Unas notas sobre el futuro del conflicto palestino

Posted on junio 3, 2010

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En esta entrada no voy a valorar el abordaje de la flotilla del lunes pasado, ni las reacciones que ha suscitado. Quienes estén interesados en el desarrollo de los acontecimientos, pueden seguir la cobertura, por ejemplo, en Haaretz y Jerusalem Post; Barcepundit ha hecho un buen seguimiento con abundantes enlaces de interés (destaco este de Stratfor sobre el trasfondo estratégico de la operación), y en Reflexiones Iracundas hay dos posts (1, 2) cuyas líneas generales comparto, si no su optimismo. Como de costumbre, recomiendo evitar escrupulosamente los medios españoles, que están a por uvas o algo peor, salvo quizás lo que escriban Enric González y Sal Emergui.

Me interesa más hacer una breve reflexión sobre el futuro del conflicto palestino y los diversos escenarios a los que nos enfrentamos, ordenando y resumiendo argumentos de debates y conversaciones de estos últimos días. Roger se adelantó con un post en Materias Grises sobre la solución de un sólo estado descentralizado. Creo que el debate en los comentarios ha tomado la dirección de un justificable escepticismo. En síntesis, no existen precedentes creíbles de un estado biconfesional (a grandes rasgos) con un 50% o más de población musulmana donde no hayan surgido problemas de convivencia. Dados los antecedentes, además, entre las dos partes, el escepticismo se dispara. Pensemos que habría que coordinar la seguridad, las cuentas públicas, la educación… Además, la variable árabe sugiere que un estado palestino al 50% sufriría los mismos problemas que aquejan a la mayoría de los estados árabes, y que provocaron la escisión de Gaza de la ANP en 2007: faccionalismo, política patrimonial y tribal, líneas de fractura sectarias, violencia endémica, injerencias externas, etc. Si la misma ANP no ha podido mantenerse unida -como no se mantuvo unida, valga el calambur, la breve República Árabe Unida federal de Nasser-, ¿cabe esperar estabilidad de un estado federal judío-árabe?

Pero hay otro problema: las condiciones demográficas. La población palestina crece a un ritmo de 3,4 (Gaza) y 2,2% (Cisjordania), y es muy joven, con los problemas de inestabilidad y violencia que ello implica. Israel, pasada la oleada de emigración post-soviética de los 90, crece a un 1,8%, pero las tasas más altas corresponden a los árabes israelíes (2,6%, 2,8 los árabes musulmanes) y los haredim. Recientemente, investigadores americanos han sugerido que los datos demográficos palestinos están hinchados con fines propagandísticos, y que, salvo los beduinos, los árabes israelíes tampoco representan una “amenaza demográfica” para la condición judía del Estado de Israel (una precondición que al lector europeo, en la distancia, puede parecerle indiferente, o incluso racista; no obstante, sospecho que a ese mismo lector no le haría gracia la idea de ver su país convertido en Marruecos, Argelia, el Líbano o algo sensiblemente peor en el plazo de un par de generaciones). Sea como fuere, los ejemplos (Nigeria, Líbano durante la segunda mitad del siglo XX) sugieren que no es necesario que una población árabo-musulmana sea abrumadoramente mayoritaria para causar inestabilidad; y existe una creciente tensión entre la mayoría judía y los árabes israelíes, que envían señales preocupantes con cierta frecuencia. El crecimiento de los haredim también plantea problemas, en la medida en que, a medio plazo, puede afectar al carácter secular de Israel e inclinar la delicada balanza del Estado y la identidad israelí hacia lo religioso.

Desde luego, en estas condiciones, la solución de un estado es inviable. Pero es que la solución de dos estados, considerada con frialdad, tampoco parece particularmente realista. ¿De qué va a vivir un Estado palestino soberano? Durante el Proceso de Oslo, se empezó a hablar de una economía basada en “el turismo y la industria ligera”. Esto era una fantasía entonces, y lo es aún más ahora, vistos los acontecimientos de Gaza. Excluido el petróleo, los países árabes en conjunto exportan por cifras equivalentes a las de Finlandia; no parece que se pueda ser muy optimista sobre la posibilidad de un “milagro económico” palestino, especialmente cuando los palestinos llevan 60 años subsidiados. Además, existe un riesgo adicional en la “desconexión” total de Cisjordania: un Estado palestino radicalizado, capturado por islamistas o convertido en proxy iraní o sirio, como Gaza, podría someter Tel Aviv a fuego de cohetes y obligar a cerrar el aeropuerto Ben Gurión, aislando el país, además de bloquear los principales nudos de comunicación de Israel, un escenario completamente inasumible. En resumidas cuentas, para no convertirse en un cascarón capturado por un grupo islamista, como Hizbolá en el Líbano, o en un protectorado iraní o sirio, un Estado palestino independiente debería ser mantenido económicamente, y tutelado militarmente, por la ONU, por una o varias potencias o por el propio Israel. Cabe sospechar que los palestinos no están particularmente interesados en ninguna de estas posibilidades.

