Mujiki

Posted on noviembre 3, 2010

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Hace tiempo que quería publicar unas notas sobre los mujiki rusos, suscitadas por la descripción y las reflexiones de Richard Pipes en sus libros sobre la Rusia del Antiguo Régimen y la Revolución. El reciente comentario sobre el campesinado pre-moderno me da una buena excusa: un vistazo a un universo rural ancestral, cuya forma de vida e ideología sobrevivieron hasta entrado el siglo XX, ofrece un ejemplo, seguramente extremo, pero ilustrativo en todo caso; y las claves de interpretación que apuntábamos el otro día pueden contribuir a explicar realidades históricas que, de otro modo, aparecen como extravagancias o desviaciones.

El régimen servil se impuso en Rusia cuando Occidente ya liquidaba el feudalismo y despuntaban los Estados modernos. Los campesinos rusos comienzan a adscribirse a la tierra a mediados del siglo XVI [1], momento en que sustituyen la agricultura de rozas por la rotación trienal, que se llevaba aplicando en Europa desde el apogeo del feudalismo. Esta era aún la forma predominante de cultivo cuando la colectivización soviética quebró el orden secular del campo ruso. Uno de los rasgos más señalados, no ya del campesino ruso, sino del campesinado como clase, es su conservadurismo. Pipes apunta algunas razones:

La rapidez con que debía completarse el trabajo en el campo comportaba uno de los rasgos más onerosos de la servidumbre. El siervo no podía programar las labores que le debía a su señor para disponer de tiempo para llevar a cabo su propio trabajo sin interrupciones. Tenía que hacer ambos a la vez. Los terratenientes en ocasiones requerían que los siervos se ocuparan de las tierras de su dominio antes de permitirles labrar las suyas. Cuando esto sucedía, no era extraño que los campesinos tuvieran que trabajar todo el día, labrando las fincas del señor durante las horas de luz y las suyas propias por la noche. (…) La temporada agrícola dejaba tan poco margen para la experimentación que no sorprende el conservadurismo del campesino ruso en lo que a cualquier cambio en la rutina de trabajo se refiere: un paso en falso, unos pocos días perdidos, y se enfrentaba a la perspectiva del hambre al año siguiente (Pipes, 1974: p. 143).

No es difícil imaginar que, incluso en condiciones menos extremas que las del campo ruso, y bajo regímenes menos asfixiantes, constricciones semejantes operaron para todos los campesinos malthusianos. Además, la necesidad de llevar a término un trabajo agotador en el plazo de unos pocos meses venía determinado por unos característicos ritmos anuales de trabajo, de los que ya hablamos en el post enlazado arriba:

Los observadores de la aldea rusa han comentado a menudo el contraste extremo en el ritmo de vida durante los meses de verano y el resto del año. La brevedad de la temporada agrícola en Rusia exige el máximo esfuerzo durante unos pocos meses, seguidos por un largo período de inactividad. A mediados del siglo XIX, en las provincias centrales de Rusia, había 153 días al año reservados para fiestas; la mayoría de ellos caían entre noviembre y febrero. Por otra parte, desde abril, aproximadamente, hasta septiembre, no había tiempo para otra cosa que trabajo (Pipes, 1974: p. 142).

No obstante, el tradicionalismo agrario puede combinarse con tendencias anarquistas, a pesar de la aparente paradoja, cuando hay hambre de tierra y faltan instituciones y una clase propietaria amplia. El lector español no tiene más que recordar la incidencia del anarquismo en la Andalucía rural de comienzos del siglo XX. O, más generalmente, los movimientos milenaristas de finales del medievo. En Rusia, además, se daba otra serie de factores que convertían al campesinado en una clase extremadamente inarticulada y voluble, con una experiencia política prácticamente nula. En el momento de la Emancipación de 1861, los siervos aún constituían más de un tercio de la población. En cuanto a los campesinos instalados en tierras del Estado, gozaban de mayor libertad de movimientos, pero sus condiciones no eran sustancialmente mejores. La distinción entre uso y propiedad fue siempre borrosa en Rusia, en la medida en que el único señor y propietario real (gosudar) de todo era el Zar.

No existe consenso en torno al origen de la comuna rural (obshchina, mir): parece que su conformación definitiva se produjo en época relativamente reciente, si bien se basaba en tradiciones antiguas. Como fuera, la comuna dominaba la vida de la gran mayoría de familias rusas, que no ejercían la tenencia de sus franjas de tierra directamente, sino a través de dicha institución. Además, dado que la comuna se responsabilizaba del pago de impuestos, una de sus máximas preocupaciones era un reparto igualitario de la tierras y, por tanto, las rentas; de manera que periódicamente se redistribuían las franjas entre las familias según el número de personas, la productividad de cada finca, etc. La idea de reparto, como veremos, es central en la ideología del mujik.

Aparte de la obshchina, el campo ruso presentaba una sorprendente ausencia de instituciones que ofrecieran continuidad. El campesino ruso desconocía la primogenitura -quizás por herencia del sistema medieval de appanage-: incluso en los casos en que la propiedad se transmitía en lugar de revertir a la comuna, había de repartirse entre todos los herederos; lo que impedía la acumulación de propiedades ni capital de ningún tipo, y fomentaba que las comunidades y familias se fracturasen continuamente para reformarse en otro lugares. Las aldeas rusas eran conjuntos de cabañas de troncos (izby) sin foros ni edificios comunales. Ni siquiera la parroquia servía como tal: en general, el papel social de los popes se limitaba a formalizar el tránsito al otro mundo de los muertos y ejercer de especialista mágico-religioso.

