Cármatas

Posted on febrero 2, 2010

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Cenando hace algunas semanas en amigable contubernio siracuso-neoprogre-ipsumiano, la conversación revoloteó un rato sobre Omar Jayyam, supongo que por el ambiente persa del local. Kantor y yo referimos la hermosa historia, seguramente apócrifa, de la amistad entre Jayyam, Abdul Jassem (Nizam-al-Mulk) y Hassán Sabbah. Los tres niños se conocen en la madrasa de Nishapur y forjan un pacto de lealtad eterna. Andando el tiempo, Nizam será visir de los sultanes silyuquíes Alp Arslan y Malik Shah, mientras Sabbah abraza la fe ismailí y funda la secta de los Hashishin, que toma la fortaleza de Alamut, en las montañas del Daylam, en 1090. En 1092, en camino de Isfahán a Bagdad, Nizam cae bajo la daga de un asesino enviado por su antiguo amigo.

Lo cierto es que la historia, como digo, debe de ser falsa; y no sólo por que es demasiado bonita, sino porque las fechas y las edades de los personajes no acaban de encajar. Es posible que Nizam muriese por orden del propio sultán Malik, o ambos por otra mano; y, en cualquier caso, el telón de fondo de todos estos acontecimientos lo forman los varios conflictos entre sunníes y shiíes, duodecimanos e ismailíes, iranios, turcos y árabes, etc. La leyenda de Sabbah, el “Viejo de la Montaña”, se incorporó a las fantasías orientalistas europeas a través de los relatos de los cruzados, que irrumpen en la región en este preciso momento; y de viajeros como Benjamín de Tudela, que escribió de él “le llaman el Sheik al-Hashishim. Es su maestro, y a sus órdenes todos los hombre de la montaña salen o entran. Son creyentes en la palabra de su maestro, y todos en todas partes los temen, pues matan incluso a reyes”.

Al margen de esto, Jayyam es una figura de una modernidad seductora. No en vano Marguerite Yourcenar consideró seriamente la idea de novelar su vida antes de decantarse por Adriano. Desde que Fitzgerald lo tradujera y popularizase, las Rubaiyyat y el propio autor forman parte del canon culto de Occidente. No es difícil entender por qué el lector contemporáneo se identifica de esta manera con el remoto poeta persa. Tomemos, por ejemplo, la rubai 39 [1]:

Este mundo no ha ganado nada con mi llegada.

Su gloria nada perderá tampoco con mi salida.

Mis dos orejas no le han oído explicar nunca a nadie

por qué me han hecho llegar y por qué me obligarán a partir.

O la 52:

Soy rebelde: ¿Dónde está Tu autoridad?

Tengo la noche en el alma: ¿Dónde está Tu luz?

Recibo un salario si me llevas al Cielo

porque te obedezco: ¿Dónde está Tu bondad?

O la 93:

Dicen que existe un Cielo lleno de huríes,

con vino limpio, miel y azúcar.

Llena mi copa y ponla en mi mano,

que un placer a tu lado vale mil en las nubes.

Pero Jayyam no es sólo una individualidad deslumbrante, sino un fruto de la refinadísima civilización irania, que ya contaba milenios cuando fue subsumida en la marea islámica, y de la que Occidente tomó préstamos tan insospechados como el arco y la bóveda, la mística, la religión salvífica o el ideal caballeresco. Y en la que tanto el descreimiento como el “progresismo” y las doctrinas revolucionarias tienen hondas raíces. La charla con Kantor me hizo recordar unos pasajes de la introducción de Carlos Areán a las Rubaiyyat referidos a los cármatas y los daylamitas.

El origen de los cármatas está en las sucesivas escisiones del tronco islámico. La Shía, nacida de la Primera Fitna tres décadas después de la muerte del Profeta, se parte a finales del siglo VIII en dos ramas: los duodecimanos, la corriente general, y los ismailíes, radicales y revolucionarios. Si los primeros no se situaban en la práctica demasiado lejos del sunnismo, los ismailíes incorporaron doctrinas místicas y neoplatónicas [2], además de abrirse a las clases bajas del imperio islámico. Éstas reconocieron pronto el potencial revolucionario del credo: desde finales del siglo IX, grupos cismáticos ismailíes con influencias mazdeístas, que empiezan a ser conocidos como cármatas, saquean Siria, Palestina y el norte de Mesopotamia. En 899, cármatas acaudillados por Al Yannabi fundan un estado utópico basada en la razón y la igualdad en Al Hasa (Bahrain), en la costa árabe del Golfo Pérsico. Las fuentes son escasas, y las que quedan pintan un cuadro de sospechosa felicidad: una república laica y próspera, donde no hay mezquitas y el rezo público está prohibido, y donde el estado, dirigido por un consejo de sabios, ejerce de benévolo prestamista y provisor de bienes.

