueba de la confusión en que ha parado esa “eclosión liberal” cuyos medios y foros más señalados oscilan ya, se diría que sin solución de continuidad, entre un extravagante anarquismo de inspiración libertarian, la propaganda religiosa y el populismo de derechas. Un populismo cuyo público objetivo, no se olvide, es el mismo que el de los medios y grupos mencionados más arriba -target que podría crecer entre los vaivenes de una crisis económica prolongada; algunos ya lo proponen sin recato. Quien lo dude, no tiene más que pasarse por los hilos de comentarios de los blogs de Pío Moa o Federico Jiménez Losantos, o por determinados foros de los que ya hemos hablado aquí.

Resulta también curioso que figuras de más que probado reaccionarismo, como Nebrera o Prada, aparezcan en los medios en representación de una hipotética “derecha moderada”. Quizás se les invite en virtud de su muy matizada, o nula, defensa de la economía de mercado; para gran parte de la izquierda, la posición ante el sistema económico constituye el determinante fundamental de la “moderación”. Quizás se trate de dar voz a elementos estrafalarios que minan sus propias posiciones. Conspiracionismos aparte, convendría evitar la ingenua idea de que la última ofensiva religiosa, secundada por una santa compaña de literatos, confusos, arribistas y derechistas maurrasianos que ejercen, por usar la terminología marxista tan familiar a algunos de ellos, de tontos útiles o compañeros de viaje, sea espontánea. Páginas cuidadosamente diseñadas y perfectamente organizadas, estrategias y argumentarios calcados de sus precursores americanos -o incluso turcos- y la infiltración en medios liberal-conservadores o la creación de otros nuevos no salen gratis ni se improvisan. En cualquier caso, es difícil evaluar el daño que unos y otros están haciendo a la posibilidad de consolidar alternativas verdaderamente conservadoras y liberales en España, y hasta qué punto contribuyen a afianzar la hegemonía cultural y el éxito político de la izquierda.