Entre las falsificaciones más repetidas por los anarquizantes de derecha e izquierda -entre los que cabe incluir desde minarquistas acomplejados hasta marxistas; al fin y al cabo, Marx mismo profetizaba una sociedad sin clases y sin Estado, y la fase imperialista de Hobson y Lenin no sería sino el corolario del desarrollo del Estado moderno- está la que afirma que la guerra es un programa estatal. Siendo el Estado apenas algo más que una banda de ladrones con hipertrofia, es natural que entre en conflicto con bandas similares; y, cuanto mayor y más compleja sea la banda, mayor será también el conflicto, como parecen demostrar las dos guerras mundiales del siglo XX, el “siglo del estatismo”.
Desgraciadamente para estas narrativas moralizantes, empeñadas en presentar el desarrollo del Estado como una caída en desgracia, la expulsión de algún paraíso ancestral o la expresión política del “fuste torcido de la humanidad”, el panorama es bastante más complejo, y los datos históricos y genéticos apuntan más bien en el sentido contrario. ¿Es posible sostener esto a la vista de las grandes carnicerías del siglo pasado? Bien, como señala Lawrence Keeley en su estudio sobre la guerra previa al umbral del Estado, para que el porcentaje se aproximase al de una sociedad típica de cazadores-recolectores (0,5% anual), las cifras, ya desmesuradas, de muertos en conflicto hubieran debido dispararse hasta los 2000 millones. Sin ir tan lejos, la Guerra de los Treinta Años, luchada fundamentalmente por tropas mercenarias con un control variable pero nunca completo por parte de los gobiernos, tuvo también, en términos porcentuales, efectos más devastadores para la población centroeuropea que las dos guerras mundiales. Y ni siquiera los genocidios y democidios del siglo XX -y dejemos ahora a un lado la naturaleza de los Estados que los han cometido- han supuesto una innovación; el objetivo de las guerras tribales es a menudo el exterminio de todo el grupo rival, para evitar disparar un ciclo interminable de venganzas. En cierto sentido, la obsesión nazi con el Lebensraum y la superviviencia del grupo genético -bien que su genética fuera en buena parte mítica, o “intuitiva” cuando menos- propio a costa de los otros, y su exclusión de éstos del “círculo” de la empatía, reproduce el panorama mental y moral de una banda de cazadores-recolectores.

Cova del Roure, Morella (Castellón)
¿Una comparación improcedente? Pese a la idealización de que han sido objeto por la antropología estándar, los cazadores-recolectores suelen vivir en un estado de guerra casi continuo por territorio, botín, mujeres o venganza; y, por primitivo que sea su armamento, la constancia acaba generando un desgaste altísimo en forma de muertes violentas. (Si Clausewitz recomendaba emplear en la guerra la fuerza máxima desde el principio para evitar prolongar la contienda y los daños, pocas ilustraciones del principio resultan más tragicómicas que comparar la era del arco y las flechas con la de la disuasión atómica). Además, en ausencia de aculturación, exhiben una escasísima empatía por seres humanos ajenos a su “círculo moral” más próximo, que suele circunscribirse a los consanguíneos en distintos grados. Como refiere el artículo enlazado de The Economist, en fecha tan reciente como 2006, dos pescadores indios que habían arribado por error a las islas Andaman fueron inmediatamente asesinados por los nativos. Y la agresividad puede seleccionarse de una generación a otra; entre los yanomamo, por ejemplo, se constata que los guerreros con más muertes en su haber tienen más esposas y más descendencia. No disponiendo, por otra parte, de una estructura económica y material que permita aprovechar la mano de obra servil, los prisioneros de guerra son eliminados en el mismo lugar de su captura o bien en el poblado, en ceremonias de tortura en las que puede participar toda la tribu y que no infrecuentemente culminan en canibalismo. Las sociedades de cazadores-recolectores muestran además un marcado rechazo a la imposición de alguna autoridad o prestigio excesivo: los !kung, por ejemplo, esperan que el cazador exitoso minimice la importancia de la pieza cobrada, tarea en la que el resto de la tribu puede ayudarle con comentarios zahirientes. Como se señalaba en la entrada anterior, carecen de mecanismos de arbitraje o coacción para dirimir querellas, que se saldan con la separación del grupo o el estallido violento. La incapacidad para solucionar los conflictos o reprimir la violencia sin que su castigo degenere en un ciclo de venganzas determina que incluso entre estos mismos !kung, el pueblo inofensivo, protagonista de películas familiares, se den tasas de homicidio que triplican las de los EEUU.
