Notas sobre Wikileaks

Posted on diciembre 5, 2010

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Los niños confunden la realidad con la ficción y los adolescentes identifican la ficción con la falsedad; los adultos, entre tanto, distinguen realidad, ficción y falsedad.

José Luis Pardo

Recojo en unas notas algunas cuestiones del debate de la última semana sobre Wikileaks. Mi postura viene a coincidir en lo básico con lo apuntado por Citoyen y Roger. Lo primero de todo es la relativa irrelevancia de lo filtrado. Recordemos que se trata de cables diplomáticos, no de espionaje. En general, se trata de cosas ya conocidas por cualquiera que esté un poco al tanto de política y relaciones internacionales, o que entran directamente en la categoría del cotilleo. Nada extraordinariamente revelador: la diplomacia de EEUU recaba todo tipo de información, envía informes detallados a casa y presiona a favor de sus intereses. Quizás los sorprendidos tengan a bien comunicarnos para qué creían que servía el cuerpo diplomático de la primera potencia mundial. O cualquier cuerpo diplomático, claro; pero este, además, tiene detrás la VI Flota.

En segundo lugar, las consecuencias inmediatas. Mi primera impresión es que, en lo estrictamente político, serán escasas. Es posible que algunas negociaciones se hagan algo más cuesta arriba para EEUU o alguno de sus aliados. Pero las filtraciones de Wikileaks no van a cambiar los factores reales de las RRII: intereses, alianzas estratégicas y otros condicionantes. Me parece muy improbable, por ejemplo, que los Estados del Golfo vayan a celebrar con verbenas el programa nuclear iraní ahora que es oficial lo que siempre se ha sabido: que no les hace ni puñetera gracia la apuesta estratégica de Teherán. Por otra parte, la política real no se hace necesariamente al alto nivel que registran los cotilleos de Wikileaks, sino en el más modesto y constante de los funcionarios, personal de embajadas y ministerios, noblesses de robe, etc -como sabiamente hizo notar aquel ujier del Congreso que llamó despectivamente “interino” a Rajoy. En regímenes autoritarios, donde el secreto y la duplicidad son norma aceptada, es muy probable que todo esto pase sin pena ni gloria -aunque Tyler Cowen opina que se podría forzar un realineamiento en un sentido u otro allí donde la distancia entre el discurso público y la política real sea demasiado amplia (lo dudo). Incluso en los países donde la opinión pública cuenta más, los ciudadanos están recibiendo las “filtraciones” a través de sus medios informativos habituales, y lo más que cabe esperar es un efecto de agenda-setting. Véanse las fastuosas revelaciones sobre Aznar que ha sacado en portada El País, o el poco coste que parecen tener para el PSOE los cables sobre el “caso Couso” -Irak sigue siendo “tema PP” en el imaginario colectivo. Como, además, en los cables hay un poco de todo, y casi nada de verdadera importancia, creo que tendrán el efecto de reafirmar las posturas previas, sin modificarlas sustancialmente.

Luego están las consecuencias a más largo plazo para el funcionamiento interno de los servicios diplomáticos y los gobiernos. Como apunta Simon Chesterman, es previsible que el affaire provoque menos y no más transparencia: las agencias se cuidarán mucho de poner negro sobre blanco gran parte de lo que hoy se comunica de manera explícita. Esta dificultad añadida puede aumentar los costes de la comunicación confidencial -el “impuesto al secreto” del que habla John Robb, análogo al “impuesto a la seguridad” que provoca el terrorismo-, pero la idea de que sabotear la diplomacia supone acabar con el secreto en sí sólo tiene cabida en mentes infantilizadas por la ideología dospuntocerista. Y bien entendido también que los costes aumentarán para lo “bueno” -evitar supuestas injerencias en países soberanos- y para lo “malo” -evitar supuestas injerencias en países soberanos. (Por supuesto, no cabe esperar que las consecuencias en un sentido u otro les importen a narcisistas como Assange; lo que cuenta para esta nueva clase de revolucionarios profesionales es la acción en sí. En el Milenio no hay causación: adviene. Véase en esta entrevista la “respuesta” de Assange al ex-diplomático británico.)

