La izquierda y la cuestión nacional

Posted on julio 13, 2010

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Esta entrada proviene de una charla en Twitter con Irene y Judas y, como es evidente, consiste en unas notas sin pretensión alguna de exhaustividad. Dada la ley de Poe, aconsejo leerlas con al menos una pequeña porción de la ironía con que han sido escritas.

La relación entre izquierda y nacionalismo es lo bastante compleja para desaconsejar generalizaciones y declaraciones taxativas, aun cuando procedan de una sana y comprensible reacción a la hipocresía de ciertos discursos. Por supuesto, la primera cuestión peliaguda es definir qué cosa sea la izquierda, evitando en lo posible incurrir en la “falacia del escocés auténtico”. El relato común hace de la izquierda clásica, representada por Marx y -no en vano- la Primera Internacional, un movimiento escrupulosamente internacionalista. No obstante, la Segunda Internacional se disuelve ya en 1916, precisamente cuando, desaparecido Jaurès, los partidos socialistas europeos se fracturan por líneas de falla nacionales. Ni siquiera la Conferencia de Zimmerwald, convocada expresamente en 1915 para condenar la guerra imperialista, consigue poner de acuerdo a los revolucionarios de Lenin y Trotsky con los “centristas” de Grimm. Muchos años después, Isaiah Berlin mostrará su sorpresa por la incapacidad de los grandes de la política y las ciencias sociales del siglo XIX para reparar en que el nacionalismo es algo más que una moda o un vicio burgués, ese “social-chauvinismo” que denuncian los bolcheviques: un fenómeno característico de la modernidad a la vez que la expresión de un impulso atávico y, en cualquier caso, a force to be reckoned with.

Por si esto fuera poco, el propio Lenin, que abandera la postura internacionalista y el llamamiento a la guerra civil en Zimmerwald, ha formulado el año anterior en “El derecho de las naciones a la autodeterminación” una tesis que insiste en la paradoja. El Estado nacional es -siguiendo a Kautsky- la forma característica del capitalismo avanzado, una vez superada la fase de destrucción del feudalismo, cuando el capital debe consolidar un mercado interno con una lengua y una cultura específicas. El nacionalismo representa, en este sentido, la expresión de la burguesía dominante. No obstante, Lenin reconoce una gradación histórica en los nacionalismos, que se corresponden con el dominio de una u otra clase. Así, a un nacionalismo de signo reaccionario sucede otro liberal y, finalmente, uno demócrata.

Por otra parte, la situación de las nacionalidades oprimidas requiere, para Lenin, que los marxistas apoyen a éstas frente a los grandes estados multinacionales o imperialistas. Por ello, el líder bolchevique ve preciso reconocer el derecho de autodeterminación de todas las naciones y la igualdad de derechos entre éstas a la vez que propugna el internacionalismo de la lucha obrera. El carácter historicista del pensamiento de Lenin hacía posible admitir la necesidad de determinados fenómenos históricos, como el nacionalismo, que representaban un factor en el despliegue del capitalismo y, por lo tanto, en el camino hacia el colapso de éste y el advenimiento de la sociedad sin clases. En Rusia, por ejemplo, sería preciso apoyar las reivindicaciones de las nacionalidades oprimidas frente al nacionalismo ruso, mientras que en Europa occidental, ya en otra fase histórica más avanzada, suscitar la cuestión nacional carecería de sentido desde el punto de vista marxista.

Por supuesto, otros menos enfangados en la actividad política concreta, menos entregados al feroz pragmatismo del qué hacer, pueden permitirse posturas menos ambiguas. Por ejemplo, Eric Hobsbawn, en su ya clásico estudio, propone un modelo para el nacionalismo no excesivamente alejado de las directrices de Kautsky. Marxista, pero antes que nada cosmopolita, teórico, intelectual, Hobsbawn no puede sino mirarlo con reserva. El Estado moderno, posterior a la Revolución Francesa, aspira a la continuidad territorial y a la homogeneidad interior: administrativa, institucional, jurídica. Además, a diferencia de anteriores regímenes, se hace presente de manera cotidiana en la vida de la población a través de diversos agentes: funcionarios diversos, maestros de escuela, policías… La labor administrativa y de control de todos estos agentes requiere una homogeneidad cultural que comienza con la cuestión del idioma [1].

A la vez que se muestra en la vida del ciudadano, el Estado moderno requiere cada vez más la participación y movilización de éste. Por la progresiva democratización -”electoralización”, para decirlo con Hobsbawn- de la sociedad política, pero también por otras necesidades del Estado, como la guerra de masas. En estas circunstancias, es preciso articular discursos movilizadores, que refuercen la lealtad de las clases inferiores. El mero “patriotismo de Estado”, la lealtad a la nación política, no basta en el momento en que se cruzan otras fuerzas, como la conciencia de clase o los irredentismos. Por tanto, el patriotismo civil se fusiona con el nacionalismo identitario, lo que ofrece una poderosa herramienta de movilización a los gobiernos; tanto más efectiva por cuanto se vale de fenómenos naturales más o menos espontáneos: el sentimiento grupal, el chauvinismo, la xenofobia…

Pero en fechas más recientes, hay quien ha recuperado un pragmatismo que no dista mucho del de Lenin.  Por ejemplo, el escocés Tom Nairn, con su visión instrumental del nacionalismo. En su análisis, el Reino Unido es un Estado disfuncional. Su revolución burguesa fue prematura, de manera que la burguesía careció de conciencia revolucionaria, fue siempre conservadora y se adhirió a los valores de una aristocracia terrateniente que, por contra, fue más receptiva a los valores mercantiles que en otros lugares. El Estado nacido de este proceso es para Nairn premoderno e incapaz de modernizarse. La clase obrera, formada en el período revolucionario clásico, no estuvo nunca aliada a la burguesía, que ya había triunfado, y permanece aislada.

En estas condiciones, el nacionalismo es para Nairn el factor de disolución de una construcción política premoderna. Un agente de la destrucción creativa, por así decirlo, capaz de triunfar allí donde el discurso de clase se ha mostrado impotente. No se trataría tanto de fomentar un nacionalismo mítico, ancestral, cuanto de que, a través de procesos como la “devolución” a parlamentos nacionales -¿Estatut, anyone?-, se desmonte un Estado anquilosado, esclerótico. Por otra parte, la realidad de un “nacionalismo esencial” impreso en la naturaleza humana hace banal la pretensión de un internacionalismo que supere las culturas particulares (ejem). En este sentido, lo que Nairn propone es un “nacionalismo en serie” frente a un internacionalismo fatalmente insustancial, que a la postre sólo favorece los intereses de los grandes Estados multinacionales.

Volviendo al origen de esta entrada, y suponiendo que nos hubiésemos levantado de la cama con tendencias leninistas, faltaría saber si, en el caso del nacionalismo catalán, el impulso nacional corresponde a un movimiento liberador o modernizador en el sentido propuesto por Nairn. O a una tendencia particularista reaccionaria. O más bien a un sentimiento pequeño-burgués  representado por unas elites que, a la manera descrita por Benedict Anderson para las criollas, persiguen mayores cuotas de poder y lugares al sol más soleados aún. But this is not for us to decide.

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[1] – Hobsbawn, que ha vivido lo bastante para coexistir con los imperios Austrohúngaro y Otomano, tiene experiencia directa de este proceso: un funcionario descuidado cambió su apellido Obstbaum por una forma más familiar cuando sus padres, ambos judíos, lo llevaron a inscribir en el registro en Alejandría. Su educación cosmopolita no ha podido dejar de influir también en la distancia escéptica con la que contempla el nacionalismo.

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