Aborto y excomunión

Posted on noviembre 27, 2009

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La escalada retórica en torno al aborto parece no tener límite. Las comparaciones con el Holocausto y otras de parecido jaez son ya moneda corriente (¡ay, esa Ley de Godwin!). La Conferencia Episcopal ha echado mano incluso de repertorio clásico: el pasado 11 de noviembre, Martínez Camino anunció, apuntando a los diputados católicos, que la Ley del Aborto era contraria a la fe católica, o sea, herética; y que, por tanto, quienes la promoviesen estaban excomulgados ipso facto. Aunque hoy ha reculado parcialmente, entre consideraciones sobre la “culpabilidad subjetiva” de los fieles -no olvidemos que es jesuita-, mantiene que los que apoyen la ley quedarán excluidos de los sacramentos, aunque no excomulgados; lo que sugiere otra figura de sabor añejo: el interdicto o entredicho.

Pasemos por alto las ya habituales muestras de doblepensar (“El Estado no puede imponer una mayoría moral a todos, ni aunque fuese la católica. El Estado no es el educador de la sociedad, ni puede imponer principios morales.”). La cuestión del interdicto plantea algunas dudas: el local -que, lástima, ya no se practica- acarrea la suspensión de los sacramentos en un territorio durante el tiempo de vigencia; el personal, en cambio, se aplica a un individuo o grupo y es, básicamente, una excomunión de menor gravedad: el afectado no puede recibir los sacramentos, pero permanece en la comunidad de los fieles y puede incluso mantener los cargos eclesiásticos que tuviera. Se trata de un castigo para ofensas de grado menor que la herejía, como la simonía, el amancebamiento y el desacato, pensado muy especialmente para mantener la disciplina en el seno de la propia Iglesia.

Bien, si el aborto en los plazos que marca la ley es un crimen tan horrendo como dice, se entienden mal los remilgos de la Iglesia a la hora de usar la excomunión. Viene a ser, por usar un símil futbolístico, como castigar una agresión flagrante con una tarjeta amarilla. Lo cierto es que existen precedentes en ambos casos: excomunión e interdicto, con el matiz de que la primera iba dirigida a quienes lo practicaron y el segundo, como en el caso español, a un político. De cualquier modo, tampoco sería la primera vez que la Iglesia excomulga en masse por motivos políticos. Parece, sin embargo, y por seguir con el símil, que la Conferencia Episcopal no quiere cargarse el partido. Este desajuste entre las retóricas y los medios, entre lo que se amaga y lo que se está dispuesto a hacer, sugiere que nos hallamos ante una representación en la que la Iglesia y sus satélites ejercitan su bargaining power. Y algo más: permite sospechar que, a pesar del tono desmedido de los discursos y del elemento iconocrático, el aborto no es en el fondo ni para sus detractores más gritones algo comparable al asesinato, sino más bien una cuestión de “buenas costumbres”, un caso de pánico moral.

Miquel Barceló. "Hipócritas", de La Divina Comedia