Todo esto, por supuesto, sin entrar en la veracidad del material filtrado. Se ha producido, lo anotaba Arcadi Espada, una identificación de lo “secreto” con lo “verdadero”; “verdadero” incluso en un sentido más profundo que lo que podríamos llamar la “verdad cotidiana”, que introduce de nuevo en el periodismo supuestamente serio el virus del conspiracionismo: la idea de que hay un argumento, oculto pero accesible, que da sentido al mundo. Y esa es a buen seguro otra clave del éxito de Wikileaks: a diferencia del auténtico periodismo, que toma datos crudos y crea un relato informado a partir de ellos, Wikileaks derrama datos crudos y deja la puerta abierta a que cada cual los encaje en el relato que más le guste o convenga. Por descontado, políticos, diplomáticos y servicios de inteligencia tienen a su alcance otro medio para difundir bulos, informaciones interesadas y cortinas de humo. En cuanto a los medios de comunicación que se han prestado a servir de intermediarios, se han guiado por una lógica empresarial impecable. De hecho, no tenían otra opción: de haberse negado a participar en el show, otros lo hubieran hecho y se hubieran llevado los réditos. Otra cosa es la justificación periodística. ¿Cuántas de las supuestas revelaciones hubieran tenido categoría de portada de no venir de Wikileaks y en bloque? La noticia, en realidad, no era el contenido de los cables, sino la filtración en sí misma. Lo que no los deja en buen lugar: se han limitado a adoptar la agenda de Wikileaks como el huésped que cambia de hábitos cuando lo infecta un determinado parásito. Una muestra más de la desorientación en que los ha sumido la irrupción de la red.

Porque el fenómeno de Wikileaks parece ser también otra manifestación del surgimiento de una “sociedad transparente” antes que algo primordialmente político. La idea de intimidad (o “privacidad”) que nace con el mundo moderno, que sólo la urbanización hace posible -y que tan bien simbolizan las identidades secretas de los superhéroes-, está en entredicho: regresamos a la aldea y a la tribu; las públicas virtudes y los vicios privados confluyen en un espacio público ampliado. Esto explica seguramente que los más fascinados con el affaire sean periodistas, comunicólogos y gurúes varios habituados a alimentar y alimentarse de la mistificación de que el mundo y la red son intercambiables.

En este sentido, Wikileaks nos revela asimismo algo sobre la percepción de la política de una parte del público informado, y de quienes producen los discursos de los que se nutre. Ciudadanos e intelectuales que no parecen en condiciones de extrapolar al análisis político, no ya conocimientos específicos, sino la experiencia social cotidiana de cualquier adulto -lo que nos remite a la cita de José Luis Pardo que encabeza esta entrada. ¿Es esencialmente distinto el mundo de las RRII que nos muestran los cables de Wikileaks del funcionamiento habitual de una empresa, de un partido político, de una facultad universitaria, de una familia? ¿En qué ámbito de la vida impera la perfecta transparencia y el perfecto cumplimiento de la teoría? La vida de puertas para adentro del Estado tampoco es un libro de Habermas, sino una historia, a veces turbia, de intereses en conflicto, alianzas declaradas u ocultas, procedimientos que se cumplen, procedimientos que no se cumplen y zonas de sombras. (Y, de vez cuando, esos mismos que claman cada día por la democracia perdida se convierten en ejemplo de la distancia que media entre la teoría y la práctica real de la democracia.) Wikileaks actualiza el viejo sueño anarquista de abolir el poder y la política, combinándolo con la fantasía adolescente de una hora de todos en la que sólo se dice la verdad. Le auguro el mismo éxito que a sus predecesores.

Maxwell Smart y la Campana del Silencio

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