La España eterna e insufrible I

Posted on Diciembre 12, 2009 porJ


Una característica central de los nacionalismos románticos es la creencia en una esencia nacional ahistórica que pervive en el tiempo, la percepción de la nación como un ente, un espíritu hegeliano, que, fuera de la historia, actúa sobre esta. En años recientes, años de “guerra cultural”, diversos sectores de la derecha española han tratado de articular un discurso nacional que incorpora no pocos elementos de tradición romántica y del discurso oficial franquista. Con ello, han renunciado a un republicanismo ilustrado -que no necesariamente había de pasar por el blando “patriotismo constitucional” habermasiano- en favor de versiones míticas y sentimentales. En la inmejorable formulación de Pascual, proponen “un nacionalismo español basado en la melancolía y el tradicionalismo culturales, antes que en una idea de España como comunidad política formada por ciudadanos diversos y articulada mediante instituciones pragmáticas, leyes eficaces y un imaginario ilustrado”.

En esta entrada, que para no aburrir más de la cuenta he dividido en partes, pretendo esbozar una crítica a dicho discurso desde el punto de vista de la teoría política y la historia. Consideración más detenida merecería su idoneidad estratégica: baste decir por ahora que la versión romántica, dejando a un lado modalidades folclóricas, apela a un target cada vez más reducido y envejecido, y que difícilmente se le podría vender a las nuevas generaciones, aun cuando se pusieran medios de que ahora se carece, cuando todos los vientos en España y en Europa soplan en contra -máxime si tenemos en cuenta el muy relativo éxito de la educación franquista en este sentido.

En primer lugar, soy consciente de que la distinción entre nacionalismo civil y romántico, o político y étnico, no está exenta de problemas. O, por expresarlo con la ironía de Anthony Marx, los nacionalismos políticos son los que ya cometieron su genocidio hace siglos. La construcción nacional presupone un cierto grado de homogeneidad, que puede haberse iniciado previamente de manera cruenta (conquista, guerras de religión, expulsiones y exclusiones) y se complementa o alcanza mediante medios más propios del Estado nación moderno: la educación universal, el discurso patriótico, los servicios públicos, el servicio militar, etc.

Es precisamente este proceso de construcción nacional, tanto en la fase cruenta como en la civil, lo que ha resultado problemático en España [1]: un país mal integrado geográfica, económica y políticamente. Por lo que hace al medio, y pese a la larga tradición de laudes hispaniae, el territorio español es en general accidentado, árido y poco productivo -hasta un 44% menos de media que el francés [2]. Grandes cordilleras dificultan la comunicación entre el interior y el litoral, y éste carece en gran medida de los refugios naturales que facilitan el desarrollo de la navegación. Tampoco se cuenta con vías fluviales de importancia. En buena parte por estas condiciones, pero también debido a la peculiar historia de la península y la influencia de instituciones como la Mesta, la integración económica de las regiones ha sido deficiente. Finalmente, el proceso de integración política resultó errático: comenzó pronto, hasta el punto de que la Monarquía de los Reyes Católicos se puede considerar el Ur-estado moderno, pero no se completó entonces, quizás por su misma precocidad y por el agotamiento de las energías en el impulso imperial. La identificación con la empresa colonial contribuyó incluso a la confusión, al amortizarse ésta precisamente en el momento de auge del nacionalismo y el imperialismo europeos. Además, nunca se ha librado del todo de las distorsiones particularistas, ni hasta fecha muy tardía del influjo de las tendencias absolutistas y de la Iglesia católica -si es que lo ha hecho completamente.

Frente a esta realidad, y al hecho de que los nacionalismos periféricos han nacido y se han manifestado precisamente en el momento de la confirmación del estado-nación liberal burgués, yuxtaponiéndose o sustituyendo al en todo caso débil discurso nacional español,  los sectores más conservadores proponen, como decía, una interpretación edulcorada y metafísica de la historia de España. Una versión que elude en todo momento considerar los matices, la problematicidad y el mismo carácter histórico de la construcción nacional, y que a menudo parece ser un mero eco de la fallida Formación del Espíritu Nacional. Poco importa que este discurso nazca como reacción contra los mitos y las falsificaciones de los nacionalistas periféricos, así como contra los excesos en la deconstrucción de la idea de España llevada a cabo por determinadas corrientes académicas. Lo cierto es que en ocasiones reproduce de manera especular dichos mitos, apelando por encima de todo a una sentimentalidad crasa y torpe que en nada se distingue de la de sus oponentes; y, más allá de juicios morales maniqueos, apenas ofrece herramientas para comprender y participar en el debate sobre el modelo de estado. Por expresarlo de otra forma: no se prefiere la nación española por su carácter civil e inclusivo frente a la etnicidad y el culturalismo de otros nacionalismos más agresivos sino que, en un alarde quizás inconsciente de relativismo, se enfrenta un discurso identitario con otro por la mera razón de sentirlo como propio. Dicho discurso resulta, además, enormemente fácil de desactivar en el debate político, tanto por el carácter anecdótico o legendario de muchos de sus relatos, como por la existencia de toda una tradición de crítica al nacional-catolicismo franquista de cuyos repertorios pueden echar mano, y la echan, la izquierda y los nacionalistas.

En definitiva, la metafísica nacional es contraproducente en otro sentido más difuso pero que no carece de importancia ideológica: al poner el énfasis en la idea de la pervivencia de la nación como espíritu hegeliano, se obvia que las naciones no existen tanto como se construyen. La nación es un proceso histórico, un work in progress que, por usar la expresión del general Primo de Rivera, se cae cuando se detiene. La veneración de una España esencial, ahistórica, exclusivamente mítica, distrae o choca en muchos casos con la construcción de una España real y posible, inclusiva y republicana en el más pleno sentido de la palabra. Y esto se hace más evidente cuando los mismos abogados de la España eterna no tienen reparo en desautorizar al Estado frente a la Iglesia católica o arrojar sospechas sobre sus instituciones y la legitimidad de gobiernos electos. Sin duda la contradicción forma parte de un problema más amplio: la casi total ausencia en España de una derecha secular y de un conservadurismo -no hablemos ya de liberalismo- que merezca tal nombre y se pueda equiparar a modelos europeos.

El relato de los orígenes es piedra angular de todo nacionalismo. En la siguiente entrada echaremos un vistazo a la cuestión del origen de España, y expondré con más detalle por qué entiendo que la versión romántica desenfoca el debate.

NOTAS

[1] – Mientras escribo esta entrada, me comenta Irene el trabajo de una serie de historiadores, con el propio José Álvarez Junco a la cabeza, que están revisando la tesis de la “construcción nacional débil”. A falta de conocer sus argumentos en profundidad, tengo que ser escéptico al menos con el alcance de sus conclusiones. Si existieron programas de “nacionalización de las masas”, parece obvio que no alcanzaron los objetivos propuestos, y que la escuela, el ejército y la burocracia no cumplieron el papel que en otras naciones europeas. Para la perspectiva “revisionista”: Construir España: el fin de la melancolía.

[2] – Ramón Tamames, Estructura económica de España, citado en Franco Aliaga, Tomás; Las actividades agrarias en España, Madrid, 1998.