¿Qué opciones quedan? Una posible solución sería que Jordania administrase Cisjordania y Egipto, Gaza, como antes de 1967, concediéndoles esta vez un estatuto de autonomía. Pero mucho me temo que, descontando la negativa palestina, hacerse cargo de unas poblaciones radicalizadas y en rápido aumento sea lo último en lo que están pensando los gobiernos jordano y egipcio. El tratamiento que Egipto depara a Gaza está a la vista de todo el que quiera verlo -al margen de gestos hipócritas y oportunistas-, y el gobierno de El Cairo tiene bastante con mantener a raya a sus propios islamistas. Jordania, por su parte, alberga a dos millones de “refugiados” palestinos, más un elevado porcentaje de población de origen palestino, y un millón de refugiados iraquíes. Es, de facto, un protectorado estadounidense cuya monarquía se sustenta sobre el amigo americano y un ejército beduino; un Estado lo bastante problemático en sí mismo como para constituir una solución.

Finalmente, hay que considerar el frente de las relaciones públicas y la propaganda. Parece inevitable que, en el futuro inmediato, la imagen de los contendientes sea la que es ahora: Israel, el agresor, y los palestinos, las víctimas. Una hegemonía de la propaganda palestina que se fundamenta en una difusión descentralizada -frente a la lentitud de las versiones oficiales israelíes [1]-, en discursos fácilmente replicables y en las abundantes simpatías que despierta entre las elites occidentales. Además, los palestinos, con excedente de población joven, altas tasas de crecimiento y una concepción autoritaria de la política, tienen menos inconvenientes para producir el elemento fundamental de su propaganda: víctimas. Incluso cuando no hay, siempre se pueden inventar. Israel, por contra, debe tener en cuenta tanto la opinión pública interna como la externa, y minimizar sus propias bajas además de, en la medida de lo posible, las del otro bando. Un éxito desde el punto de vista de la seguridad, como el muro de Cisjordania, que ha contribuido a reducir a la mínima expresión los ataques terroristas en suelo israelí, es una derrota en el terreno de la propaganda. A la vez, la drástica reducción del número de víctimas israelíes acentúa la percepción de Israel como agresor. Los palestinos ganan en cualquier caso.

Desde luego, la ubicuidad de los discursos pro-palestinos es molesta y genera confusión. Pero quizás no haya que exagerar sus efectos. Acaso el mayor riesgo en estos momentos, como sugiere George Friedman en el artículo de Stratfor enlazado arriba, sea debilitar la resolución internacional contra el órdago nuclear de Irán. El enfriamiento con Turquía no es nuevo -de hecho, quizás habría que poner el incidente de la flotilla en este contexto. Erdogan hace guiños a Irán, pero está él mismo en una posición delicada ante el establishment militar turco, y puede ser uno de los perdedores de la última crisis si no juega bien sus cartas. Por debajo de los discursos, hay que atender siempre a los hechos, y éstos indican que la principal relación estratégica de Israel, la única verdaderamente imprescindible, no ha llegado (aún) a un grado en verdad preocupante de deterioro.

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[1] – En el terreno de la propaganda, la rapidez en ocupar el espacio lo es todo. Casi todo el mundo recuerda las imágenes del niño Al Durah tiroteado por supuestos francotiradores israelíes; pero muy poca gente ha tenido acceso a las investigaciones posteriores sobre ese incidente, la “masacre de Jenín“, etc. Igualmente, cabe esperar pocas rectificaciones o matices a medida que se conozcan las circunstancias reales del abordaje de la flotilla de Gaza. La ocupación del espacio por la versión pro-palestina en las primeras horas, casi en tiempo real, fue determinante.

N.B.- Recuerdo a los lectores que hay unas normas para comentar, que pueden consultar en la correspondiente pestaña superior y en la barra lateral.

Masada