En vísperas de la Revolución, la proporción de campesinos en Rusia venía a ser la misma que en la Francia de 1789. No obstante, la mayoría de ellos eran ya, tras la Emancipación y la reforma de Stolypin, propietarios de tierra directamente o a través de las comunas. ¿De dónde procedía entonces su hambre de tierra? Las condiciones que habían hecho posible el sistema servil hacía tiempo que no operaba: aunque el Imperio ruso abarcaba más de 20 millones de km2, la mayoría de las tierras aptas para la agricultura habían sido roturadas ya. Pero la población, después de duplicarse entre las Guerra Napoleónicas y la Emancipación, no había dejado de crecer, con tasas de hasta un 18% anual según las regiones. La proporción entre tierra y mano de obra se había alterado decisivamente hacia la segunda, y la industria rusa aún no estaba en condiciones de absorber íntegramente el excedente. Por otra parte, si la tardía Emancipación de 1861 había tenido algún efecto económico, había sido principalmente aumentar las cargas de los siervos liberados, al obligarles a pagar la tierra -el “impuesto de redención” hubo de ser eliminado finalmente en 1905. Y muchos antiguos siervos domésticos se hallaron libres pero sin ocupación. En definitiva, los campesinos seguían esperando el mítico “Reparto Negro”, confiados mesiánicamente en que el Zar lo decretaría en cualquier momento, siempre que consiguiese imponerse a los manejos de los terratenientes.

No obstante, y gracias a las materias primas y a una modernización que avanzaba a trancas y barrancas sobre miles de kilómetros de vías férreas [2], Rusia era el país del mundo con mayores tasas de crecimiento a comienzos del siglo XX. Las ciudades y centros industriales que la incipiente industrialización había creado recibían cada día a miles de mujiki que buscaban trabajo huyendo de la miseria en el campo. El Estado ruso carecía de los medios y la voluntad de socializar a estos campesinos, que meramente transplantaban sus modos y su marco ideológico a los suburbios industriales. Más aún: el Zar y su círculo interno desconfiaban -no sin algún motivo- de la modernización y pensaban, erróneamente, que el régimen monárquico se mantendría en su naturaleza esencial mientras Rusia fuese un país predominantemente agrario.

Según Pipes, este fue un error fundamental de cálculo: confiar en un idealizado campesino como repositorio de los valores de la Rusia eterna, que permanecería fiel al Zar, nutriría sus ejércitos y cimentaría el viejo orden en cualquier circunstancia. En realidad, el mundo rural ruso, aparte de algunas nociones supersticiosas, no estaba unido al Antiguo Régimen por la trama de vínculos materiales e ideológicos que posibilitaron fenómenos como la Vendée o el carlismo. El mujik, habituado a una existencia fluida y desvinculada de un Estado que no concebía políticamente, y hacia el que sentía poca o ninguna lealtad nacional, era esencialmente voluble y apenas tenía otras inclinaciones políticas que la esperanza milenaria en el reparto de la tierra y una concepción salvaje y caprichosa de la libertad (volya).

Como es sabido, frente a la idea original marxiana de que la revolución proletaria tendría lugar allí donde el proceso histórico de industrialización estuviera más avanzado, como Inglaterra, los campesinos -entendidos como clase social, no necesariamente desde el punto de vista de la ocupación- fueron un elemento clave de la Revolución rusa: en el campo, pero también y sobre todo en las fábricas y en el ejército. Lenin, cuya concepción ideológica debía al menos tanto a los revolucionarios agrarios milenaristas de Narodnaya Volia (“Voluntad popular”) como a Marx, se vio forzado a articular una teoría ad hoc, según la cual el campesinado ruso había alcanzado ya una fase burguesa -representada eminentemente por la figura del kulak- y, por lo tanto, estaba maduro para la acción revolucionaria [3]. Esto no dejaba de ser una fantasía conveniente, como hemos visto. De hecho, serán los campesinos quienes, pasadas las primeras expectativas mesiánicas, ejerzan una mayor resistencia explícita o implícita a la colectivización soviética, y quienes sufran la más brutal represión en forma de confiscaciones y hambrunas planificadas.

Como se ve, la historia de las instituciones y los regímenes de propiedad en Rusia proporciona tantas claves de interpretación sobre su particularidades políticas que merece una entrada aparte, y se la dedicaremos.

NOTAS

[1] – Es significativo que Boris Godunov, que promovió la colonización de los grandes espacios siberianos, decretase en 1597 la prohibición de cambiar de señor. Las condiciones -tierra más abundante que la mano de obra- empujaban hacia formas de vinculación a la tierra para evitar que la competencia entre terratenientes por la mano de obra disparase el poder de negociación de los campesinos. La colonización inicial de Norteamérica, donde operaban parecidos factores, se realizó también en buena medida bajo una forma de servidumbre, si bien más suave: la indenture.

[2] – La extensión del ferrocarril en Rusia se ha empleado en ocasiones para explicar la apuesta estratégica de Alemania en vísperas de la PGM. Supuestamente, los estrategas de Berlín estimaban que una guerra de dos frentes sería imposible de afrontar si las comunicaciones rusas alcanzaban el estado de desarrollo preciso para movilizar eficientemente su casi inagotable caudal de tropas.

[3] – Empeñados en validar la teoría leninista ex post facto, los medievalistas soviéticos se esforzaron durante años por demostrar que Rusia había experimentado un verdadero feudalismo en la Edad Media, y que su desarrollo era, por tanto, equiparable al de Occidente -volveremos a ello próximamente.

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Pipes, R. (1974). Russia under the Old Regime. Nueva York: Charles Scribner’s Sons.

Pipes, R. (1991). The Russian Revolution. Nueva York: Alfred A. Knopf.

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