Pero es que, para mayor descrédito de la versión anarquizante, el cuadro aquí descrito para las sociedades pre-estatales no hace sino reflejar en mayor o menor medida el comportamiento de nuestros parientes más próximos, los chimpancés comunes. También ellos se organizan en bandas patrilineales que guerrean entre sí, con la incursión por sorpresa o el asalto en superioridad numérica como tácticas favoritas. También entre ellos los machos más agresivos y fuertes maximizan sus posibilidades de reproducirse. Las tasas de muerte violenta entre los machos de chimpancé de Gombe son las mismas que entre los varones yanomamo: un 30%. Si parece un porcentaje exagerado, piénsese que incluso los caídos han cumplido seguramente con el primer mandamiento biológico: transmitir sus genes. Y repárese también, una vez más, en la frivolidad de los discursos que cargan la guerra y la violencia en la cuenta del Estado, del imperialismo, del capitalismo o de algún otro espantajo conveniente.
Pese a las retóricas apocalípticas y a la nostalgia de un Buen Salvaje que nunca existió fuera de la imaginación del hombre blanco, la evolución humana -un proceso que, ahora lo sabemos, nunca se ha detenido- en los últimos 10.000 años parece apuntar a una reducción de la agresividad. Así lo sugiere la gracilización del cráneo y las formas corporales, similar a la pedomorfosis que han experimentado los bonobos respecto a los chimpancés; pero también desarrollos culturales que a buen seguro están estrechamente relacionados con modificaciones biológicas. El relato tradicional de la sedentarización del hombre hacía de ésta una consecuencia de la invención de la ganadería y la agricultura. Hoy contamos con datos que parecen indicar el carácter previo de la sedentarización (en el Natufiense del Levante mediterráneo), y una hipótesis apunta a la reducción de la agresividad humana como condición que la hizo posible. Las bandas de cazadores-recolectores se hacen inviables a partir de una masa crítica en torno a los 150 miembros, por los motivos antes citados. Una reducción de la agresividad permitiría ampliar el número, así como fundar asentamientos estables, pacíficos internamente y menos expuestos a razzias y ciclos de venganza. Y en la sedentarización hallamos el primer paso del camino que conduce al Estado. Puede aventurarse, en todo caso, que la sustitución del parentesco directo por otras formas progresivamente más abstractas y amplias de lealtad y copertenencia -sin necesidad de llegar a una gaseosa, galáctica “ciudadanía del mundo”- es una parte significativa de este proceso que, como apuntaba Steven Pinker, nos ha hecho más empáticos -y no sólo hacia los seres humanos- y más renuentes a emplear y contemplar siquiera la violencia.
Con todo, no cabe pensar que la violencia vaya a desaparecer completamente del horizonte humano, ni en virtud de un voluntarismo pacifista ni de una racionalidad modelizada que den la espalda a las oscuridades y complejidades de la naturaleza humana. Gestionarla es hoy tan imprescindible como lo era para las bandas de cazadores-recolectores que salieron de África hace 50.000 años, y no parece que los discursos anarquistas y pacifistas a ultranza tengan mucho que aportar en este sentido.
Anarquista avant la lettre a punto de iniciar un intercambio voluntario
ACTUALIZACIÓN: Corrijo (gracias, Eduardo) la proyección hipotética de muertos en guerra del siglo XX de Keeley; se me había colado un cero de más. Sigue siendo espeluznante, pero conviene recordar que es una estimación.