Estado y corrupción

Posted on Noviembre 13, 2009 porJ


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Después del espejismo de los primeros años de la blogosfera, el debate político en la red se ha instalado en los vicios habituales de los viejos medios. No ha sido quizás ajena a ello la ocupación del espacio por falsos blogs alojados en medios tradicionales; columnas disfrazadas, sin enlaces ni comentarios, que de bitácora tienen poco más que el nombre.  Eso y, claro, las banderías y la trinchera, que acaban siempre con los matices y con la necesidad de argumentar y justificar las propias posiciones.

El caso es que abundan las arengas y las declaraciones campanudas sin más apoyatura que la profunda e inexplicable convicción del que las escribe. Casi nadie parece sentirse obligado a rendir cuentas del proceso por el que las ideas que tan orgullosamente nos presenta han llegado a formarse, ni a sostenerlas con otra cosa que el verbo. Caso ejemplar es el del Instituto Juan de Mariana, cuya propaganda anarco-conservadora suele adquirir la forma de aburridos, confusos y doctrinarios sermones, sin la menor referencia bibliográfica y carentes de esa elemental cortesía blogosférica que es el enlace. Hoy, por ejemplo, tocaba hablar de cómo en el origen de la corrupción se halla… ¿lo adivinan? El Estado.

Bien, a poco que alguien esté mínimamente al tanto de historia y current affairs, la idea es bastante sospechosa. Tampoco es que el caso se presente, todo sea dicho, con una convicción arrolladora; ni, por supuesto, hay un sólo dato, cifra o nota bibliográfica que lo justifique. Pero es que, además, bastaba perder 20 segundos en entrar en la página de Transparency International y observar el mapa que incluyo arriba para comprobar que, si acaso, parece haber una fuerte correlación entre la debilidad del Estado y el grado de corrupción. Más aún: como la realidad es aficionada a estas pequeñas ironías, resulta que en 2008 los países menos corruptos fueron Dinamarca, Nueva Zelanda y Suecia, y el más corrupto… efectivamente, Somalia. Pero, claro, por qué permitir que lo factual nos arruine una buena homilía.


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