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Con la llegada de la democracia, la configuración del estado de las autonomías y la incorporación a la postmodernidad, la reivindicación de las esencias patrias -de las españolas, al menos- parecía haber pasado de moda para siempre. Se hubiera dicho que los particularismos autonómicos agotaban el discurso de la identidad y los valores propios: la exaltación de la idiosincrasia de nuestra particular unidad de destino en lo universal quedaba para los militares, alguna que otra tribu urbana y, por supuesto, el chalet de Aznar. No obstante, hay un reducto donde aún impera la defensa a ultranza de lo propio. Me refiero, claro es, al deporte.
En consonancia con los tiempos, quien ha formulado de manera definitiva la versión postmoderna del right or wrong my country no ha sido algún torvo maestro de escuela, sino un estudio de creativos publicitarios: Ser español ya no es una excusa: es una responsabilidad. Nótese que se introduce en el eslogan una cierta idea de progreso: antes, los españoles no éramos responsables; pero aquella era la época de las medallas en vela y el Mundial 82. Hoy día no sólo hemos entrado en el euro, sino que las naciones se nos rinden sobre el césped, el parquet, el asfalto o la tierra batida. Triunfamos en todos los deportes, en los tradicionales y en los que antes se nos negaban; e incluso en alguna que otra disciplina circense.
Y esta pujanza española, que a todo el mundo admira como una verdadera Segunda Transición, qué digo, Segunda Armada Invencible, no se debe al dinero invertido, claro, ni a ninguna “ayuda externa” -eso es cosa de “los otros”-, ni a la permisividad de nuestras autoridades deportivas, sino a algo más sencillo y mucho más elevado: el espíritu nacional. Con un par.
Por eso, cuando algún deportista español, en alguna parte del mundo, fracasa, no debemos caer en la tristeza ni en la decepción, ni mucho menos en la autocrítica. ¿Acaso no sabemos que siempre hay algún competidor extranjero dispuesto a hacer trampas? ¿Algún juez extranjero que nos odia? ¿Algún periodista extranjero que nos calumnia? De hecho, hemos alcanzado un nirvana deportivo en que tanto da ganar o perder: el español, al margen de cronómetros o reglamentos, es siempre el vencedor. Se trata de la metapolítica aplicada al deporte. Porque esta nueva celebración de las esencias nacionales es políticamente transversal: los brindis patrióticos se alternan democráticamente a derecha e izquierda. Se acabaron las dos Españas; ya sólo existe la que gana, según toque, la Eurocopa, la Copa Davis o los Mundiales de Petanca.
Y, en esta dimensión alternativa en que nos encontramos, las evidencias no son tales, las leyes físicas no existen y los prosaicos análisis nunca pueden valer más que la palabra de un hombre, ¡de un español -aun si él no supiera que lo es-! Y los casos sospechosamente trágicos no se tratarán como tales, no se investigarán hasta las últimas consecuencias para evitar su repetición; no, lo importante entonces es “acelerar los trámites” y envolverlo todo en el pringoso sentimentalismo de la tribu.
En fin, en apenas unos años pasamos, sin solución de continuidad, del destino imperial de la raza ibérica a un fláccido patriotismo constitucional habermasiano que nunca movilizó a nadie más allá de la calle Génova. Pero ahora, por fin, hemos hallado nuestra verdadera vocación nacional: la hematopoyesis. ¡Viva España!


Pascual González
agosto 27, 2009
Uno de nuestros problemas es la ínfima calidad política del patriotismo español. Su sola mención chirría, y sin embargo no tengo claro que el Estado-nación (en el que sigo creyendo) pueda prescindir sin más de una mitología compartida, que es la base de cualquier patriotismo. Francia, EEUU, Israel u Holanda podrían ser ejemplos de una mitología, digamos, “funcional” a la hora de alimentar la identificación colectiva de sus ciudadanos con sus respectivos Estados-nación. En España no tenemos ningún relato lo bastante eficaz, y los problemas “existenciales” están garantizados. Es muy difícil hallar una narración patriótica que no acabe cayendo en la melancolía. Creo que eso se ha trasferido de alguna forma al modo de narrar el fracaso o el éxito deportivos en la forma en que comentas.
Sobre el patriotismo constitucional, hay algo curioso. Que yo sepa, la primera vez que se oyó tal cosa en España fue en el Congreso de los Diputados, en 1984 si no me equivoco. Allí lo invitó su Presidente, el socialista Peces Barba. La elección de aquel discurso en aquel momento no parece casual, dado que España, tras una larga dictadura y en una transición a la democrática aún en una fase tierna, se encontraba ante un problema parecido al de la Alemania de posguerra: si hay que volver a constituir el Estado-nación alemán… ¿qué tipo de patriotismo puede cultivarse sin caer en la estilización y la mitologización de la historia nacional? El patriotismo constitucional, basado ahora en las narrativas ilustradas más que en la tradicional épica de las naciones, era la solución.
Lo curioso en nuestro caso (dejando aparte la efectividad real del invento habermasiano) es que dicho patriotismo fuera importado en primer lugar por los socialistas españoles, reivindicado después por la derecha y ridiculizado por los propios socialistas en el momento en que el PP quiso hacerlo funcionar.
Eduardo
agosto 27, 2009
Es que somos una raza superior…
Pero, como no somos Suiza, las glorias deportivas tienen al menos un efecto político positivo: servir como contrapeso del nacionalismo folklórico periférico.
J
agosto 27, 2009
Pascual: completamente de acuerdo. No sé si hace falta aclararlo, pero el post no arremete contra el patriotismo per se, porque también creo que un sentimiento y un discurso público de copertenencia, y un conjunto de símbolos asociados, son necesarios. Lo que asombra es la caricatura de ese sentimiento, y que sólo aflore de la manera más burda y en relación con gilipolleces.