Sea como fuere, los cármatas se convirtieron pronto en una formidable amenaza para el califato abbasí de Bagdad. En 906 atacaron una caravana de peregrinos y mataron a 20.000 de ellos -la cifra parece exagerada. En 930, liderados por Abu Tahir, llegaron a saquear Medina y La Meca; desecraron el pozo de Zamzam arrojando cadáveres dentro y se llevaron la Piedra Negra de la Kaaba, que devolvieron rota unos años después a cambio de un tributo. Mientras, en el Daylam, al norte de la meseta irania, se había levantado un zoroastriano llamado Mardaviz, que tomó Isfahán y se proclamó rey de Irán en 931, fundando la dinastía ziyarí con un programa de restauración del imperio persa. Bajo su protección surgió en Rey un gobierno inspirado en principios cármatas, mazdeístas y panteístas, que prontó derivó en un intento de reforma violenta del islam. Allí se desarrolló una escuela de pensamiento racionalista y materialista que necesariamente había de abocar al ateísmo como horizonte último. Allí florecieron los grandes científicos del período: Rhazes, alquimista, químico y el más importante médico de su tiempo; Avicenna, médico, filósofo y “padre de la geología”; y el jorasaní Al Biruni, que anticipó la deriva continental y la teoría de la evolución estudiando los fósiles del Indostán. Y allí estudió y se convirtió al ismailismo Hassán Sabbah.

Este es el telón contra el que se proyectan las vidas de Omar Jayyam y sus supuestos condiscípulos. Mientras Jayyam escoge la vida del intelectual, siempre indeciso entre el misticismo y el cinismo, Nizam asciende a la sombra del naciente poder silyuquí -que sustituye a los gaznavíes en 1039- y asume la tarea de unificar y gobernar el imperio. Hassan, a su vez, adopta una fe -¿una ideología?- radicalmente enfrentada tanto al sunnismo como al shíismo moderado y conservador. Con un pequeño artificio, podemos quizás ejemplificar en cada uno de ellos tres grandes tendencias de su tiempo: el racionalismo escéptico, el realismo político y la escatología revolucionaria. Mimbres bastantes para una novela.

Pero, ¿se trata de mera literatura? Es posible que aún en nuestros días se escuchen ecos del “progresismo” iranio y de las viejas fuerzas en conflicto. Al fin y al cabo, persa era Alí Shariati, que elaboró la síntesis entre la doctrina tradicional shií de la justicia social y las corrientes tercermundistas a lo Fanon o Sartre. Esta Shía Roja fue una de las fuentes ideológicas de la Revolución Iraní, antes de que el movimiento fuera capturado por la Shía Negra, los grandes clérigos terratenientes [3] aliados con la “burguesía del bazar”. Y hoy como en tiempos de Omar Jayyam, Nizam-al-Mulk y Hassán Sabbah, nacionalismo persa, modernidad, islam y revolución se entretejen en el drama del Oriente Medio.

NOTAS

[1] – Traducción de Carlos Areán: Omar Jayyam. Rubaiyyat, Visor, Madrid, 1996.

[2] – Según refiere Bernard Lewis (The Arabs in History, Oxford University Press, 1993, p. 116), los ismailíes desarrollaron en origen una estructura de jerarquías secretas similar a la masonería, lo que les permitió evadir la persecución abbasí. Entre sus doctrinas estaba la doble lectura del Corán: cada sura permitía una interpretación exotérica, literal, y otra esotérica que sólo estaba al alcance de los iniciados. Quién sabe si esta es la razón remota del interés con que ciertos clérigos iraníes leen hoy a Leo Strauss, según me comentaba Gregorio Luri hace tiempo.

[3] Pistachos Rafsanyani. ¿Recuerdas, Kantor?